10 de julio de 2026

Un viaje por la Cataluña monasterial

 10 julio 2026  |  Antonio Herrera Casado

 Acompañado de unas buenas amigas, y a pesar de los calores propios de la época y la zona, en el interior de la Cataluña mediterránea, he vuelto a recorrer los paisajes del Tarraconí, el Baix Camp y la Conca del Barberá para sumergirnos en el ambiente de la Cataluña medieval.

 

En un rápido viaje por autovías, que en Cataluña están todas nuevas y como recién pintadas, hemos alcanzado la planicie donde se alza, severo y majestuoso como hace nueve siglos, el monasterio de Santa María de Poblet, hoy por hoy el cenobio cisterciense más densamente poblado de Europa. Patrimonio de la Humanidad desde 1991, la historia de Poblet refleja perfectamente la de España, y aún la del Occidente cristiano, a lo largo del último milenio. Tras la reconquista de la zona, y por afianzar territorio, el conde de Barcelona Ramón Berenguer decidió gastar buen caudal y erigir un monasterio para monjes de la reforma de San Bernardo de Claraval, los que empezaban a llamarse “cistercienses”, en un lugar apartado, rodeado de bosques, de montañas, de arroyos suficientes, de buen clima. Trajo monjes de la Fontfroide del Languedoc, y a los que aquí puso les dio poder, dineros y una suficiencia que transformó el monasterio en un enclave feudal típico.

En 1150 fundó la casa, y quince años después estaba todo en pie. Dijo entonces el magnate catalán que se había gastado muchos miles de dinares en la obra, pero que sin duda había comprado su eternidad.





Siglos de poder, de espiritualidad, de creación y de arte, algunos de los abades de Poblet alcanzaron a ser presidentes de la Generalitat de Cataluña. Llegados los tiempos nuevos del liberalismo, la Desamortización de Bienes Eclesiásticos dictada por Mendizábal hizo que Poblet se despoblara, los monjes se fueran, y las gentes del entorno (mas algún aprovechado bien organizado) destruyeran y robaran cuanto encontraron dentro. El cenobio Bernardo quedó vacío, mudo y sin apenas elementos reconocibles. Hasta las tumbas de los Reyes de Aragón, que ocupaban la cabecera del tempo, fueron saqueadas, destrozadas y robadas a trozos. En 1930 se organizó, con el favor de la monarquía, el Patronato de Poblet, que lentamente, y hasta el dia de hoy, ha ido rehaciendo la maravilla, hasta dejarla convertida en lo que acabamos de ver: un enorme monumento que pregona la calidad del Hombre desde sus perspectivas de religión, espiritualidad, sabiduría y arte.

Hemos visitado el monasterio a lo largo de tres horas. Da para saborear todo cuanto encierra. Empezamos por el claustro, con sus cuatro pandas iluminadas por las arquerías góticas, y en su costado el lavatorio donde los monjes mojaban sus manos antes de entrar en el refectorio. Este permanece como en su origen, dispuesto todo para el sustento diario de los monjes. En esa misma panda se abre la Sala Capitular, solemne e iluminada al fondo por ventanales acristalados, con los enterramientos de sus abades históricos en el suelo. También se ve desde fuera el escriptorium hoy biblioteca viva de los cistercienses. Y en el piso de arriba, tras subir unas solemnes escaleras, el dormitorio común, enorme de dimensiones y alturas.
La iglesia es el manifiesto vital de Poblet. Con sus tres naves (la central románica, las laterales más estrechas góticas) la girola de bóvedas limpias y escuetas, y en la cabecera el retablo del altar, la obra cumbre de Damiá Forment, quien en el siglo XVI talló sobre alabastro el summus del catolicismo y el catálogo de los santos y santas monacales. En los arcos del crucero se levantan, en distribución única y sorprendente, las tumbas de los reyes de Aragón, que han sido rehechas y retalladas por Federico Marés a mediados del siglo XX. Este lugar ha sido visitado, a lo largo de los siglos, por todos los reyes de España.

Hemos visitado todo lo visitable, con el asombro consiguiente: los tres recintos del monasterio, en el primero de los cuales se ha habilitado una sala de proyecciones en la que los monjes dejan ver, en un espectáculo maravilloso de luz e imágenes, la esencia del monaquismo y su actitud ante el mundo. Luego las dos torres de fortaleza que dan paso al monasterio. O la capilla dedicada a San Jorge que mandó levantar, mediado el siglo XV, el rey Alfonso V de Aragón, el magnánimo, conquistador de Nápoles. Dentro todo son recuerdos de los reyes y reinas, (allá están Jaime I y doña Violante…) así como los salones que sirvieron para cellería, lagar, bodega, incluso un palacio queda, que usó el rey Martín el Humano, para allí vivir algunos años. 





En resumen, nos ha gustado Poblet y hemos disfrutado conociendo su larga historia, sus avatares, mientras veíamos las huellas pétreas, solemnes, precisas, de tanta grandeza.
Una comida bien disfrutada, en el Molí del Mallol, de Montblanc, sirve para darle un paréntesis gastronómico al día. Este restaurante, alzado junto al río Francolí en el costado mismo de la medieval villa catalana de Montblanc, es hoy la meca de los degustadores de calçots y de caracoles. Nosotros hemos disfrutado con sus patatas mini bravas con cebolla confitada y sal de volcán, únicas en su género; con sus croquetas de calçots y salsa romesco; son su butifarra amb monchetes y sus orejillas de la abuela. Después, una vuelta [en coche] rodeando la muralla y subiendo al viejo castillo.





Para seguir por colinas y olivares hasta llegar en un altozano junto al río Gaiá (dejamos el coche aparcado a la sombra en su floresta) hasta Santa María de las Santes Creus, un pueblo encantador que surgió a lo largo de los siglos en torno a otro monasterio, también de cistercienses, también del siglo XII, también (siempre como Poblet) con su templo monasterial de tres naves desnudas de adornos, altas y serias como el alma en trance, y ante el altar (aquí barroco) los mausoleos de otros dos reyes medievales: Pedro III el Grande, el rey de Sicilia que fue y el compañero de Roger de Lauria, más Jaime II su hijo, favorecedores de las sociedades monacales y dadivosos constructores.





En este monasterio se encuentra la misma estructura que en Poblet, quizás todo más en pequeño (Claustro, Lavatorio, Sala Capitular, Refectorio, sala de Dormitorio de llos Monjes, scriptorium, pero más auténtico, menos restaurado. Tiene además en la parte de atrás otro claustro, menor, pero cuajado de cipreses, de rincones, que te llevan al cementerio de los monjes, un jardín umbroso y mágico en el que se arranca soberbia la cabecera del templo con su rosetón primigenio y románico.

El monasterio está en lo mas alto de un pueblo que nació en torno al cenobio. Y así encontramos la gran plaza mayor, con su Ayuntamiento, y muchos edificios de épocas pasadas, que con una gran fuente central, y la parte alta mostrando la fachada de la iglesia conventual, hacen de este enclave otro lugar mágico que debe ser (alguna vez en la vida) visitado. La prueba fue que, cuando llegamos, tuvimos que ir sorteando cables, trípodes y atrezzos varios porque el conjunto lo habían convertido en un plató de cine, peor a lo grande y colorido. 





Este viaje por la Cataluña monástica (hay muchos más lugares a los que ya hemos ido o iremos sin duda, San Cugat, Ripoll, Sant Pere de Rodas…) nos desvela el carácter auténticamente europeo de estas tierras, con edificios cuajados de sentido y belleza, y con memorias que nos retrotraen siglo y nos meten entre las páginas de los libros, de las historias y novelas que de ellos han ido surgiendo.

27 de abril de 2026

Un paseo por el valle del Ambroz

Por Antonio Herrera Casado  |   25 / 26 Abril 2026

 Los días 25 y 26 de abril, arropados por los verdes tonos del mundo en Extremadura, la Asociación de Amigos de la Biblioteca ha realizado un estupendo viaje [cultural y amistoso] por las tierras del alto valle del Ambroz y nos hemos llegado hasta Plasencia. Han sido muchas las cosas vistas, y hemos atesorado anécdotas y buenos recuerdos. El viaje, gestionado por Mazarío (Transportes y Agencia de Viajes) nos ha servido  para conocer a Santos, el conductor, todo un profesional y caballero.


Amigos de la Biblioteca,
el grupo posa en las escalinatas
de la iglesia de Santiago en Béjar


La salida fue muy temprano, aún de noche, desde Guadalajara, el viernes 25 de abril. La llegada a Béjar, donde recogemos a nuestro guía Isidro, que nos acompañaría la jornada, sirvió para reemprender subida, zigzagueando por los vericuetos del estrecho valle del río Cuerpo de Hombre, hasta Candelario, donde subiendo y bajando cuestas pudimos admirar este enclave de la Sierra de Gredos, que aún tenía la nieve pegada a las laderas de su espalda. Admiramos su arquitectura serrana de granito, sus bien distribuidas casonas “chacineras” y el sabor de sus calles y rincones tradicionales.


Un aspecto urbano de la parte alta de Candelario.


Después volvimos a Béjar, donde con tranquilidad y muchos pasos, discurrimos su tradicional y elegante Calle Mayor, expresión de los mejores tiempos industriales de esta ciudad con solera. Las iglesias de Santiago y Santa María visitamos, así como el Teatro Cervantes y su homenaje en estatua a don Quijote, que junto a Sancho llenan la plaza mostrando la dedicatoria que Cervantes hizo de su gran libro al Duque de Béjar. En esta ciudad, de cuestas sin fin, de tradiciones ancladas, pudimos disfrutar paseando su parque de la Corredera, y desde fuera admirar el palacio ducal, hoy Instituto de Enseñanza Media.



Paseamos por la calle mayor de Béjar



Desde la altura, ya todo es bajar entre bosques de castaños, frondas y arroyos cargados de agua, llegando pronto a Baños de Montemayor, donde en uno de los hoteles del Viejo Balneario recuperamos fuerzas comiendo, y admirando entre lluvia y sol la belleza verde y húmeda del entorno de ese alto valle del Ambroz, que trae sus aguas directamente de la nieve de las cumbres.

Enseguida llegamos a Hervás, que pasa por ser uno de los pueblos con pasado judío más señalados de España. El recorrido tranquilo, bien explicado, admirando plazas, cuestas y el parquecillo de la orilla del río se nos hace corto, hasta llegar finalmente a la plazuela del convento de los trinitarios de San Agustín, donde la iglesia se mantiene con el vigor de los oros radiantes de su colección de grandes retablos barrocos, y el convento convertido en Parador hostelero de elegancia y pulcritud incontestables. En Hervás disfrutamos, aunque ya cansados, de un pueblo que es esencia de la España eterna: palacios y casas simples, plazuelas con fuentes sonoras y la calle más estrecha de España. Una sorpresa que siempre quedará en nuestras retinas.


En Hervás nos sorprende la lluvia de primavera
paseando entre sus viejos edificios.




Pasamos la noche en un hotel de Plasencia [el “ciudad de Plasencia”] que acoge al grupo con hospitalidad cierta. Y alumbramos el día saliendo a visitar este enclave que es señero, puesto en alto sobre el cauce del río Jerte, que también se viene desde las nevadas alturas de Gredos, buscando el Tajo.

En Plasencia, el caminar por sus viejas calles nos lleva ante la Catedral, que aquí es doble, porque se trata de que el edificio catedralicio actual acoge dos antiguas catedrales: la vieja, de origen románico, y la nueva, de estructura y ornamentación renacentista. Toda ella supone un complejo edificio admirable. Tuve el honor de acompañar a buena parte del grupo, y hacer con ellos de guía en esta visita de la catedral, en la que primero admiramos la severa prestancia de sus naves occidentales, con bóvedas góticas, racimos de columnas y collarines cuajados de ornamentación medieval, pasando al claustro, que mantiene intacto el aire románico-gótico de sus arcadas y capiteles, quedando un buen rato en la estancia que sirvió de Sala Capitular y hoy es uno de los espacios más espectaculares de la arquitectura medieval en España. Se cubre con una bóveda circular y apuntada que al exterior muestra la torre “del melón”, cubierta de escamas de piedra y sobre calados arcos semicirculares: esta es la más meridional de los cuatro ejemplos de Cúpulas Gallonadas que muestra la España de la Vía de la Plata (Zamora, Toro, Salamanca y Plasencia). Por una simple puerta, entramos a la catedral nueva, donde nuestra admiración se centra en la amplias y elevadas naves, restauradas con los tintes primitivos, cargadas de estatuas, de retablos, destacando la bóveda estrellada del presbiterio, la puerta de la sacristía, de estructura italiana, el altar de San Agustín, y el coro, cerrado por una reja soberbia de Juan Bautista Celma, una de las más espectaculares de nuestro país, y admirando en él las tallas sobre madera que el maestro Rodrigo Alemán dejó a finales del siglo XV: allí los pasamanos, las paciencias, las cresterías caladas y los respaldares de taracea, que convierten ese espacio en un mundo que nunca se descubrirá del todo: el mundo de las leyendas viejas y las protestas firmes.


La cúpula de la torre del Melón,
o Sala Capitular de la catedral de Plasencia.



Pero antes, desde primera mañana, hemos recorrido la ciudad con un guía oficial, de los que saben mucho, y explican “a su aire” la historia de España y aspectos generales del vivir, más que el detalle de lo que tenemos delante. En Plasencia lo que nos deja asombrados es su Plaza Mayor, un espacio perfecto de acogida urbana. Grande y animada siempre, en su extremo norte se alza la Casa Consistorial, con escudos imperiales y galería porticada, rematando la torre con el reloj que es golpeado por el Abuelo Mayorga, el personaje de latón pintado que da vida y sonido al lugar.

Pasamos luego a ir admirando la catedral por fuera, con las espectaculares portadas platerescas donde los “grandes” de la arquitectura y la simbología renacentista dejaron su huella prolija: Juan de Álava, Francisco de Colonia, Alonso de Covarrubias, Rodrigo Gil de Hontañón, Gil de Siloé… la plana mayor del Renacimiento hispano colaboró en elevar este monumento, que iba a mucho más, pero que se quedó a medias, albergando en su conjunto dos catedrales: la vieja, románica y medieval, que fue sustituida progresivamente por la nueva, renacentista y plateresca, y que hoy nos asombra con su variedad de perfiles.


La plaza de la catedral de Plasencia
permanece detenida en el tiempo de los viejos siglos.



De allí pasamos a admirar los palacios y torres de la ciudad vieja: las casonas de los Monroy, donde se retiró a morir Fernando el Católico; la de los Mirabel, viejo palacio y torre de los Zúñiga, señores del territorio, el palacio episcopal, el caserón bifronte de los Marqueses de Santa Cruz de Paniagua, o “Casa del Deán”; el convento de Santo Domingo, que hoy alberga iglesia poderosa y Parador Nacional de Turismo. Compras luego por la Calle del Sol, por la Zapatería Vieja, y finalmente la comida en “La Fragata” que pone punto y final a este viaje por tierras extremeñas y salmantinas, recorriendo con asombro parte de esta “Vía de la Plata” por donde ha transcurrido, desde los tiempos de los romanos, una buena parte de la Historia de España”.

25 de marzo de 2026

Un viaje concreto: Arévalo y sus tripas

 Por Antonio Herrera Casado  |  24-03-2026

 

En directo desde Guadalajara, donde madrugamos, tres horas escasas nos permiten llegar a Arévalo. Aun con tiempo para desayunar en cualquiera de los doce bares que hay en la Plaza del Arrabal, corazón de la Ciudad castellana. Vamos un grupo de 71 viajeros, todos encuadrados en el grupo cultural Asociación de Amigos de la Biblioteca de Guadalajara. Con ganas de ver cosas nuevas.

Nos recibe el guía oficial de la ciudad, don Jorge Díaz de la Torre, y su ayudante, el Cronista Oficial de la Ciudad, el veterano historiador don Ricardo Guerra Sancho. Ambos saben todo lo que se puede saber de este lugar de las castellanía más honda. Arévalo (la 2º población en importancia de la provincia de Ávila, detrás de su capital, con 8.000 habitantes actualmente, capital de la Moraña y el Campo de Arévalo, es hoy una ciudad de servicios, de turismo y de cereales).

 




En la iglesia de Santo Domingo (hoy oficiando de parroquia única) nos explican su contenido, barroco y abigarrado. A continuación, ya ante el Arco de Alcocer, que da entrada a la ciudad vieja, nos entretenemos en recordar a la señora Isabel (la primera, la de Castilla, reina del territorio en el siglo XV) La estatua en bronce que la recuerda la hizo Francisco Aparicio, mediado el siglo XX, y allí la conocen como “La Isabelilla”, porque a reina aparece muy joven, y rodeada de símbolos (cetros, coronas, granadas, libros…) Arévalo homenajea así a Isabel de Trastamara, la gran reina de Castilla, que nació en Madrigal de las Altas Torres, murió en Medina del Campo, y vivió su juventud en Arévalo. El resto lo pasó zascandileando el reino, de ciudad en ciudad y de castillo en castillo, toda su vida.





El arco permite la entrada a la Ciudad Vieja. Es un arco inmenso, con sendas puertas y recinto interior: una verdadera fortaleza por sí mismo. Alberga hoy la Oficina de Turismo. Vamos luego desde allí a ver el hondón del río Adaja que circunda por el sur a la ciudad, y recordamos por una plaza a Jiménez Lozano, el escritor castellano y castellanista que aquí vivió mucho tiempo.

Luego nos acercamos a visitar, en exteriores, la iglesia de San Martín, que es románica, con una galería (la única en la provincia de Ávila, aparte de San Vicente de la capital) con arcos semicirculares, capiteles historiados aunque muy gastados, y un aire leve y elegante, que se traduce en monumentalidad al ver el templo desde su cara norte, la que da la Plaza de la Villa.





En esta plaza nos asombramos de sus dimensiones, y de los edificios que por los cuatro costados la escoltan. San Martín, que ahora la ha comprado el Grupo de Inversiones “Javier Lumbreras” para instalar en ella un Centro y Museo de Arte Contemporáneo, bajo el apelativo de “Collegium” va a darle nuevo impulso a la Ciudad. Esperamos verlo algún día no lejano. Mientras, admiramos las dos torres gemelas de San Martín, soberbias en su estructura y adornos mudéjares. Una de ellas, la que llaman “de los ajedreces” muestra tableros de ese juego construidos en sus muros, con ladrillos rojos y blancos.





En un costado de la plaza, inserto en viejas construcciones de tradicional arquitectura, está el Centro de Interpretación del Mudéjar, y el Museo de la Ciudad. Al fondo, sobresaliendo con su ábside sobre lo alto del plazal, Santa María, que visitamos luego al caer la tarde.

Seguimos callejeando, plazueleando, y llegamos al castillo, cuya historia de bizarría da paso hoy al Museo de los Cereales y su rehabilitación por el Ministerio de Agricultura. El castillo, que otea la junta de los ríos Arevalillo y Adaja al oriente de la población, es también su símbolo, y le damos la vuelta andando para admirar todas sus facetas. Gusta mucho.





Luego pasamos a la “Bodega del Arriero”, en la costanilla que baja al arroyo Arevalillo. Curioso espacio que creó un vecino intelectual del pueblo, don Marolo Perotas (un nombre que parece sacado de un cuento de Pérez Galdós, pero que es real como la vida misma) para fabricar vino, reunirse con los amigos, emborracharse y recitar versos. Es muy bonito, un espacio singular, que nos encantó.





Bajamos luego a comer, muy bien en el Restaurante “El Tostón de Oro”, donde se recuperaron fuerzas para seguir viendo edificios y calles de Arévalo. En la iglesia de El Salvador, donde se guardan los pasos de semana santa, nos sorprendió el reducto románico de la cabecera de su primitiva iglesia, con unos capiteles del arco mayor con enormes cabezotas monstruosas, y sobre todo el retablo de la capilla de la Epístola, patrocinado por don Bernardo de Dávila y Monroy en 1562, y que fue diseñado y realizado en algunas de sus figuras por Juan de Juni, aunque otras fueron de mano de su hijo Isaac. Del genio del Renacimiento español, de Juni padre, son sin duda la Inmaculada del centro, y una Santa Ana muy expresiva.

Luego paseamos la plaza del Arrabal nuevamente, con otra luz, que la hace nueva, y subimos de nuevo al extremo, a ver por dentro Santa María. Es una joya recuperada en la que nos emociona contemplar, tras años de sorpresas y restauraciones, el presbiterio mudéjar decorado con las pinturas que representan un enorme Pantocrator (Cristo en majestad rodeado de los cuatro animales del Tetramorfos: la mano derecha bendice al personal, y la izquierda sostiene un globo terráqueo en el que se representa las tres cuartas partes de mares y una cuarta parte de tierra con iglesia). Es obra románica, del siglo XII. Se sustenta la pintura sobre una cenefa de ladrillos en esquinillas decorados con pinturas que simulan cabezas humanas. A los pies, soto el coro, una gran armadura mudéjar que nos impresiona, nos deja sin aliento, y que lo sabios atribuyen a los carpinteros castellanos Juan Cordero y Diego de Herrero, en 1544.





Volvemos –un día de caminatas, pero en llano, porque Arévalo es ciudad de buenos y tranquilos pasos– hasta la plaza del Arrabal. Allí nos juntamos todos, compramos lotería, dulces, algún recuerdo, y nos subimos al autobús de Ramos. Y en dos horas y cinco minutos, nos pone en Guadalajara de vuelta. Más sencillo, imposible. Y más denso de emociones, tampoco. Un viaje que recordaremos siempre.

23 de febrero de 2026

Bajada a las Pozas del Aljibe

 Antonio Herrera Casado   |   22 de Febrero de 2026

 

Aprovechamos que amanece un día sereno, no frío, en la tierra de Guadalajara, y nos aventuramos a visitar las pozas del Aljibe, en el Parque Natural de la Sierra Norte. Para ello salimos de Guadalajara a las 9:30 de l a mañana y vamos por la Campiña, subimos a Tamajón y llegamos a Roblelacasa en poco más de una hora. Allí dejamos el coche en el aparcamiento que hay habilitado al norte del pueblo. Y sin mucho abrigo, pero sí con buen calzado, dos bastones y buen ánimo, nos lanzamos a la aventura.

 

Una aventura muy aplaudida

 

Un día después de la aventura, que aquí relato, veo con sorpresa que la nota escrita (apenas diez líneas semipoéticas y una fotografía de las pozas de frente) el número de visitantes de mi perfil en Facebook se ha puesto en más de 100.000, los likes han alcanzado los 600 y casi un centenar de personas lo han comentado favorablemente. La verdad es que fue una aventura de las buenas, realizada con alegría y buen ánimo, y culminada con el éxito de volver vivos y sin rozaduras.





Las pozas son un lugar de extraordinaria belleza qu ese forman por la caída, en alboroto, del agua abundantísima del Arroyo del Soto, que proviene de la ladera occidental del pico Ocejón, y desde El Espinar corre hacia desembocar en el río Jarama. Casi en la desembocadura, y por caer desde altura considerable, el arroyo forma dos cascadas sucesivas, cayendo el agua en sendas pozas “en forma de aljibe”, la cascada superior con 3,5 metros de altura, y la inferior con 7,5 metros de altura. El agua, oscura y limpia, la espuma, la resonancia entre los muros de roca, que se cubren de líquenes, y se escoltan de bosquecillos calvos de rebollos, supone una explosión de naturaleza, con bellas perspectivas se mire desde donde se mire.

La excursión es larga, y solo apta para gente entrenada. Nosotros, que llevamos una docena de años jubilados, nos arriegamos demasiado. Porque la ida es cómoda y alegre, casi siempre cuesta abajo, con espacios planos,  en algunos momentos con la dificultad de sobrepasar espacios en los que corre el agua que mana de rocas y laderas (el mes anterior ha llovido, y nevado en las alturas, casi todos los días). 

Desde Roblelacasa hay un camino ancho que se extiende unos 3 kilómetros, empinado a veces, siempre bajando, hasta llegar al lugar donde sigue hacia Matallana atravesando el Jarama por el puente de los Trillos. Pero ese viaje, que es más largo, se deja para los muy atrevidos. Nosotros seguimos la estrecha senda que, en alto, va acompañando al río por su orilla izquierda, y al fin se llega, cruzando por cómodo puentecillo moderno el arroyo del Soto, al espacio empinado y abrupto desde donde vemos las cascadas de frente, incluso usando un pequeño mirador que se ha construido en el que caben cuatro personas.

Entre las rocas nos da tiempo a comer con brevedad lo que en esas circunstancias puede y debe hacerse: un par de plátanos, alguna mandarina, frutos secos variados, varias galletas, y mucha agua, del termo que la mantiene fresca desde casa. Las fotos necesarias para inmortalizar el momento y llevarnos en la tarjeta de la Nikon a la más alta resolución aquellas imágenes inigualables. Luego, la vuelta, que en total son otros cuatro kilómetros desde el enclave de las pozas hasta Roblelacasa. Un regreso que para nosotros, con muchos años encima, se nos hizo duro, “muy cuesta arriba” (valga la ironía y la redundancia), y hubo que hacerlo muy despacio. Si la ida duró hora y media, la vuelta fueron casi tres horas. La gente que nos adelantaba, y nos animaba, lo hicieron en menos tiempo, pero a los mayores nos resultó duro. Veinticuatro horas después, y con alguna agujeta en la raíz de los muslos, ya lo recordamos como una anécdota más en nuestra vida de caminantes y escaladores.





Todo fue feliz en este viaje. Incluso la cantidad de visitantes a los que saludamos: muchos iban con niños, otros con perros, todos en traje deportivo, frescos de vestimenta a pesar de ser febrero y en la Sierra. El sol acompañaba. Y en ningún caso vimos suciedad ni destrozos. Todos cuantos se acercan hasta allí van con el mismo objetivo, que les deja sanamente tranquilos y en actitud benéfica: el de contemplar uno de los espectáculos más hermosos de nuestra provincia, las Pozas del Aljibe en Roblelacasa. Un viaje que merece la pena, aunque a algunos, como el que suscribe, le llevó cinco horas de su vida, y parte de ellas con la lengua fuera.




Paseo por Orgaz

 Antonio Herrera Casado   |   20 de Febrero de 2026

 

Con la Asociación Cultural “Arquivolta” he podido darme una vuelta tranquila por Orgaz, un pueblo toledano cuajado de luz, y de horizontes. Muy bien acompañado de socios y socias de esta Asociación cultural de Guadalajara, este viernes 20 de febrero de 2026 he podido darme un tranquilo paseo por este gran pueblo toledano, cargado de historia, de elementos curiosos de la arquitectura popular y del arte más exquisito.

 





Un paseo somero

 

Llegados a media mañana, en el chiringuito que tiene el Ayuntamiento dedicado al Turismo nos esperaba una guía que, muy bien informada, y con gran amabilidad, nos llevó enseguida a visitar, primeramente, el Castillo de Orgaz. Nos abrió su portalón y pudimos admirar la estructura de esta fortaleza. Es de origen medieval, y sorprende encontrarla en un espacio tan llano, lo que explica su uso, que no fue guerrero, sino residencial. En el edificio vivieron sus señores, luego condes de Orgaz, y finalmente la familia Llopis, que reconstruyó sus ruinas y lo habitaron por temporadas, dejando en su interior muy cuidadas habitaciones y un gran salón con biblioteca.
La estructura es de planta rectangular, con fuertes murallas flanqueadas de torreones, y garitones amatacanados en las esquinas. El interior tiene un gran patio y en él destaca una lonja sostenida por columnas abalaustradas. Recordamos, gracias a una reproducción gigante que ha puesto el Ayuntamiento en el salón donde estuvieron las caballerizas, al Señor de Orgaz, a través del cuadro que pintó El Greco con el milagro de su enterramiento.

Después paseamos las calles del pueblo, admirando su vieja Ermita de la Purísima Concepción, y llegamos a la plaza, que es una joya del urbanismo castellano, aunque por avatares de los tiempos, solo le quedan dos de sus costados con edificios soportalados. En uno de ellos, que llaman “Hospital de San Lorenzo, pudimos admirar el viejo edificio donde se acogía a los peregrinos enfermos. Está “tal cual” era hace varios siglos y pudomos conocer entresijos de su vida allí porque la infancia la pasó la guía entre sus muros.

 





Miradas en la iglesia

 

Para concluir, visita a la iglesia, dedicada a Santo Tomás. Un edificio enorme, de grande y de decorado. Se debe al diseño y dirección de Alberto de Churriguera, quien comenzó a edificarla en 1738, pero que no puedo verla acabada. Porque se murió a poco (está enterrado, en lugar ignoto, bajo el suelo del templo) y porque se acabaron los caudales para hacerla, por lo que quedó con una sola torre, y la nave rematada en un muro que muestra un moderno retablo, sin haberse acabado el crucero ni el presbiterio. En todo caso, la iglesia es majestuosa en sus dimensiones y estructura, parece una catedral que está pidiendo ser acabada.






Tras la visita, una buena comida en el Restaurante “El Asador”, y la vuelta, sin prisas, por Mora de Toledo, donde aún nos da tiempo a pasear su Plaza Mayor, en la que admiramosel edificio de su Ayuntamiento de estilo neomudéjar, debido al arquitecto Ezequiel Martín que lo acabó ahora hace cien años. Además visitamos la iglesia, entre el barullo de la chiquillería de la catequesis, que se entretiene dibujando y socializando en el alto tono de los niños, y vuelta a casa, admirando en el camino, y desde el Bus, el gran castillo de Almonacid de Toledo, que a pesar de su grandiosidad e historia, se sigue cayendo 

19 de octubre de 2025

Àvila en tres miradas

 Antonio Herrera Casado   |   17 de Octubre de 2025

Con la Asociación Cultural “Arquivolta” he podido darme una vuelta tranquila por Ávila, llena de lecciones nuevas, de miradas puntuales y cargadas de significado, y gracias a ella he podido alcanzar algunos de los edificios que me faltaban por analizar con sus detalles sorprendentes. Muy bien acompañado de socios y socias de esta Asociación cultural de Guadalajara, este viernes 17 de octubre de 2025 he podido por fin visitar esta vieja ciudad, admirar al completo sus murallas, fijarme en el interior de su catedral en algunos mensajes que lanza el pasado a quien se pare a contemplarlos.



Un paseo somero


Acompañados de un guía presuroso, hemos podido contemplar lugares emblemáticos del urbanismo abulense. Siempre con Santa Teresa de Jesús por referencia, empezamos el recorrido por el Mercado Grande, la plaza abierta ante el costado meridional de la muralla. Luego recorremos la fortificación de la ciudad, que es maravilla histórica sin par en España, y vamos viendo sus torreones, sus fuertes muros, sus puertas diversas, los palacios adosados por el interior, los portillos, etc, hasta llegar al monasterio de la Encarnación, donde evocamos a Teresa de Jesús, la doctora de la Iglesia, la patrona de los Escritores en Castellano, la mística poetisa de alma.

El recorrido sigue luego por calles y plazuelas. Vemos los viejos torreones nobles, la casona inmensa de los jerarcas Dávila, con sus matacanes fieros y sus leyendas que explican la defensa del honor y la fama, a ultranza, y como consideración suprema de la vida. Recordamos a tantos caballeros, capitanes y virreyes que con el apellido Dávila salieron de aquí hacia el mundo en torno, y acabamos oyendo el fragor del Mercado Chico frente al Ayuntamiento.

Una comida castellana y reconfortante nos es suministrada en el patio del Palacio de los Velada, frente a la catedral. Allí son bien recibidos los sabores antiguos de las patatas revolconas, las judías del Barco, los chuletones abulenses y los bacalaos de Terranova, regados con el vino de Cebreros y los dulces moriscos. En ese patio, que centra un edificio anguloso y feraz, hay puesto en los intercolumnios una serie de escudos de armas, tallados en el duro granito serrano, y entre ellos me fijo en una limpia enseña de los Mendoza primeros. Como siempre, nuestros famosos vecinos dando lustre a las viejas casonas.





Miradas en la catedral


Después de comer, vamos a la catedral. Porque allí hay que ver algunas cosas buenas. Y de entre ellas, yo me dirijo en directo a la girola, para admirar en la espalda del altar mayor el sepulcro de El Tostado, al que algunos tenemos por una de las cumbres de la estética renacentista española. Consiste en un enterramiento que es a un tiempo altar, profusamente ornado de esculturas, y que tallado íntegramente por Vasco de la Zarza en 1511, viene a ser expresión de admiración por un personaje ilustre y discurso teológico sobre las virtudes de este hombre, que fue obispo, y ejemplar para todos en orden a la lectura y los saberes. Importante es saber quien fue El Tostado: apelativo (por su padre dicen, y por el color oscuro de su piel) de don Alfonso Fernández de Madrigal, que vivió entre 1410 y 1455 y ejerció de estudioso, de escritor, de profesor y de clérigo, acabando de Obispo de Ávila entre 1454 y su muerte un año después. Vivió en la corte de Juan II de Castilla, donde fue muy respetado, y este mausoleo lo encargó, bastante tiempo después de su muerte, otro obispo de Ávila, don Alonso Carrillo de Albornoz. Escribió tanto, leyó tanto, que su figura ha viajado al reino de la mitología popular con esa fama que sirve para achacar su nombre a quienes centran su vida en el estudio. De ahí que hoy, todavía, se diga “saber más que El Tostado” de cualquiera que se haya aplicado –con provecho­– a la lectura y el estudio. Porque según dicen, 
este hombre casi en brazos de su nodriza, aprendió todas las ciencias y artes liberales sin que le enseñaran ninguna de ellas




De este mausoleo de El Tostado nos ha llamado poderosamente la atención la figura del obispo, sentado y leyendo, vestido de pontifical, arropado de una gran capa pluvial muy decorada y cubierto de la mitra. Detrás de él, una escena tallada muestra completa la Epifanía, que es la adoración de los Reyes Magos a Cristo Niño. Encima, en un friso leve, aparece la cabalgata de esos Reyes que vienen desde Oriente. Más arriba aún, la escena de la Natividad, Dios viene al Mundo en un lugar mínimo. Y en la cumbre del aparatoso altar, el busto de Dios. Bajo el Tostado aparecen talladas, en siete hornacinas perfectas, las siete Virtudes, que son las 3 teologales (Fe, Esperanza y Caridad) y las 4 Cardinales (Fortaleza, Justicia, Prudencia y Templanza). El orden no es importante, pero sí lo que significa el conjunto de esta iconografía: el hombre, el sujeto, don Alfonso, además de ministro de la Iglesia es un lector y un estudioso. Acumula el saber que vino de lejos, de las fuentes orientales, pero también de la Revelación que un Niño luego Hombre nos transmite en el Evangelio. Todo ello, lo pagano y lo cristiano, emanando de un Dios único, y ello poyado en las virtudes que el hombre debe ejercer por sí mismo, para constituir su entereza humana. Hay que pararse un rato ante el sepulcro de El Tostado. Y pensar y entender el mensaje.

Hoy ya no es posible, pero antiguamente, decían que quien viniera a Ávila, a su catedral, a su girola, y se pusiera ante el sepulcro de El Tostado, y acariciara con fe una parte de sus ropajes, sería recompensado con alguna de sus virtudes, especialmente la de la sabiduría.






En la catedral de Ávila nos quedan por ver otras muchas sorpresas. Por ejemplo, en la capilla de San Ildefonso, que es una de las que se abren a la girola, el enterramiento de un caballero, concretamente el de don Sancho Dávila, que fue capitán del ejército del rey don Fernando y la reina doña Isabel, y que muerto en los finales del siglo XV fue allí enterrado, bajo una estela de pizarra escrita en caracteres góticos, con su escudo de roeles tallado, la efigie completa del revestido caballero tumbado, sus cabellos lacios cubiertos de bonete, y (atención a esto) a sus pies –que alguien cortó y se llevó como amuleto– un pajecillo doliente, sentado a la morisca, durmiendo y tristando, apoyado su codo izquierdo sobre el casco del caballero. Este personaje aparece en otros lugares diversos (el Doncel de Sigüenza, el caballero Campuzano en San Nicolás de Guadalajara, los condes de Tendilla que se perdieron, don Pedro de Coca en Ciudad Real, y ahora aquí, como un modelo repetido por la misma gubia talladora. Elucubro al instante, pero pienso que este es otro producto de la factoría de Sebastián de Almonacid, el escultor que tuvo su taller en Guadalajara a caballo entre los siglos XV y XVI, y que talló las esculturas anteriores. Un modo de expresar, sin duda, cómo el dolor por la muerte de alguien querido no se manifiesta sino a través de quienes quedan vivos. Y la fidelidad del paje es la de los familiares. Y su sueño nada más que el adelanto de la muerte. Porque ya se sabe que Hipnos era hijo de Tanatos.




No sigo por no hacerme pesado, y recuerdo aquí, de este viaje breve y nutritivo a Ávila, esas tres miradas que me han hecho volver la cabeza y pensar en los mensajes que nos llegan –nos siguen llegando día tras día­– desde el pasado: un escudo mendocino en Ávila, un sabio virtuoso tallado en alabastro, un paje doliente a los pies de un caballero.

30 de julio de 2025

Paseando por Tortosa


Antonio Herrera Casado | 29 Julio 2025 

 Ha sido una sorpresa descubrir Tortosa, porque esta gran ciudad en las orillas del Ebro manifiesta en su conjunto, y en sus detalles, el desarrollo auténtico de un país. Fue singular, por su emplazamiento, bastión defensivo y estratégico desde tiempos de los romanos, y más especialmente en la Edad Media cristiana. Tuvo la mala suerte que en la última gran batalla de la Guerra Civil de 1936-39 le tocara sufrir los embates de la artillería y la aviación, resultando muy dañadas sus estructuras. Pero en la Paz ha resurgido, y hoy constituye una gran ciudad próspera, y moderna, en la comarca del Bajo Ebro. La hemos recorrido junto a Clara, una guía de la empresa Conficon que durante 3 horas nos ha explicado su historia y mostrado su patrimonio. Y así hemos podido ver, en primer lugar, el angosto callejear de la ciudad medieval, con grandes palacios, restos de fuentes, portalones y espacios. Después nos hemos dirigido a la catedral, muy singular y diferente a otras, porque ha ido creciendo a lo largo de los siglos. 




Empezamos por conocer sus catacumbas, sótanos y oscuras/profundas dependencias que durante la Guerra sirvieron además como Refugio Antiaéreo. Después el Museo catedralicio, en el que aparecen cosas sorprendentes, mucha plata, tallas románicas, y un coro barroco de madera talladas. Después el claustro, singular, lleno de relojes de sol (conté al menos cuatro) que permitía a los canónigos saber la hora, estuvieran en la panda que estuvieran. 




En el interior, de tres amplias naves y enorme cabecera con deambulatorio, destaca el retablo mayor, del siglo XIV, con tallas exquisitas y un panel en el que los Tres Rayes Magos representan las tres Edades del Hombre. Son espectaculares los dos predicatorios, y las claves de las bóvedas, con imágenes policromadas, de piedra, gigantescas. La capilla dedicada a la Virgen de la cinta (patrona de la ciudad) es de un arrebatado barroquismo, una iglesia por sí misma, y en las naves se ven algunos retablos y capillas con muchos escudos, y lápidas funerarias. La guía no sabe decirnos nada sobre un famoso obispo (alcarreño, de Budia) que en el siglo XIX regentó la diócesis de Tortosa. Era don Víctor Damián Sáez, que fue confesor y primer ministro de Fernando VII, y que mandó construir la Capilla del Rosario, que visito atento, y en el suelo (donde teóricamente estaría enterrado don Damián) solo aparece una burda talla de un escudo de hidalgo con emplumada celada. 




De la catedral sorprende, finalmente, la fachada, de estilo neoclásico, y sin acabar (le falta el remate central y las torres) que no se piensa terminar de construir por lo que pesaría todo, y sin duda haría fallar el terreno que la sustenta, en la orilla del río. De lo que hay, muy solemne y aparatoso, se sabe que pesa 7.000 toneladas, que ya está bien. Al menos, y recientemente, se ha conseguido despejar el frontal del templo, y hoy puede admirarse en su conjunto. 




Después paseamos por un conjunto urbano en el que destacan algunas construcciones modernistas de principios del XX. Entre ellas la Casa Grego, ahora vacía, pero muy catalana en su estilo art nouveau. Luego llegamos a los Reales Colegios, un conjunto de edificios que modelaron el ser de Tortosa en el siglo XVI. Fueron erigidos por los Dominicos, con el objetivo de cristianizar y dar enseñanza a la abundante población morisca de la ciudad. Se trataba –según la guía– de lavarles el cerebro, metiéndoles en sus molleras el cristianismo al que no querían acceder desde su fe mahometana, en la que se encontraban más cómodos. El caso es que los dominicos construyeron tres grandes edificios. Uno de ellos la iglesia de Santo Domingo (1585), con fachada manierista y hoy ocupada por un pequeño museo de trajes y recuerdos de la ciudad. Es donde se paga (un euro, solamente) por la visita en detalle del conjunto de edificios, en el que se incluye (este es imprescindible de visitar, aunque haya que subir un escalerón para acceder a él) el Colegio de San Jaime y San Matías, cuyo patio se califica (sin duda alguna) como lo mejor del Renacimiento en Cataluña. 




Se trata de un patio cuadrangular, en cuyas claves de arcos aparecen moriscos (en la serie baja) y santos católicos (en la serie alta). La baranda o pretil del piso superior está ocupada con grandes lápidas en que se representan tallados, y con sus respectivas parejas, los reyes de Aragón, desde Ramón Berenguer IV (y Petronila) hasta Felipe III de Austria, incluyendo, entre otros, a Jaime I con Violante de Hungría, al emperador Carlos con Isabel de Portugal, y a Felipe II con una de sus cuatro esposas. 




Espectacular y emocionante este patio, por su efecto estético, y por su significado. Fue construido el colegio por el arquitecto francés Antonio Lidon, y talladas las esculturas por el castellano Francisco de Montehermoso. La jornada la acabamos comiendo de brasa en el Forn de la Canonja, un espacio que fueron antiguas cocinas de la catedral, incluido en su conjunto, y que nos depara el descanso merecido de tres horas andando y mirando. El café, finalmente, nos lo tomamos en un salón del Parador Nacional de Tortosa, reconstruido hoy sobre lo que fue castillo/palacio de la Zuda (de moros y cristianos) y que enseñorea la ciudad desde un valiente promontorio rocoso, verdadero baluarte y razón de ser del enclave sobre el río Ebro, que entre huertas y alamedas corre majestuoso cercano ya a su desembocadura en el Delta del Ebro. Visita, la de Tortosa, imprescindible para quien quiera conocer (a fondo, y con razones) la historia y el ser de España.