Antonio Herrera Casado | 22 de Febrero de 2026
Aprovechamos que amanece un día sereno, no frío, en la tierra de Guadalajara, y nos aventuramos a visitar las pozas del Aljibe, en el Parque Natural de la Sierra Norte. Para ello salimos de Guadalajara a las 9:30 de l a mañana y vamos por la Campiña, subimos a Tamajón y llegamos a Roblelacasa en poco más de una hora. Allí dejamos el coche en el aparcamiento que hay habilitado al norte del pueblo. Y sin mucho abrigo, pero sí con buen calzado, dos bastones y buen ánimo, nos lanzamos a la aventura.
Una aventura muy aplaudida
Un día después de la aventura, que aquí relato, veo con sorpresa que la nota escrita (apenas diez líneas semipoéticas y una fotografía de las pozas de frente) el número de visitantes de mi perfil en Facebook se ha puesto en más de 100.000, los likes han alcanzado los 600 y casi un centenar de personas lo han comentado favorablemente. La verdad es que fue una aventura de las buenas, realizada con alegría y buen ánimo, y culminada con el éxito de volver vivos y sin rozaduras.
Las pozas son un lugar de extraordinaria belleza qu ese forman por la caída, en alboroto, del agua abundantísima del Arroyo del Soto, que proviene de la ladera occidental del pico Ocejón, y desde El Espinar corre hacia desembocar en el río Jarama. Casi en la desembocadura, y por caer desde altura considerable, el arroyo forma dos cascadas sucesivas, cayendo el agua en sendas pozas “en forma de aljibe”, la cascada superior con 3,5 metros de altura, y la inferior con 7,5 metros de altura. El agua, oscura y limpia, la espuma, la resonancia entre los muros de roca, que se cubren de líquenes, y se escoltan de bosquecillos calvos de rebollos, supone una explosión de naturaleza, con bellas perspectivas se mire desde donde se mire.
La excursión es larga, y solo apta para gente entrenada. Nosotros, que llevamos una docena de años jubilados, nos arriegamos demasiado. Porque la ida es cómoda y alegre, casi siempre cuesta abajo, con espacios planos, en algunos momentos con la dificultad de sobrepasar espacios en los que corre el agua que mana de rocas y laderas (el mes anterior ha llovido, y nevado en las alturas, casi todos los días).
Desde Roblelacasa hay un camino ancho que se extiende unos 3 kilómetros, empinado a veces, siempre bajando, hasta llegar al lugar donde sigue hacia Matallana atravesando el Jarama por el puente de los Trillos. Pero ese viaje, que es más largo, se deja para los muy atrevidos. Nosotros seguimos la estrecha senda que, en alto, va acompañando al río por su orilla izquierda, y al fin se llega, cruzando por cómodo puentecillo moderno el arroyo del Soto, al espacio empinado y abrupto desde donde vemos las cascadas de frente, incluso usando un pequeño mirador que se ha construido en el que caben cuatro personas.
Entre las rocas nos da tiempo a comer con brevedad lo que en esas circunstancias puede y debe hacerse: un par de plátanos, alguna mandarina, frutos secos variados, varias galletas, y mucha agua, del termo que la mantiene fresca desde casa. Las fotos necesarias para inmortalizar el momento y llevarnos en la tarjeta de la Nikon a la más alta resolución aquellas imágenes inigualables. Luego, la vuelta, que en total son otros cuatro kilómetros desde el enclave de las pozas hasta Roblelacasa. Un regreso que para nosotros, con muchos años encima, se nos hizo duro, “muy cuesta arriba” (valga la ironía y la redundancia), y hubo que hacerlo muy despacio. Si la ida duró hora y media, la vuelta fueron casi tres horas. La gente que nos adelantaba, y nos animaba, lo hicieron en menos tiempo, pero a los mayores nos resultó duro. Veinticuatro horas después, y con alguna agujeta en la raíz de los muslos, ya lo recordamos como una anécdota más en nuestra vida de caminantes y escaladores.
Todo fue feliz en este viaje. Incluso la cantidad de visitantes a los que saludamos: muchos iban con niños, otros con perros, todos en traje deportivo, frescos de vestimenta a pesar de ser febrero y en la Sierra. El sol acompañaba. Y en ningún caso vimos suciedad ni destrozos. Todos cuantos se acercan hasta allí van con el mismo objetivo, que les deja sanamente tranquilos y en actitud benéfica: el de contemplar uno de los espectáculos más hermosos de nuestra provincia, las Pozas del Aljibe en Roblelacasa. Un viaje que merece la pena, aunque a algunos, como el que suscribe, le llevó cinco horas de su vida, y parte de ellas con la lengua fuera.



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