27 de mayo de 2022

Viaje a San Clemente y Belmonte, en Cuenca

 Antonio Herrera Casado  |  25 Mayo 2022

 

Por la Mancha palaciega: de San Clemente a Belmonte

 

Escribir sobre lo que se ve supone un refuerzo de la memoria, porque si lo que vemos nos impacta y emociona, corre el riesgo de evaporarse entre los vericuetos del cerebro, que día a día se empequeñece e involuciona. Así queda negro sobre lo blanco lo recorrido, lo vivido, lo visto y oído.

Muy de mañana salimos un grupo de 20 socios y socias de “Arquivolta” y nos dirigimos, atravesando la Mancha de Tarancón y Uclás, hacia la llanada de San Clemente, donde paramos y pasamos casi el día entero, porque para eso y mucho más da el lugar regado por el río Rus, de donde partió don Clemente Pérez de Rus a poblar y conquistar lugares.

El poblachón de casi 7.000 habitantes tiene hoy el título de ciudad. Es una de las poblaciones más grandes de la comarca de la Mancha, en la provincia de Cuenca, y debe su fama al recorrido agrícola de su entorno: un término enorme de 277 kilómetros cuadrados, en el que caben los cereales, los viñedos y los bosques. Así fue desde la Antigüedad, y por ello se pobló siempre, con la merced de los señores reyes, de hidalgos y adinerados propietarios que pusieron el centro de su vida en los palacios que construyeron. De los casi 70 hidalgos contabilizados en la historia, unos 30 de ellos construyeron palacio residencial, de tal modo que hoy quedan vestigios de esos edificios, constituyendo un núcleo muy denso de arquitectura civil, lo que llevó a ser declarada la ciudad como Conjunto Histórico Artístico en 1980.



Al llegar nos vamos derechos a la Plaza Mayor, que es un ejemplo de urbanismo meditado y solemne. En su centro se alza, como aislada, la iglesia parroquial de Santiago, que luce una talla del patrón de los caminantes en lo alto de su puerta meridional. La visitamos primero, y admiramos sus dimensiones, su equilibrado interior, la cruz de término tallada sobre alabastro que en la capilla del Pilar se exhibe, gótica isabelina. Luego nos dirigimos al viejo Ayuntamiento, que nos deslumbra con su fachada, de dos galerías superpuestas, y un friso en el que catorce medallones luciendo figuras antropomorfas parece lanzar un mensaje claro y permanente, que los tiempos actuales no permiten entenderlo, escucharlo: habrá que ahondar en el sentido metafórico, iconográfico y aleccionador de esas figuras combinadas.
El interior, muy bien restaurado, y BIC desde 1992, está dedicado a Museo de arte, como una de las sedes de la Fundación “Antonio Pérez”, mostrando valiosas piezas del arte contemporñaneo, mientras en la planta baja Pedro María Asensio ofrecía sus estudios sobre la “Anatomía de la Sombra”. 





Seguimos dando la vuelta a la plaza, y vemos los palacios que la forman, más el viejo edificio de la Inquisición, la Cárcel, un antiguo Corral de Comedias, el pósito de los cereales, y la Audiencia real (que hoy funciona como Ayuntamiento). Entre medias se alza el “Arco Romano” que llaman, y que es barroco, pero muy florido, muy lleno de volutas y muy soberbio mostrando el escudo del municipio. Al final comemos en la Casa Jacinto que ocupa un ángulo de esa gran plaza. Un lugar recomendable, entrañable, y de buena cocina.

Pero la visita a San Clemente continúa, recorriendo calles que se caminan sin esfuerzo, porque todo el ámbito es plano, y así vemos primero la “Torre Vieja”, una antiguo torreón medieval almenado que sirvió de vigía, y enfrente el palacio de los marqueses de Valdeguerrero, espléndida construcción barroca. Seguimos admirando portadas, escudos, dinteles, balconadas, que en el barrio oriental del pueblo se transforman en conventos (las trinitarias, las carmelitas, los franciscanos, las clarisas...), y aún después, y ya a la salida, nos admiramos de ver la fachada (que es casi lo único que queda) del Colegio de Jesuitas, que primero pusieron en el dintel el escudo real de Carlos III, y luego este les expulsó del país, por meterse en demasiados jardines. Lo cierto es que San Clemente admira al viajero por su limpio y cuidado aspecto, por su elegante y bien trazado urbanismo en el que apetece vivir, y por lo vivo que se ve todo, el pueblo entero, con gente por todas partes, comercios abiertos, bulla y dinamismo. Además, todos los monumentos están abiertos, un miércoles por la mañana, y al viajero se le permite entrar y salir, fotografiar y disfrutar, y sin pagar dinero…. Un sueño, San Clemente.


La tarde la dedicamos a visitar Belmonte, que no está lejos, aunque nuestro autobús sufrió un “despiste” y nos tuvo más de hora y media vadeando campos y cruces, para empaparnos más aún de esta Mancha verde y sonora en primavera. Llegamos a lo alto del castillo, y primero de todo, y a nuestro aire, visitamos esta fortaleza que cuenta entre las más espléndidas de Castilla: propiedad primero de don Juan Manuel, luego de los Pacheco, y al final de los Alba. Lo construyó Juan Guas, esmerándose en hacer un castillo potente y defensivo aunado con las comodidades de un palacio renacentista. Al final, en la segunda mitad del siglo XIX, su propietaria doña Eugenia de Montijo, ya ex emperatriz de Francia, lo hizo arreglar y en sus salones y camaranchones vivió algunos años. De entonces le queda ese asombro romántico de techumbres, maderas y sillonazos, mezclados a los detalles góticos del último Medievo.





Más tarde (el día a finales de mayo es largo y generoso en luces) penetramos en la población por la puerta de Chinchilla, por la que hace algunos, muchos, años penetraron los Reyes Católicos en su viaje desde Alicante hacia Burgos. Vemos la gran plaza del Pilar donde la Fuente Grande evoca días de mulas y trajinantes, de mercados y risas. Luego todo es cuesta arriba: el palacio de los Moreno Baíllo, bien recuperado, y más allá la plaza mayor, con el Ayuntamiento, el recuerdo del arquitecto Sureda, y el busto en bronce de fray Luis de León, hijo exaltado del pueblo. Sigue la subida, viendo palacetes, caserones, muchas rejas de bien trabajado hierro, conventos, y al final llegamos a la Colegiata de San Bartolomé, que a pesar de la hora aún se mantiene abierta, y en ella disfrutamos admirando rejas, retablos, bóvedas, enterramientos solemnes, y, sobre todo, el coro con su sillería tallada en el siglo XV por los hermanos Cueman, y que pasa por ser una de las más antiguas de España. Desde luego, que, sin duda, es una de las más curiosas y desconocidas. La amabilidad de su párroco, don Emilio de la Fuente, nos permitió saborear sus detalles, aprender Historia Sagrada, y hacer fotos de frente y de costado. Todo un lujo que hay que agradecer aquí, públicamente, porque vino a demostrar el espíritu generoso de quienes cuidan de la Iglesia y sus edificios en los pequeños pueblos de España.





Vuelta al autobús, saliendo ahora del pueblo por la puerta del Almudí (Belmonte está rodeada por completo de murallas, con su castillo en una esquina, y su colegiata en otra…) y recordando ya siempre, y con agrado, este viaje primaveral de “Arquivolta” que nos ha permitido, una vez más, disfrutar de nuestra tierra, de su patrimonio, de sus gentes.


Antonio Herrera Casado

17 de mayo de 2022

Y, por fin, las Merindades...

3/5 Mayo 2022

por Antonio Herrera Casado

 

Un territorio que toma el nombre de circunstancias históricas (los merinos que como delegados del Rey, gobernaban tierras lejanas, pueblos y castillos desmesurados y perdidos junto a las últimas montañas antes de llegar al mar), pero que constituyen un espacio geográfico, el más septentrional de Castilla, en el que los paisajes son siempre suculentos, verdes, variados y sorprendentes, con hondos cauces entre peñascales bravíos, y todo ello dando veneración al centro de la comarca, el alto y sonoro río Ebro, que desde sus nacimientos varios en las grises cumbres van corriendo al Mediterráneo lejano.

El martes 3 de mayo salimos muy temprano de Guadalajara, para llegar en poco tiempo, pasada la ciudad de Burgos a nuestra izquierda sobre el Arlazón que la trenza, y atravesando la Bureba de secas y pedregosas tierras, hasta Oña, donde desembarcamos para disfrutar de su grandeza. El monasterio nos sorprendió, lo gótico inicial, lo renacentista, lo barroco: con su vieja portada de arcos apuntados y sus tallas hieráticas de antiguos condes castellanos. O con su ecléctica fachada monasterial a la que dio fama el universal concurso de los jesuitas. 

De Oña destaco también el Museo de la Resina, que han sabido montar en el pequeño hueco de una histórica torre en la plaza mayor, y que en lo alto muestra curiosas maquetas que representan la esencia del pueblo, señor que fue de 40 aldeas en torno, potencia siempre y respetable.

Tras la comida de ese día, pusimos rumbo a Frías, que nos dejó perplejos al verla de lejos, empinada sobre el rancio valle del Ebro. Lo primero que vimos al llegar fue su puente medieval sobre el gran río: una torre de pontazgo se levanta en el centro, y la curva en joroba de su calzada remite fácilmente a otros tiempos. Pero el espectáculo llegó enseguida, al dejarnos el bus en el aparcamiento bajo, y empezar la subida a pie, al pueblo y fortaleza. Todos los que con un mínimo de sensibilidad visitan este lugar, Frías, otro de los grandiosos gestos de la primera Castilla, quedan con el corazón encogido. Por la altura de sus roquedos, por la valentía de su torre del homenaje, que parece volar sobre los tejados y cabezas. Subimos a pie la calle mayor, y paramos un rato ante la iglesia (que fue románica, pero que quedó en casi nada, porque la gran portada se la llevaron los americanos, cuando la república, para los USA y sus museos de “Los Cloisters” en Manhattan. Aún andamos viendo los muros del castillo, que son enormes, bien conservados, ejemplo total de arquitectura militar defensiva. Los condestables del reino, los Velasco, fueron aquí señores y mandamases, dejando todo impregnado de sus escudos y memorias.

Y después, un rato de asueto naturalista en la cercana localidad de Tobera, donde aún queda una estampa clásica que forman el río Molinar, el puente medieval que lo cruza, la ermita de Santa María de la Hoz que lo apadrina, y las variadas y tumultuosas cascadas que se dejan ver y oir desde otros puentes y miradores.




 La segunda jornada de este periplo por Merindades la desarrollamos el miércoles 4 de mayo llegando a Puentedey, donde nos espera una sorpresa natural, el puente de roca que el río Nela socava y deja que el pueblo crezca como en lo alto de un arco gigánteo. Fotos y explicaciones ante él, muy de mañana, sin masas de turistas como otras veces ocurre: paseamos por debajo del arco, que lleva hecho más o menos unos 40 millones de años y al que aún le quedan otros tantos para derrumbarse. Vemos sus paredes, su techo, analizamos los rastros de las piedras en sus muros. Y nos vamos tan contentos de haber visto esta maravilla burgalesa sin parangón.





Después arribamos a Ojo Guareña, un parque natural que se hace difícil de definir y concretar, aunque en esencia es el conjunto de cuevas excavadas en altas rocas que acompañan las orillas del río Sotocuevas, y que van siendo socavadas por las aguas que cruzan entre sus honduras, montando un total de galerías superpuestas por las que discurren las aguas, de más de 17 kilómetros de longitud. Armados de cascos y luces, visitamos el interior, algunas galerías, viejos derrumbes, recuerdos excavados en forma de hoyos o paneras por los hombres primitivos, y acabamos saliendo, tras admirarla, por la ermita de San Bernabé y San Tirso, enorme en el vientre de la roca, con sus techumbres inocentemente pintadas por antiguas generaciones. Rito y magia, naturaleza increíble, y satisfacción de los viajeros por andar estos andurriales subterráneos.

La tarde se dedica a visitar Espinosa de los Monteros, un pueblo de frontera, aunque dentro de Castilla siempre. Porque separa Burgos de Santander, y en su cercano puerto de montaña, al que subimos entre la niebla, las Estacas de Trueba, cuando hace bueno se ven las costas cantábricas a lo lejos. En Espinosa nos paseamos por su plaza mayor, que es muy norteña, y aguantamos casi todo el día sin llover, lo cual es mérito notable, teniendo en cuenta que es este pueblo el más lluvioso de España, después de Grazalema y Santiago. Allí está el monumento que recuerda a don Sancho García, fundador de Espinosa, y antes de Oña, nieto de Fernández González, y verdadero señor de capa y espada en estas montañas primerizas. Recorremos sus viejas calles y admiramos sus palacios, que son de luengas barbas provistos: unos como torreones medievales, otros como góticos estafermos, y aún palacios de sonoro barroquismo como el que el marqués de Chiloeches elevó en el siglo XVIII en un ángulo de la plaza.


El tercer día, tras descansar en un hotel de Villarcayo (que recomendaré siempre porque es coqueto, limpio y discreto en todo, se llama Doña Jimena y está a las afueras del pueblo) nos volvemos a casa, pero pasando antes por otros dos lugares espectaculares de la provincia de Burgos. Ambos ya a la orilla (derecha) del Duero, o sea, todavía en la vieja Castilla, no en esa “Extremadura” que a mano izquierda queda, y en la que vivimos.

Esos lugares son, primero, Peñaranda de Duero, y, segundo, el monasterio de la Vid. En Peñaranda visitamos el pueblo entero, pero dedicamos largo rato a la admiración de la fachada del señorial palacio de los condes de Miranda, los Zúñiga y Avellaneda: un palacio que nos gusta, como a cualquiera con buen gusto, por sus dimensiones, espacios y ornamentaciones. Pero que aún nos sorprende más por su parecido enorme con el palacio de don Antonio de Mendoza, de Guadalajara, y de los duques de Medinaceli, en Cogolludo, a los que recuerda por detalles escultóricos idénticos, cabezas sufrientes de esclavos, artesonados rugientes de oscura madera, y chimeneas de salón a base de yeserías mudéjares… un día requiere el palacio para disfrutar de él, pero nosotros lo paseamos a modo, y nos dejó muy recuerdo. Como la iglesia colegiata costeada por los mismos señores, con una colección de relicarios que compite con la misma Roma. Y aún asombrados miramos a lo alto de la picota de plaza, símbolo del señorío más duro, o ante la fachada de la Farmacia de los Ximeno, que pasa por ser de las más antiguas de Castilla.





En el cercano monasterio de la Vid, que fue por los premonstratenses fundados en el remoto Medievo, y ahora ocupado y muy bien cuidado por los agustinos, hicimos primero de todo la obligada refacción monacal, soberbia de sabores y vinos. Luego la visita, del claustro, solemne y silencioso, y de la iglesia que es como catedralicia, entre regia y condal, son escudos enormes de los Zúñiga (a un lado don Fernando, el caballero vigilante, y al otro su hermano, el que fuera obispo y a sí mismo llamado Iñigo López de Mendoza, quizás en homenaje de aquel antepasado suyo, nacido a orillas del Carrión y en las del Henares en Guadalajara venido a morir). 

Cualquier tiempo pasado fue mejor, dicen las viejas consejas. Yo creo, tras este viaje a las Merindades los días 3, 4 y 5 de mayo de 2022, que lo mejor está en lo recién vivido, si gozado y admirado, en buena compaña y sabias explicaciones. Muy aconsejable todo.

24 de marzo de 2022

 Visita al palacio de Liria

Antonio Herrera Casado  |  24 marzo 2022

 

Con la Asociación Cultural “Arquivolta” hemos viajado en esta ocasión a Madrid. La ciudad de las mil caras, algunas tan escondidas como este Palacio de Liria que hemos visitado en la tarde del 23 de marzo.

El palacio de Liria ha sido, desde mediado el siglo XVIII hasta hoy mismo, la residencia familiar de los duques de Alba. Fue diseñado por el arquitecto francés Guilbert y luego dirigido y acabado, hacia 1753, por Ventura Rodríguez (a quien está dedicada la estación de Metro que hay frente al palacio). En él nacieron y vivieron varias generaciones del título, y en el otoño de 1936 fue incendiado y destruido todo su contenido (excepto las valiosas obras de arte que la familia, previendo lo que iba a suceder, llevaron en guarda al Museo del Prado, Banco de España y Embajada británica). Un posterior bombardeo lo dejó todo tan arruinado, que solo los muros exteriores se salvaron. La reconstrucción, hecha con tesón y paciencia por la propia familia, ha llevado hoy a la recuperación total del edificio, que compite en elegancia y proporciones, aunque no en tamaño, con el propio Palacio Real de Madrid.



El Palacio de Liria, desde los jardines


Los duques de Alba (fundamentalmente el XVII, Jacobo Fitz-James Stuart y su hija, la XVIII duquesa, Cayetana) han reconstruido el conjunto, y lo han puesto a la visita de quienes se interesen por el arte y la historia. Hay que concertar visita a través de la web del palacio, www.palaciodeliria.com, y acudir a la puerta de carruajes el día y hora asignados. Con guías especializados se recorren los jardines, el vestíbulo, las salas del primer piso, (comedor, baile, recepciones) y del segundo piso, que fueron habitaciones privadas y hoy están dedicadas a museo. Se completa la visita bajando de nuevo al piso bajo,  donde se admira el espléndido recinto de la Biblioteca, donde además de los 18.000 volúmenes se pueden admirar piezas como la Biblia de la Casa de Alba (realizada a mano por el judío rabí Mosé Arragel de Guadalfajara) una primera edición del Quijote, documentos medievales de la Casa, y muchas cartas y documentos de Cristóbal Colón, “el Almirante”.
En las salas altas, y agrupadas por temáticas, países, y autores, se admiran las piezas de pintura, y tapices, que la familia fue adquiriendo a lo largo de los siglos. Una casa que compitió en galardones y grandezas con la propia real, los Álvarez de Toledo primigenios unidos en el XIX con la casa de los duques de Berwick, su parentela y amistades han sido las casas reales europeas. Una sobrina de los Alba fue Eugenia de Montijo, emperatriz de Francia por su matrimonio con Luis Felipe Napoleón III, que vino a morir a esta casa tras su larga y triste vida tras la Revolución de 1870.

Nos llamaron la atención las salas de pintura española, en la que vimos cuadros de Velázquez, de El Greco, de Zurbarán, etc. Más la sala de Goya. Y la sala de pintura italiana, con obras de las escuelas de Rafael, Leonardo, Perugino, Canaletto, etc, más la de escuela flamenca, en la que destaca el cuadro de Rubens retratando al emperador Carlos y su esposa Isabel de Portugal. No es menudo el gran tapiz de la sala de los Estuardo, con la historia de la Guerra de Troya, enorme y tejido por Pasquier Grenier en Cambrai, un hermano gemelo de los Tapices de Pastrana.



La Sala de Goya con el retrato de la duquesa en el siglo XIX


Hay relojes impresionantes, bustos en mármol y bronce de personajes, duques, reyes, escritores… y cerámicas preciosísimas, repartidas por entre los muebles y las tapicerías. La sala dedicada a Zuloaga es majestuosa, con retratos, de los XVI, XVII y XVIII duques, entre los que destaca el que hizo el maestro vasco de Cayetana niña, cabalgando un pony, y rodeada de sus juguetes favoritos, entre ellos un peluche de Mickey Mouse…

Las atenciones recibidas por el personal de la Casa fue exquisito, y en un momento determinado hasta el actual XIX duque, don Carlos [Martínez de Irujo] Fitz-James Stuart, se asomó en mangas de camisa para echar una ojeada rápida a los visitantes. Nos facilitaron sillas de ruedas, sillas plegables, subidas en el viejo ascensor central, etc, a todos los que necesitamos estas ayudas. Y en definitiva quedamos prendados de esta visita, un caserón hermoso y cargado de historia, que aún late en el centro del viejo Madrid (está en la calle Princesa, frente al Hotel Meliá) y que desprende el color, la belleza, la elegancia y el intenso flujo de emociones que cualquier resto de la grandeza de España destila por sus filamentos.



Detalle de la Biblioteca del Palacio de Liria


13 de marzo de 2022

Por Galicia, pazo a pazo

Antonio Herrera Casado  |  11 marzo 2022

Entre los días 7 al 11 de marzo, de 2022, los amigos y amigas que formamos la Asociación “Arquivolta” para el reconocimiento y apoyo del arte español, hemos recorrido algunos lugares emblemáticos de la Galicia que muestra su arte e historia en formato de pazos. En esos 5 días hemos visitado 5 pazos. De muy diversos tipo, desde los señoriales y aristocráticos, a los sencillos lares de la agricultura y la ganadería básicas. Todos ellos hermanados por un hilo común: el cultivo y protección a la camelia, la flor emblemática de Galicia (llegada a estas tierras desde el Oriente Extremo de China y Japón) que en mil variedades se exhibe y hemos visto.

El primero de los pazos visitados fue el de Oca, en la provincia de Pontevedra. Enraizado en las orillas del río Ulla, tiene más de 6 siglos de existencia. Fundado por señores  como Alvaro de Oca y su hijo Suero, después reconoció el poderío de los condes de Amarante y marqueses de San Miguel das Penas, viendo nacer entre sus muros a los poderosos Gayosos, cuyo escudo mostrando tres peces puestos en palo campean aquí y allá por el pazo. Hoy pertenece a los duques de Medinaceli, que lo han incluido en su Fundación, dejándolo a la visita de quien guste de estos lugares en los que se mezcla el arte y la historia, la naturaleza y las leyendas.


En Oca vemos un gran palacio todo él construido de piedra granítica, con su aneja capilla dedicada a San Antonio, en barroco puro. El pazo tiene aneja iuna zona agrícola, con gran hórreo, pero lo fundamental a contemplar en él son los jardines, de estilo francés, aunque muy variados, con una gran avenida de tilos, huertas aterrazadas y, sobre todo, y en un eje inclinado, los dos estanques a diferente nivel con sendas islas en su centro, que representan barcos de piedra, viviendo en sus aguas cisnes blancos y negros, con una compleja simbología de vida/muerte, todo ello entre bosques de maravillas (bojs recortados con figuras), fuentes, soberbios ejemplares de árboles, y muchas camelias en arbustos y arbóreas. La lluvia respetó nuestra visita, y todos quedamos encantados de haber conocido lugar tan fantástico como Oca.



El plazal delantero del barroco pazo de Oca



El segundo de ellos fue el castillo / pazo de Soutomaior, hoy propiedad de la Diputación de Pontevedra, en el que se da conferencias y se tienen reuniones políticas y culturales. El castillo se conserva como lo levantaron en la Edad Media sus primeros señores, don Paio Méndez Sorrede, señor de Soutomaior, pero lo interesante fue visitar su entorno vegetal. Sus viñedos de espaldar, sus grandes matorrales de diversas especies de camelias, su hórreo también, y sobre todo el conjunto de enormes árboles (secuoyas gigantescas, cipreses japoneses, robles añejos, araucarias y castaños) en medio de praderas inmensamente verdes. Sus últimos propietarios, los ilustrados señores Antonio Aguilar Correa, marqués de la Vega de Armijo, y su esposa Zenobia Vinyals, dieron paso al uso público vendiéndoselo a la Diputación de Pontevedra, que hoy permite su visita.



El grupo de "Arquivolta" en el Castillo-Pazo de Soutomaior



El tercer lugar a visitar fue un pequeño pazo de uso agrícola, “La Saleta”, perdido en los alrededores de A Sobreira, calificado hoy como Jardín de Excelencia Internacional, que es regentado por Blanca Coladas y su hija Silvia, dos animosas gallegas que se lo compraron a los anteriores propietarios, los Gimson, y aún lo han ampliado, cultivando en las 10 hectáreas que componen su parque miles de especies de todo el mundo, y especialmente camelias (aunque vimos también rododendros, magnolias y muchas otras bellezas naturales, en especial los enormes Leptospermum y Callistemom). Nos recibieron amablemente en su casa, que es un humilde pazo labriego, y nos condujeron por escaleras, rampas, vericuetos sin fin, y prados entre los bosques, hasta la altura del palomar, volviendo maravillados de tal variedad de plantas, de tanto color, olor y esplendidez de formas como las que tiene este jardín inglés.



Una espléndida flor del pazo de La Saleta



Cerca de allí, en el cañón del río Tinto, ya provincia de Coruña, a medio camino entre Padrón y Santiago de Compostela, visitamos el cuarto pazo, el llamado de Faramello, invitados por su propietario, el actual marqués de Piombino, de origen italiano, pues fue un tatarabuelo suyo quien fundó. Albergó el pazo la primera fábrica de papel moneda de Galicia, y sirvió algunos veranos para que en él veraneara S.M. el rey Alfonso XIII. Tiene una breve capilla y unas instalaciones de estilo barroco, ejemplares. El entorno es de ensueño, pues entre grandes árboles discurre el río, y junto a él el primitivo Camino de peregrinación desde Portugal a Santiago. Pudimos recorrer un buen trecho del llamado “Camino de la Translatio” por donde fue llevado (según dice la leyenda) el cuerpo de Santiago hasta su definitiva tumba. En el silencio de la tarde, luminosa y brillante tras los aguaceros, se palpa el silencio, y se encuentra uno en lo más recóndito de la Galicia eterna. Con la tranquilidad de sabernos protegidos por un aristócrata que tiene concedido el derecho (hasta ahora jamás ejercido) de entrar a caballo por la Puerta Santa hasta el crucero de la Catedral compostelana. Gonzalo, el actual marqués, nos deja ver el interior del arcón donde guarda los arneses ­–son de oro y plata­– que vestirían al caballo cuando ejerciera su derecho.



El camino de entrada al pazo de Faramello



El último día y como quinta visita, subimos a Betanzos, y tras admirar la plaza de los hermanos García Naveira, sus calles cuestudas, sus soportales húmedos y la tumba del señor de Andrade en la iglesia de San Francisco, nos dirigimos al pazo de Mariñán, que hoy pertenece a la Diputación coruñesa, y visitamos al completo, disfrutando de un momento de sol junto a la ría. Fue en el siglo XV cuando don Gome Pérez das Mariñas, cortesano del rey Juan II de Castilla, levantó esta fortaleza, que luego en el siglo XVIII sus herederos directos la transformaron en un gran palacio barroco, rodeado al sur de jardines de estilo francés, con geométricos parterres, matas de boj y camelias, y grandes arbolotes, entre ellos las esbeltas palmeras que a las orillas del Bergondo suelen crecer. Resuenan las glorias de los linajes de Traba, Altamira, Lemos, Pimentel, Sotomayor, Sarmiento, Ulloa, Osorio, Suárez de Deza, Láncara…



Los jardines franceses del pazo de Mariñán



Un viaje entretenido, variado, e inolvidable. Con un guía, Antonio, de Boiro, sabedor y bien decidor, y una presidenta, Isabel Llamas, atenta en todos los momentos a que nada falle y podamos contemplar y disfrutar de estos cinco gajos –tan sabrosos– de esta Galicia que nunca acaba de conocerse.

 

14 de agosto de 2021

Una vuelta a la isla de Menorca

Antonio Herrera Casado  /  14 Agosto 2021

Tiene la menor de las grandes Baleares un total de 700.000 Km2 y 216 de recorrido por la costa, que puede hacerse en 20 etapas a través del “Camí de Cavalls” o travesía que lleva al caminante por todos los vericuetos de la costa. En ella los roquedales oscuros, las manchas de pino y acebuches, o las torres vigías, serán habituales decorados en nuestro camino.


Plano de la isla de Menorca

Pero en esta ocasión hemos girado una visita rápida, de cuatro días, con coche alquilado, a este enclave que está ya declarado “Reserva de la Biosfera” y en cada rincón u horizonte nos sorprende el cuidado, la limpieza, el mimo personalizado qu3 los habitantes de la isla conceden a sus entornos representativos.

Son estos tres fundamentales: el paisaje costero, la arqueología y los entornos habitados. En el primero, hemos quedado sorprendidos por los faros silenciosos y llamativos que en diversas esquinas de la isla encontramos. Entre ellos, el Cabo de Favaritx, sobre un paisaje desolado de roca pizarrosa y ante un mar que todo lo abraza, aún dentro del Parque Natural de la Albura de Es Grau; también es espectacular, por el lugar de emplazamiento, sobre los eminentes acantilados de la punta norte de la isla, el faro de Cavalleria; o el de Artruxt, en la extremidad suroccidental de Menorca. Pero aún cabe admirar otra visión (escasa en dimensiones, pero intensa en belleza) de sus calas y escasas playas. Menorca es una isla para ser visitada y disfrutada desde un barco, desde el mar. Y así se podrá llegar más fácilmente a la Cala Blanca, a la Cala Gandara o a la cala En Porter, por decir de las más famosas, aunque varias decenas de ellas, mínimas y pintadas del azul turquesa de sus aguas calmas. Los acantilados que tienen una media de 50 metros de alto, y que en general conforman el entorno todo de la isla, son ese otro elemento que la caracteriza.



La Cala Gandara, en la Costa Sur de Menorca.


La arqueología tiene unos valores muy altos, para quienes gustan del hallazgo de elementos del remoto pasado. En espera de la declaración como Patrimonio de la Humanidad del conjunto (son unos 200 enclaves) de sus Poblados Talaióticos, el viajero ha de visitar al menos 3 lugares fundamentales. A mí me han gustado especialmente la Naveta des Tudons, en los alrededores de Ciudadela, como edificio antiquísimo (dicen que el monumento más antiguo de la actual Europa) destinado al enterramiento; el conjunto de cavernas de la necrópolis de Cala Morell, al norte de la isla, y el poblado de Talatí de Dalt, emblema entre otros muchos de lo que fue un hábitat múltiple, endogámico, cuajado de ritos, de monumentos singulares y únicos, de memoria larga y tan profunda que aún no se ha llegado a desentrañar del todo. 



Aspecto del entorno de taula de Talat de Dalt

De los entornos habitados de Menorca, dos son las ciudades que destacan y merecen recorrerse a pie, y en calma, para irle sacando el jugo de sus largas historias. Una es Mahón, la actual capital, y otra Ciudadela, que fue la ciudad principal, en siglos pasados, hasta que el dominio inglés de la isla (en el siglo XVIII) dejó allí la catedral, el núcleo episcopal y la rancia aristocracia isleña en sus enormes palacios, trasladando la capitalidad a Mahón, donde su puerto enorme, largo de 6 Kms. y perfecto de estructura portuaria, tuvo mucho que decir en la evolución menorquina hasta el día de hoy.

Mahón se puede patear sin problemas en toda su extensión. Nosotros disfrutamos de un pequeño hotel muy céntrico, el San Roc, que es Hotel Boutique con lo que ello significa de exclusividad, atención personalizada y utilización de un viejo edificio clásico: desde allí, a dos pasos del Ayuntamiento, cuatro de la iglesia de Santa María, ocho del Mercado de la Pescadería, diez del claustro (hoy comercial) del Carmen, y doce del Museo de Menorca, se pueden recorrer sus calles entrañables y provincianas como el Bastión, les Moreres, el Carrer Nou o la plaza de Colom, cuajadas siempre de gente que charla y pasea. 

Mahón tiene, además, puestos a revelar su entraña turística, un lugar único y admirable, el puerto. En sus muelles atracan, durante el verano, los más espectaculares yates que pueden verse, y en las terrazas de su muelle de Baixamar o de Llevant se abren las terrazas que ofrecen un sinfín de especialidades marineras. Por los altos, la ciudad se nutre de paseantes en las estrecha callejas, y a mediados de agosto se hace difícil encontrar un sitio, al atardecer, donde poder sentarse a charlar y picotear.



El puerto de Mahón, visto desde el mirador del Carmen


Ciudadela es, por el contrario, un lugar más tranquilo, cargadas sus viejas estancias de palacios e iglesias, de soportales típicos y plazas íntimas. Un aire nostálgico y también marinero que desde la plaza des Born se asoma al largo puerto, en cuyos muelles también se puede degustar la variedad inacabable de mariscos y pescados del entorno. Y por añadir un lugar más de visita y disfrute gastronómico, no debe olvidarse Fornells, también presidiendo desde su costado occidental la gran bahía. Esos tres lugares, que antaño fueron acojo de marinos y militares, son hoy el lugar urbano de disfrute y encuentros.

Pero al conjunto de las tres razones primarias que invitan a conocer Menorca (la costa, la arqueología, sus ciudades) está algo más, indefinible, y que roza lo irracional, para decir que es un lugar en el que a uno le gustaría quedarse, porque tiene la justa razón en distancias, visiones y ofertas de memoria antigua. Una razón más de las que España puede esgrimir, cuando algunos decimos de ella que es el mejor lugar del mundo donde poder vivir.

25 de marzo de 2020

En la Belle Île de Bretaña

En la Belle Île de Bretaña

Antonio Herrera Casado / 8 junio 2018

El mapa de la Belle Île en Bretaña

Un recorrido por la Bretaña francesa, por sus viejas ciudades, sus alineaminetos prehistóricos y sus costas espléndidas, nos lleva hasta la isla con el más bonito nombre, la Belle Île, frente a Quiveron. Tras atravesar una estrella lengua de arenas que tiene a sus lados infinidad de villas y residencias, se alcanza el pueblo, y al final de él, la instalación portuaria. Llueve sin parar y nos refugiamos en la terminal. Pronto sale el barco, un transbordador en el que nos da tiempo a descabezar un sueño, del que despertamos a atracar en Le Palais, la capital de la isla, que tiene 20 Kms. De largo por poco menos de 10 de ancho. Toda verde, y brillante, mojada, sobrevolada de gaviotas continuamente.
Un pequeño bus de un conductor local nos lleva a ver lo más espectacular de este rincón último de la Europa. Un lugar lejano de todo, un lugar ¿feliz? Nos lleva a lo que llaman las “Agujas de Coton”, unas grandes rocas que surgen en el mar, en el interior de una estrecha ensenada, batidas por el Atlántico desde siglos ha: aquí se extasió Monet, y las pintó varias veces en sus cuadros. En un pueblo cercano, vemos la casita donde Monte pasó un par de veranos, disfrutando de la paz de esta isla.
Las agujas de Port Coton

Subimos luego hasta la punta norte. El bus nos deja frente al castillete que se hizo construir la actriz Sarah Bernhardt para sus retiros. Hoy es un breve museo de su vida, pero nosotros seguimos el camino de piedra y arena que tras atravesar la plaza de Le Tombolo nos deja subir a la última punta de la isla, al promontorio des Poulains, donde se alza el solitario faro. Más allá, el mar tenebroso.
También vamos a otro lugar bravo y asustante de la costa, el covachón costero del Apoticario, una gran caverna labrada por el mar, a cuyos acantilados ingentes nos asomamos algunos…. Cómo bate el agua, como suena el abismo.
Las costa brava de Belle Île

También nos lleva, atravesando bosquecillos empapados, praderas jugosas, casas ailsadas, hasta un pueblo pesquero, mínimo, en cuyo malecón se alza el “Hotel del Faro”, y allí nos preparan una comida a base de pescados, por ejemplo, una gran crépe marinera, que se me hace inolvidable.
Tras estirar las piernas por el puertecillo, y las empindas callejas de este lugar que se denomina Sauzon, nos devuelven al puerto principal a Le Palais, donde tomamos de nuevo el bus para volver al Contienente.
El Faro des Poulains, en el extremo norte.

Este lugar de la Bretaña, la “Belle Île” es un lugar imprescindible de conocer si quieres palpar la realidad de este región francesa. Además Brest, y Quimper y Nantes, y Carnac, sí….y Re, y Oleron… las grandes islas planas. Pero esta pequeña isla, se hace imprescindible, se torna inolvidable.

27 de octubre de 2019

La sorpresa románica de Grado de Pico


El pasado sábado 19 de octubre de 2019, aprovechando el rato de sol que hubo tras la comida, bajamos desde Condemios de Arriba (donde se había celebrado el XII Día de la Provincia) hasta Grado de Pico, un pueblo segoviano, frontero con Guadalajara. A la caída de poniente de la Sierra de Pela, se abriga el pueblo entre roquedos y densas choperas, que empezaban a amarillerar, porque el aire allí es muy fresco y el otoño se anuncia mucho antes que en la capital. Íbamos Fernando Benito y yo, con nuestras respectivas, y aunque (se ve que por lo mayores que vamos siendo) nos confundimos de camino en principio, luego lo enderazamos y arribamos a este pueblo sencillo y calmo, que por senderos está a poco más de media legua desde Villacadima.

Los viajeros en la puerta de la iglesia de Grado de Pico


En Grado de Pico (que está situado bajo la sombra del Pico de Grado, lo cual es lógico) encontramos casas antiguas, perros y gatos, algunos escudos picados y dinteles tallados… pero encontramos sobre todo, en lo alto del pueblo, la iglesian parroquial, dedicada a San Pedro, y hoy cerrada. Aunque lo que se ve al exterior es tan espectacular, que poco importa. Esta iglesia forma entre lo mejor del románico de Castilla, aunque muy pocos escritores se han ocupado de ella. Especialmente digno de reconocer es el trabjo que le dedicó hace ya muchos años el profesor Bango Torviso, uno de los más sabios conocedores del románico español.
Aunque el tema merece un artículo largo y reposado, en este blog de viajes sí que quiero reflejar, tras la sorpresa, lo fantástico del conjunto, su armonía, su buena conservación, su belleza de colores y formas: en definitva, la emoción que supone ver por vez primera un conjunto arquitectónico cuajado de mensajes.
Iglesia del siglo XIII, con su fachada sur decorada, su fachada norte herméticamente cerrada y plana, su muro de poniente con espadaña leve, y su cabecera oriental con un ábside cuadrado en cuyo centro aparece una eminencia de planta semicircular que reproduce el primitivo ábside

Fachada meridional de la galería de la iglesia de San Pedro,
en Grado de Pico (Segovia)


En la fachada sur, a la que esta tarde ilumina un sol en caída, que arranca tonos casi rojizos a la piedra segoviana, destaca su galería porticada, compuesta de dos intercolumnios de tres espacios cada uno, y la portada/acceso central. Los vanos de los intercolumnios están cegadas, desde hace mucho tiempo, para ganar espacio en el interior. Pero sus capiteles permanecen intactos, aunque ocultos en parte por el cierre de los espacios. La puerta, semicircular, tiene una cenefa tallada con veintucuatro cabezas de tipo demoniaco, aunque hay quien opina que son cabezas de lobos (son similares a las de la cercana iglesia de Pecharromán). Ese arco de entrada está sostenido por dos capiteles espectaculares, tallados con minucia, muy bien conservados: en el del lado izquierdo, aparece una Epifanía de tipo “proskynesis” en la que uno de los Reyes Magos besa el pie del Niño Jesús. En el del lado derecho, dos grifos enfrentados, con sus alas desplegadas, sus grandes picos, sus garras… no les falta detalle.

Capitel de la entrada, representando una pareja de grifos enfrentados,
en la iglesia de San Pedro de Grado de Pico.


Los cuatro capiteles (ocho en total) de cada lado de la galería porticada, muestran elementos vegetales, geométricos y antropológicos muy vistosos. Hay elementos ranurados simples, hay conjuntos bellísimos de vides, con uvas y troncos, hay cestos y acantos… y en uno de ellos hay cabezas monstruosas rodeadas de lazos, siendo el más interesante el que muestra a un par de figuras exhibiendo en lo alto de sus manos unos crótalos o triunfos… sería prolijo detenerse en el análisis de sus significados. Pero, en todo caso, conviene dejar constancia de la existencia de este templo, antiguo y hermoso, perfecto de conservación y vibraciones. El de San Pedro en Grado de Pico, en Segovia…. Uno más de esos pequeños y remotos lugares de nuestra Patria en los que se hace fácil emocionarse.