10 de julio de 2026

Un viaje por la Cataluña monasterial

 10 julio 2026  |  Antonio Herrera Casado

 Acompañado de unas buenas amigas, y a pesar de los calores propios de la época y la zona, en el interior de la Cataluña mediterránea, he vuelto a recorrer los paisajes del Tarraconí, el Baix Camp y la Conca del Barberá para sumergirnos en el ambiente de la Cataluña medieval.

 

En un rápido viaje por autovías, que en Cataluña están todas nuevas y como recién pintadas, hemos alcanzado la planicie donde se alza, severo y majestuoso como hace nueve siglos, el monasterio de Santa María de Poblet, hoy por hoy el cenobio cisterciense más densamente poblado de Europa. Patrimonio de la Humanidad desde 1991, la historia de Poblet refleja perfectamente la de España, y aún la del Occidente cristiano, a lo largo del último milenio. Tras la reconquista de la zona, y por afianzar territorio, el conde de Barcelona Ramón Berenguer decidió gastar buen caudal y erigir un monasterio para monjes de la reforma de San Bernardo de Claraval, los que empezaban a llamarse “cistercienses”, en un lugar apartado, rodeado de bosques, de montañas, de arroyos suficientes, de buen clima. Trajo monjes de la Fontfroide del Languedoc, y a los que aquí puso les dio poder, dineros y una suficiencia que transformó el monasterio en un enclave feudal típico.

En 1150 fundó la casa, y quince años después estaba todo en pie. Dijo entonces el magnate catalán que se había gastado muchos miles de dinares en la obra, pero que sin duda había comprado su eternidad.





Siglos de poder, de espiritualidad, de creación y de arte, algunos de los abades de Poblet alcanzaron a ser presidentes de la Generalitat de Cataluña. Llegados los tiempos nuevos del liberalismo, la Desamortización de Bienes Eclesiásticos dictada por Mendizábal hizo que Poblet se despoblara, los monjes se fueran, y las gentes del entorno (mas algún aprovechado bien organizado) destruyeran y robaran cuanto encontraron dentro. El cenobio Bernardo quedó vacío, mudo y sin apenas elementos reconocibles. Hasta las tumbas de los Reyes de Aragón, que ocupaban la cabecera del tempo, fueron saqueadas, destrozadas y robadas a trozos. En 1930 se organizó, con el favor de la monarquía, el Patronato de Poblet, que lentamente, y hasta el dia de hoy, ha ido rehaciendo la maravilla, hasta dejarla convertida en lo que acabamos de ver: un enorme monumento que pregona la calidad del Hombre desde sus perspectivas de religión, espiritualidad, sabiduría y arte.

Hemos visitado el monasterio a lo largo de tres horas. Da para saborear todo cuanto encierra. Empezamos por el claustro, con sus cuatro pandas iluminadas por las arquerías góticas, y en su costado el lavatorio donde los monjes mojaban sus manos antes de entrar en el refectorio. Este permanece como en su origen, dispuesto todo para el sustento diario de los monjes. En esa misma panda se abre la Sala Capitular, solemne e iluminada al fondo por ventanales acristalados, con los enterramientos de sus abades históricos en el suelo. También se ve desde fuera el escriptorium hoy biblioteca viva de los cistercienses. Y en el piso de arriba, tras subir unas solemnes escaleras, el dormitorio común, enorme de dimensiones y alturas.
La iglesia es el manifiesto vital de Poblet. Con sus tres naves (la central románica, las laterales más estrechas góticas) la girola de bóvedas limpias y escuetas, y en la cabecera el retablo del altar, la obra cumbre de Damiá Forment, quien en el siglo XVI talló sobre alabastro el summus del catolicismo y el catálogo de los santos y santas monacales. En los arcos del crucero se levantan, en distribución única y sorprendente, las tumbas de los reyes de Aragón, que han sido rehechas y retalladas por Federico Marés a mediados del siglo XX. Este lugar ha sido visitado, a lo largo de los siglos, por todos los reyes de España.

Hemos visitado todo lo visitable, con el asombro consiguiente: los tres recintos del monasterio, en el primero de los cuales se ha habilitado una sala de proyecciones en la que los monjes dejan ver, en un espectáculo maravilloso de luz e imágenes, la esencia del monaquismo y su actitud ante el mundo. Luego las dos torres de fortaleza que dan paso al monasterio. O la capilla dedicada a San Jorge que mandó levantar, mediado el siglo XV, el rey Alfonso V de Aragón, el magnánimo, conquistador de Nápoles. Dentro todo son recuerdos de los reyes y reinas, (allá están Jaime I y doña Violante…) así como los salones que sirvieron para cellería, lagar, bodega, incluso un palacio queda, que usó el rey Martín el Humano, para allí vivir algunos años. 





En resumen, nos ha gustado Poblet y hemos disfrutado conociendo su larga historia, sus avatares, mientras veíamos las huellas pétreas, solemnes, precisas, de tanta grandeza.
Una comida bien disfrutada, en el Molí del Mallol, de Montblanc, sirve para darle un paréntesis gastronómico al día. Este restaurante, alzado junto al río Francolí en el costado mismo de la medieval villa catalana de Montblanc, es hoy la meca de los degustadores de calçots y de caracoles. Nosotros hemos disfrutado con sus patatas mini bravas con cebolla confitada y sal de volcán, únicas en su género; con sus croquetas de calçots y salsa romesco; son su butifarra amb monchetes y sus orejillas de la abuela. Después, una vuelta [en coche] rodeando la muralla y subiendo al viejo castillo.





Para seguir por colinas y olivares hasta llegar en un altozano junto al río Gaiá (dejamos el coche aparcado a la sombra en su floresta) hasta Santa María de las Santes Creus, un pueblo encantador que surgió a lo largo de los siglos en torno a otro monasterio, también de cistercienses, también del siglo XII, también (siempre como Poblet) con su templo monasterial de tres naves desnudas de adornos, altas y serias como el alma en trance, y ante el altar (aquí barroco) los mausoleos de otros dos reyes medievales: Pedro III el Grande, el rey de Sicilia que fue y el compañero de Roger de Lauria, más Jaime II su hijo, favorecedores de las sociedades monacales y dadivosos constructores.





En este monasterio se encuentra la misma estructura que en Poblet, quizás todo más en pequeño (Claustro, Lavatorio, Sala Capitular, Refectorio, sala de Dormitorio de llos Monjes, scriptorium, pero más auténtico, menos restaurado. Tiene además en la parte de atrás otro claustro, menor, pero cuajado de cipreses, de rincones, que te llevan al cementerio de los monjes, un jardín umbroso y mágico en el que se arranca soberbia la cabecera del templo con su rosetón primigenio y románico.

El monasterio está en lo mas alto de un pueblo que nació en torno al cenobio. Y así encontramos la gran plaza mayor, con su Ayuntamiento, y muchos edificios de épocas pasadas, que con una gran fuente central, y la parte alta mostrando la fachada de la iglesia conventual, hacen de este enclave otro lugar mágico que debe ser (alguna vez en la vida) visitado. La prueba fue que, cuando llegamos, tuvimos que ir sorteando cables, trípodes y atrezzos varios porque el conjunto lo habían convertido en un plató de cine, peor a lo grande y colorido. 





Este viaje por la Cataluña monástica (hay muchos más lugares a los que ya hemos ido o iremos sin duda, San Cugat, Ripoll, Sant Pere de Rodas…) nos desvela el carácter auténticamente europeo de estas tierras, con edificios cuajados de sentido y belleza, y con memorias que nos retrotraen siglo y nos meten entre las páginas de los libros, de las historias y novelas que de ellos han ido surgiendo.

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