25 de marzo de 2026

Un viaje concreto: Arévalo y sus tripas

 Por Antonio Herrera Casado  |  24-03-2026

 

En directo desde Guadalajara, donde madrugamos, tres horas escasas nos permiten llegar a Arévalo. Aun con tiempo para desayunar en cualquiera de los doce bares que hay en la Plaza del Arrabal, corazón de la Ciudad castellana. Vamos un grupo de 71 viajeros, todos encuadrados en el grupo cultural Asociación de Amigos de la Biblioteca de Guadalajara. Con ganas de ver cosas nuevas.

Nos recibe el guía oficial de la ciudad, don Jorge Díaz de la Torre, y su ayudante, el Cronista Oficial de la Ciudad, el veterano historiador don Ricardo Guerra Sancho. Ambos saben todo lo que se puede saber de este lugar de las castellanía más honda. Arévalo (la 2º población en importancia de la provincia de Ávila, detrás de su capital, con 8.000 habitantes actualmente, capital de la Moraña y el Campo de Arévalo, es hoy una ciudad de servicios, de turismo y de cereales).

 




En la iglesia de Santo Domingo (hoy oficiando de parroquia única) nos explican su contenido, barroco y abigarrado. A continuación, ya ante el Arco de Alcocer, que da entrada a la ciudad vieja, nos entretenemos en recordar a la señora Isabel (la primera, la de Castilla, reina del territorio en el siglo XV) La estatua en bronce que la recuerda la hizo Francisco Aparicio, mediado el siglo XX, y allí la conocen como “La Isabelilla”, porque a reina aparece muy joven, y rodeada de símbolos (cetros, coronas, granadas, libros…) Arévalo homenajea así a Isabel de Trastamara, la gran reina de Castilla, que nació en Madrigal de las Altas Torres, murió en Medina del Campo, y vivió su juventud en Arévalo. El resto lo pasó zascandileando el reino, de ciudad en ciudad y de castillo en castillo, toda su vida.





El arco permite la entrada a la Ciudad Vieja. Es un arco inmenso, con sendas puertas y recinto interior: una verdadera fortaleza por sí mismo. Alberga hoy la Oficina de Turismo. Vamos luego desde allí a ver el hondón del río Adaja que circunda por el sur a la ciudad, y recordamos por una plaza a Jiménez Lozano, el escritor castellano y castellanista que aquí vivió mucho tiempo.

Luego nos acercamos a visitar, en exteriores, la iglesia de San Martín, que es románica, con una galería (la única en la provincia de Ávila, aparte de San Vicente de la capital) con arcos semicirculares, capiteles historiados aunque muy gastados, y un aire leve y elegante, que se traduce en monumentalidad al ver el templo desde su cara norte, la que da la Plaza de la Villa.





En esta plaza nos asombramos de sus dimensiones, y de los edificios que por los cuatro costados la escoltan. San Martín, que ahora la ha comprado el Grupo de Inversiones “Javier Lumbreras” para instalar en ella un Centro y Museo de Arte Contemporáneo, bajo el apelativo de “Collegium” va a darle nuevo impulso a la Ciudad. Esperamos verlo algún día no lejano. Mientras, admiramos las dos torres gemelas de San Martín, soberbias en su estructura y adornos mudéjares. Una de ellas, la que llaman “de los ajedreces” muestra tableros de ese juego construidos en sus muros, con ladrillos rojos y blancos.





En un costado de la plaza, inserto en viejas construcciones de tradicional arquitectura, está el Centro de Interpretación del Mudéjar, y el Museo de la Ciudad. Al fondo, sobresaliendo con su ábside sobre lo alto del plazal, Santa María, que visitamos luego al caer la tarde.

Seguimos callejeando, plazueleando, y llegamos al castillo, cuya historia de bizarría da paso hoy al Museo de los Cereales y su rehabilitación por el Ministerio de Agricultura. El castillo, que otea la junta de los ríos Arevalillo y Adaja al oriente de la población, es también su símbolo, y le damos la vuelta andando para admirar todas sus facetas. Gusta mucho.





Luego pasamos a la “Bodega del Arriero”, en la costanilla que baja al arroyo Arevalillo. Curioso espacio que creó un vecino intelectual del pueblo, don Marolo Perotas (un nombre que parece sacado de un cuento de Pérez Galdós, pero que es real como la vida misma) para fabricar vino, reunirse con los amigos, emborracharse y recitar versos. Es muy bonito, un espacio singular, que nos encantó.





Bajamos luego a comer, muy bien en el Restaurante “El Tostón de Oro”, donde se recuperaron fuerzas para seguir viendo edificios y calles de Arévalo. En la iglesia de El Salvador, donde se guardan los pasos de semana santa, nos sorprendió el reducto románico de la cabecera de su primitiva iglesia, con unos capiteles del arco mayor con enormes cabezotas monstruosas, y sobre todo el retablo de la capilla de la Epístola, patrocinado por don Bernardo de Dávila y Monroy en 1562, y que fue diseñado y realizado en algunas de sus figuras por Juan de Juni, aunque otras fueron de mano de su hijo Isaac. Del genio del Renacimiento español, de Juni padre, son sin duda la Inmaculada del centro, y una Santa Ana muy expresiva.

Luego paseamos la plaza del Arrabal nuevamente, con otra luz, que la hace nueva, y subimos de nuevo al extremo, a ver por dentro Santa María. Es una joya recuperada en la que nos emociona contemplar, tras años de sorpresas y restauraciones, el presbiterio mudéjar decorado con las pinturas que representan un enorme Pantocrator (Cristo en majestad rodeado de los cuatro animales del Tetramorfos: la mano derecha bendice al personal, y la izquierda sostiene un globo terráqueo en el que se representa las tres cuartas partes de mares y una cuarta parte de tierra con iglesia). Es obra románica, del siglo XII. Se sustenta la pintura sobre una cenefa de ladrillos en esquinillas decorados con pinturas que simulan cabezas humanas. A los pies, soto el coro, una gran armadura mudéjar que nos impresiona, nos deja sin aliento, y que lo sabios atribuyen a los carpinteros castellanos Juan Cordero y Diego de Herrero, en 1544.





Volvemos –un día de caminatas, pero en llano, porque Arévalo es ciudad de buenos y tranquilos pasos– hasta la plaza del Arrabal. Allí nos juntamos todos, compramos lotería, dulces, algún recuerdo, y nos subimos al autobús de Ramos. Y en dos horas y cinco minutos, nos pone en Guadalajara de vuelta. Más sencillo, imposible. Y más denso de emociones, tampoco. Un viaje que recordaremos siempre.

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