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| Castillo de Vilafamés, en lo alto del cerro. |
El interior del país levantino guarda sorpresas a quienes se
dedican a recorrer las tierras de España, sin otro objetivo que conocer gentes,
admirar viejos edificios, sorprenderse con inesperados paisajes…
Desde la costa del mar Mediterráneo, nos adentramos hacia
las tierras de la plana castellonense, en la que pronto se alzan sierras hasta
constituir a la provincia de Castellón en la más montañosa de España, después
de Asturias y Cantabria. Una de las serrezuelas que hacen frente al mar, es la
sierra de les Contesses, en la que se aúpa, sobre abruptas escarpaduras, hecha
toda ella un dragón de mil fauces, la villa medieval de Vilafamés, a cuya
altura, la puebla que vive en torno a su castillo, llaman “el Cuartijo”, que se
derrama por empinadas cuestas y escalerones mostrando sus viejas construcciones
medievales, la mayoría de ellas rehabilitadas para acogimiento de pintores y
poetas.
El Cuartijo se rodea de un sistema de murallas que engloba
el recinto primitivo de la población, correspondiendo a la antigua villa, y
donde se ubican las edificaciones más antiguas del municipio: la Casa de la Villa,
la iglesia de la Sangre, o el palacio del Batlle. Por sus calles estrechas,
cuajadas de vegetación que no se sabe muy bien de donde procede, con troncos de
buganvillas que suben a los tejados y se derraman sobre muros y portaladas,
aparecen los estudios de los pintores que se instalaron aquí hacia los años 70
del pasado siglo, al llamado de Vicente Aguilera Cerni, crítico de arte,
entusiasta de la renovación, y visionario de una España alegre, culta y
moderna. Hoy quedan pocos de aquellos, y estos leyendo tristes, a la puerta de
sus garitos, números atrasados de Las Provincias.
