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| El edificio del Kiasma Museum de Helsinki |
Antonio Herrera Casado - 21/05/2011
A finales de mayo, la primavera asoma tímidamente en Helsinki, y los árboles de las aceras y los parques se tiñen de un suave verde por las yemas que se abren. La verdad es que, a pesar del sol, y quizás por el aire tan fresco que viene del mar, hace un frío que pela, la bufanda no me estorba, y sin embargo las chicas finlandesas van ya con pantalón corto. Se ve que están deseando que de una vez por todas se vaya el larguísimo invierno. Así le asustan.
A finales de mayo, la primavera asoma tímidamente en Helsinki, y los árboles de las aceras y los parques se tiñen de un suave verde por las yemas que se abren. La verdad es que, a pesar del sol, y quizás por el aire tan fresco que viene del mar, hace un frío que pela, la bufanda no me estorba, y sin embargo las chicas finlandesas van ya con pantalón corto. Se ve que están deseando que de una vez por todas se vaya el larguísimo invierno. Así le asustan.
A pesar de ser la capital de una nación (que todavía no ha cumplido su primer centenario) Helsinki no deja de ser como un capital de provincia. Tiene ese aire de intimidad y compañerismo en las calles, en los autobuses y en los cafés que parece sacada de una Salamanca o un Castellón sin mayor problema.
