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| La catedral de Albi es toda ella de ladrillo al exterior |
En el corazón del Perigord, en las orillas del río Tarn, se
eleva Albi, la vieja ciudad de los obispos, el túmulo de torres, palacios y
fortalezas de ladrillo en el que mandaron, siglos hace, los magnates
eclesiásticos y civiles que dieron forma a una de las ciudades más
espectaculares de Francia. Todavía poco conocida, porque queda un poco a
trasmano de los caminos tradicionales, pero sin duda espléndida, merecedora de
un viaje como hemos hecho recientemente.
Se llega en poco menos de una hora desde Toulouse rumbo al
norte, por la autopista A-68.
Aunque ahora ocupa las dos orillas del río, durante siglos
fue una ciudad amurallada y protegida por el talud que sobre el Tarn ve la
elevación de la ciudad en su orilla izquierda. En 1040 se levantó el Pont
Vieux, en el que había edificios donde vivía gente. En esta ciudad cuajó el
catarismo, una visión cristiana heredada del mazdaísmo con ideas de Zoroastro,
realmente lo que es el maniqueísmo, la idea de que solo existe el Bien y el Mal
(hoy, con tanta confusión, y tantas herejías conviviendo, la mitad de los
cristianos tendrían que ir a la hoguera) y como en Albi había tantos seguidores
de estas teorías, finalmente a la herejía se le llamó “albigense”. Rechazaban
el Antiguo Testamento, los sacramentos, la ostia y la cruz. Eran ascéticos,
vegetarianos y practicaban la abstinencia, lo que sin duda hace disminuir
espectacularmente la población, o hacerla muy vieja. Su único sacramento era el
“consolamentum” y en definitiva, se debían aburrir solemnemente. Mezclado con
ello, las eternas tiranteces políticas, por lo que la Francia del norte luchó
contra ellos, los venció, los aniquiló, incorporando así el Sur francés
(Toulouse, el Languedoc, el Perigord) a la corona de San Luis. Todo esto
ocurrió en la primera mitad del siglo XIII, y de éllo queda solamente el
recuerdo. La Albi que hoy vemos nació sobre las cenizas de aquel espasmo.
