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| El Salón de Impresos, de la Biblioteca de El Escorial |
Vamos a recorrer el suntuoso camino del rey Felipe, sobre
las oscuras losas de granito, atravesando el patio de los Reyes, bajo la mirada
de los que lo fueran de Judea, hace más de tres mil años, y vamos a entrar al
vestíbulo de bóveda plano, y subir las escaleras que a su derecha nacen, rumbo
a la biblioteca real, el lugar en el que fray José de Sigüenza describiera el
orden de los saberes y los pensares, y que con su mano prodigiosa Pellegrino
Tibaldi pintara en las techumbres, y abajo entre los pupitres Diego Guzmán de
Silva, Benito Arias Montano y Juan Páez de Castro revisaran las montañas de
incunables y manuscritos que llegaban de toda España, y aún de Europa, para que
ellos los pusieran en orden, y le resumieran al rey sus saberes.
Los viajeros han llegado a El Escorial en la mañana luminosa
del invierno, y se han desayunado, café con churros, en el Miranda, esperando a
que abran el monasterio. Solo quieren ver la biblioteca, porque es la cifra y
el resumen del edificio. Suben escalones y atraviesan patios, se cuelan al fin
bajo las bóvedas sonoras del Salón Principal o Sala de Impresos, que es el
recinto mayor y más solemne de la compleja biblioteca escurialense, que dispone
de otras salas, algunas cerradas siempre con siete llaves, donde se conservan
los manuscritos más valiosos.
