7 de agosto de 2017

Castillos de Castilla-La Mancha, los diez imprescindibles

Antonio Herrera Casado / 7 Agosto 2017

Una tierra grande, ancha, antigua. Una tierra que hoy vemos luminosa, con viñedos, ciudades monumentales, industrias, juventud que se entrena. Pero Castilla la Mancha es también una tierra de hondas tradiciones, y, sobre todo, un lugar en el mundo donde surgen altos y severos los vestigios de una historia cierta, irrenunciable, cargada de símbolos, certezas y misterios. En ella se alzan (es Castilla… recuerda) los castillos, a docenas. En cualquier recodo del camino surge a lo lejos, en el horizonte, la alzada presencia. Y en llegando se levanta sonoro, poderoso, el oscuro perfil de sus almenas. Los castillos de Castilla la Mancha tienen mucho que decirte, todavía.

1. Atienza. En la parte mas al norte de la tierra castellano-manchega, se alza la villa amurallada y roquera de Atienza, poblada hace miles de años por los celtíberos, bastión luego de los musulmanes, y desde hace siglos ocupada de labriegos que admiraron siempre a sus señores, los reyes castellanos, los condes guerreros, dueños de las distancias.
Atienza tiene un castillo roquero sorprendente, al que es muy fácil subir, a pie, desde la plaza mayor. En lo alto de la roca, la torre del homenaje, y al final de sus escaleras, las terraza. Sube allí, observa en torno, escucha y aguanta el viento, poderoso.



2. Almonacid de Toledo. Sobre la llanura parda toledana se alza en lo más alto de un poderoso cerro esta fortaleza que fue durante siglos propiedad de los arzobispos toledanos. Su estructura es muy curiosa, y muy demostrativa de cómo fueron las construcciones militares medievales: cerca exterior, castillo interior y torre fuerte o del homenaje en su centro.



3. Belmonte. En la tierra de Cuenca, sobre las anchas llanuras de la Mancha, esta riente pirueta de la arquitectura y la historia. Propiedad de los Pacheco durante siglos, el buen hacer de un arquitecto borgoñón, Juan Guas, levantó esta complicada mezcolanza de torres y patios, de salones y ventanas. Todo tiene el marchamo de lo gótico en Belmonte, y allá se celebran, ahora, luchas y torneos con armas antiguas, entre bravos muchachos que entrenan con sus espadas, lanzas y dagas.
A Belmonte es fácil llegar, subir en coche hasta la puerta misma del castillo, y vagar por su patio, sus salones que evocan a Eugenia de Montijo, sus almenadas torretas donde los guerreros marqueses de Villena nos llaman.



4. Almansa, el castillo de los Pacheco, que primero árabe y luego cristiano marcó durante siglos la señal de frontera entre Valencia y Castilla. Aunque de origen templario, y real luego, fue poseído por el infante rebelde don Juan Manuel, pasando finalmente a poder de la Corona en tiempos de Enrique III.
Sirvió de referencia en multitud de guerras y batallas, y cumplió fielmente su misión de ser bastión guerrero, perfil de victorias. Hoy luce magnífico sobre la llanada albacetense, y su torre del homenaje, con la cola de muros almenados detrás, es singular y resulta espectáculo.



5. Sigüenza, también en las tierras altas y fronterizas de la región, es hoy un destino turístico y admirativo. Durante siglos, tras ser fortaleza celtíbera y musulmana, pasó a ser la sede del obispado, y de allí a lugar fuerte y regulador de mestas, impuestos y artistas.
El castillo de Sigüenza se construyó, con el aspecto que hoy vemos, en el siglo XIV, y a mediados del XX estaba en los suelos, en la ruina absoluta. El Estado lo levantó de nuevo, y le dio el destino en el que hoy le encontramos, como Parador de Turismo, meca de la admiración de los viajeros y lugar de encuentros para muchos.



6. Calatrava la Nueva. Como surgido de una novela de caballerías, la altura exagerada del cerro de los Alacranes ve cómo en su altura se despliega, generoso y abierto, el castillo que llegó a ser la cabeza de la Orden Militar de Calatrava.
Sobre el valle que desde la Mancha baja hacia las sierras béticas andaluzas, la Orden puso en este lugar, inexpugnable, su alcazaba mayor, dándole la estructura perfecta de un castillo medieval de libro: varios cintos, caballerizas, el patio de los caballeros, el templo cristianos, románico puro, la sala del Maestre, y, en lo más alto, la biblioteca, donde se guardan los libros de la sabiduría, los manuscritos del poder.



7. Guadamur. Que ahora se muestra a los viajeros en visitas guiadas, pero que durante muchos años fue severo lugar de secretos bien guardados. Su perfil enorme y variopinto nos desvela las formas del clásico alcázar castellano. En este caso propiedad de una familia, los López de Ayala, que lo mantuvieron bien cuidado muchos siglos, cabeza y eje de un amplio alfoz feudal. Luego lo tuvo en su poder el marqués de Campoó, y al final ha venido a ser de general conocimiento y fácil visita.



8. Chinchilla de Montearagón es otro de esos lugares que se ven desde muy lejos, porque su perfil castillero destaca sobre las planas mesetas de los Llanos albacetenses. Aunque acabó siendo uno de los penales más temidos de España, antes escribió largos capítulos de la historia castellana, con capítulos firmados por los Pacheco, marqueses de Villena, que no dudaron, generación tras generación, en ir aumentando la fortaleza hasta dejarla como hoy la vemos, espléndida en su lejana presencia y con mil detalles de arquitectura militar medieval en sus detalles, también visitables.



9. Molina de Aragón, en el límite más septentrional de la región, tiene el castillo más extenso de España, una colosal fortaleza que además se completa con una torre albarran la “Torre de Aragón”, que por sí mismo ejercía de castillo completo.
Este complejo castillero, que domina desde un suave cerro la ciudad entera que junto al río Gallo se extiende a sus pies, tuvo su origen en una fortificación celtíbera, luego rehecha por los musulmanes, y al fin transformada en eje del territorio feudal de los Lara, condes de Molina, señores que mantuvieron la propiedad y el control de este Señorío molinés durante más de dos siglos, como un estado independiente entre Aragón y Castilla. De visita obligada.



10. Toledo. El Alcázar. Sí, este también es un castillo de Castilla La Mancha. Quizás el más antiguo, el más importante históricamente. Porque ahí donde está, en lo más alto de la ciudad, sobre el foso del Tajo, fue lugar de residencia de los reyes visigodos de Hispania, y también alcázar real de muchos reyes castellanos, incluido el emperador don Carlos, su último y más solemne inquilino. En el edificio pusieron manos los mejores arquitectos y artistas, incluso el gran patio central lo diseñó y labró Alonso de Covarrubias.
Sede luego de la Academia de Infantería, finalmente ha quedado destinado a sede cultural, la más prestigiosa biblioteca de la Región, y el Museo del Ejército Español. Un lugar, por tanto, de obligada visita.


1 de julio de 2017

El cimborrio de la catedral de Tarazona

Antonio Herrera Casado  /  22 Noviembre 2015

Con mis amigos y amigas de Arquivolta nos hemos paseado hoy en torno al Moncayo. Un día otoñal y frío, pero cargado de descubrimientos. Porque la ciudad de Tarazona (provincia de Zaragoza) a 480 metros sobre el nivel, pero alzada en la falda occidental del gran Moncayo, es uno de esos viejos burgos que el viajero impenitente por los caminos de España no debe dejar de lado. Debe tratar, eso sí, de llegarse a él, un día u otro, y descubrirlo calle a calle, plaza  plaza. No lo olvidará jamás.
Por no decir todo lo que vimos y descubrimos, me voy a centrar en la catedral, que ha sido recientemente restaurada, acabada de remodelar y limpiar, después de largos años de trabajos. Un edificio medieval con aditamentos posteriores, de los que me ha sorprendido especialmente, y es lo que quiero dejar como testimonio casi exclusivo de este post, su cimborrio, en el que la simbología renacentista se expande como un libro abierto y sugerente, dispuesto a ser leido con claridad por los iniciados, y a quienes lo vemos ahora, siglos después de su construcción, nos alienta a saber más de sus raíces, de sus gestores, de sus símbolos preñados de historias que llegan en aluvión hacia los ojos.
De esta catedral de Tarazona, puede decirse que fue el maestro Alonso González quien la renovó  en estética renacentista a mediados del siglo XVI. En octubre de 1546 firmó contrato con los señores del Cabildo para renovar el abovedamiento del crucero y presbiterio. Y así ahora podemos admirar ese polígono estrellado con terceletes, combados y florones sobre un tambor compuesto por un friso de dragones y centauros, ocho hornacinas aveneradas con apóstoles flanqueadas por columnas abalaustradas, una inscripción alusiva a la generosidad del arcediano Muñoz, y una pintura mural de grisalla que permanecía oculta bajo el revestimiento del siglo XIX y que se ha descubierto en la restauración.



La pintura de grisalla es un programa iconográfico único en los ámbitos eclesiásticos de toda Europa y que podían entender los letrados más cultos de la época. La representación desnuda de personajes clásicos y bíblicos, como Adán y Eva, Safira y José, Dido y Eneas, Apolo y Venus, Judith y Holofernes, Periandro y Baco, Rafael y Tobías, y David y Hércules vienen a componer un programa fundado en la filosofía neoplatónica que muestra la lucha de la razón y la fortaleza para vencer a la tentación de los vicios, placeres deshonestos y bienes terrenos y alcanzar así la unión con Dios.
Se utilizaron modelos de estampas italianas para componer figuras y escenas, y se baraja la hipótesis de que este repertorio tan italianizante y de extraordinaria calidad artística fuera diseñado en realidad por Pietro Morone entre 1552 y 1558, cuando se encontraba trabajando en la remodelación del Palacio Episcopal de Tarazona. Un Pietro Morone que también anduvo por Guadalajara, todo hay que decirlo, poniendo su mano en las pinturas de la capilla de Luis de Lucena. Y aunque el italiano diera las pautas iconográficas y trazara los esbozos, sería unos años más tarde Alonso González quien concluyera las pinturas. 




La renovación comenzada en el cimborrio, vino a continuarse luego por el resto del templo. Alonso González enriqueció las bóvedas, que eran de crucería simple, modelando sobre ellas otras más complejas; cambió los esbeltos ventanales de arcos apuntados por unos rectangulares enmarcados en una mazonería de yeso con relieves; y finalmente pintó la iglesia. Esta pintura, en tonos grises con falsas juntas blancas, que se ha recuperado en la restauración, incorporó en la cabecera resplandecientes dorados. En la bóveda de la capilla mayor se imitaron las teselas de un mosaico áureo entre las imágenes de los patriarcas, profetas y sibilas anunciadores de la venida de Cristo, presentes en los plementos, sobre el lugar de la celebración diaria de la eucaristía. Y aún podemos añadir el dato de esas fantásticas y poco vistas vidrieras de alabastro policromado de la cabecera, que ha sido otro de los grandes descubrimientos durante la restauración.



Los viajeros siguen admirando palacios, iglesias, viejas casonas, plazas y, sobre todo, el Ayuntamiento, con ese friso del desfile imperial, y muchos escudos y figuras que también dan idea del entusiasmo renacentista y humanista de los prohombres de Tarazona en el comedio del siglo XVI.

El viaje acabó con una visita al monasterio cisterciense de Veruela, también cuidado ahora, restaurado,  museificado, interesantísimo en todo caso. Una excursión genial, entretenida y, como siempre, cuajada de amistad y buenos propósitos.

25 de junio de 2017

Vidrios de colores en Cambridge

Antonio Herrera Casado  /  2 junio 2017

Llueve a ratos, chispea, diluvia, es junio pero hace fresco, sopla aire, y el cielo engrisado nos recibe en un Cambridge lejano e inmaterial. Nada más llegar, vemos el Cam, cuajado de barcazas que los gondoleros británicos empujan lentas y ceremoniosas. En la ciudad universitaria todo es quietud, sosiego, solemnidad, certeza. La gente va deprisa, a pie o en bici, y todos saben donde van, y quien no lo sabe, se informa de donde puede ir, a través de los innumerables carteles que por verjas y portales de colegios se exponen. No hay un milímetro para el aburrimiento en Camdridge. Si alguien quiere saber lo que es una vida cultural activa, que vaya a la ciudad del Cam y se percate.

Hemos llegado, con los amigos y amigas de Auladade, a esta ciudad universitaria, clásica y brillante, con un objetivo concreto, y principal: visitar el King’s College, su gran patio, su capilla especialmente, sus fachadas, su solemnidad. Hay que esperar un rato a que venga el guía, pero la espera se empapa de expectación ante las piedras antiguas, talladas y venerables, de tanta maravilla.
El King’s College fue fundado por deseo del rey inglés Enrique VI, en 1441, un Lnacaster que perdería el trono en aquellos futuros, en el transcurso de la “Guerra de las Rosas”, cuando el país de Albión cambia de dinastía, y pasa a ser gobernado por los Tudor. El colegio, que se alzaba para la educación de una docena de jóvenes de la más alta clase social, empezó a construirse en 1446. Durante un siglo continuaron las obras, apadrinadas siempre, y visitadas directamente por el monarca en el poder.

La capilla del King's College de Cambridge, desde mediodía

Todo en este conjunto arquitectónico es fantástico, hermoso y sobrecogedor. Pero la capilla creo que puede ser calificada, sin duda alguna, como uno de los edificios más hermosos y espectaculares del mundo, uno de esos conjuntos de piedra y cristal que otorgan a la raza humana el calificativo de superior, de imprescindible. A través de estos ámbitos se reconcilia uno con el honor y la dignidad de los hombres.

De arquitectura gótica tardía, dentro del llamado estilo gótico inglés perpendicular, la nave única tiene 88 metros de largo, 12 de ancho y 24 de alto. Es un espacio único, orientado, con un gran coro de madera al centro, y un cuadro de Rubens al fondo, en función de altar. Se destina todavía al culto cristiano, en el rito anglicano, con la sobriedad que caracteriza esta actitud. El arquitecto principal que trazó los planos y dirigió las obras fue Reginald Ely, “Master Mason” real, entre 1443 y 1461. La bóveda, espectacular, es de abanico, y la trazó y dirigió John Wastell, entre 1512 y 1515.

Interior abovedado de la capilla del King's College de Cambridge


A continuación, fueron decorados con vitrales los ventanales que dan luz al templo. Se trata de una superficie de doce grandes ventanales en cada costado de la nave única, con uno inmenso en la cabecera, orientado a levante, y otro aún mayor en el muro de poniente, en los pies de la iglesia. Entre 1515 y 1531, un buen número de artistas flamencos crearon el complejo iconográfico que nos muestra multitud de escenas del Antiguo y Nuevo Testamento, en las que se añaden personajes contemporáneos a su construcción. Los nombres de Barnard Flower, Gaylon Hone , añadidos de Francis Williamson y Symon Symondes, se complementan con el trabajo de la Clayton & Bell Company, que se encargó de hacer la vidriera de poniente en 1879. Durante la Guerra Mundial, estos vitrales fueron desmontados y guardados para evitar su desruccion por los bombardeos alemanes. 

Detalle de una vidriera de la capilla del King's College


Luego se reinstalaron y continuamente se limpian. Pero su belleza original resplandece siempre.

A la capilla del King’s College de Cambridge conviene asistir, si se puede, el día de Navidad, que es el momento en que el Coro de voces del Colegio interpretan los villancicos más espléndidos que pueden sonar sobre el verde del patio adjunto. Hay quien hace cola durante una noche entera (la entrada es libre, pero con aforo limitado) para escuchar aquello, en aquel lugar. Supongo (no lo veré ni viviré nunca) que es de esas cosas que impresionan y marcan una hora en la vida. Una hora que no se olvida. Una hora en la que se evoca a los monarcas de Lancaster y Tudor, a sus escudos solemnes y sus dragones guardianes, a sus vidrieras luminosas y polícromas, a las tallas renacentistas de su coro y a tantos y tantos sabios (casi un centenar de Premios Nobel han salido de las aulas de ese Colegio…) que allí han formado con rectitud y firmeza sus almas nobles y sus espíritus inquietos. Un lugar para no perdérselo…

10 de diciembre de 2016

Málaga, la ciudad de los museos



Antonio Herrera Casado  -  10 Diciembre 2016


Un viaje a Málaga se puede justificar por muchos motivos. El primero de ellos, quizás, sea lo fácil que se ha puesto llegar ahora, a través del AVE desde Madrid, pues no llega a las 3 horas el traslado. El viaje es cómodo y apenas si te enteras cuando llegas al mar, tras atravesar La Mancha y la Ajarquía rocosa.
Otro de los motivos es, siempre, el clima. En pleno diciembre, puedes ir en camisa por la calle, o a lo más con un jersey cuando cae la tarde. En esta Navidad, además, la iluminación que el Ayuntamiento de la ciudad le ha puesto a la Calle Marqués de Larios (la Gran Vía malagueña), añade un acicate más para darse un paseo por ella.
¿Y qué decir del ambiente y los pescaítos de la zona del Pasaje de Chinitas? ¿O los suculentos ágapes del Chiringuito Tropicana en la Malagueta?
De todos modos, el objetivo era otro. Era realizar una aproximación a la nueva esencia cultural de Málaga, una propuesta muy ambiciosa de diversos y sucesivos equipos de gobierno municipales, y que ya va cuajando. Hacer a Málaga “La ciudad de los museos”. Para ello se han articulado conversaciones, ofertas y facilidades. De ahí que en estos momentos sean ya 32 (sí, treinta y dos) los museos que abrten a diario sus puertas. Y se sigue proyectando nuevos espacios, nuevas ofertas.

Los cuatro grandes de Málaga

En apenas tres días hemos podido visitar los cuatro grandes, más alguno de segunda fila, que en todo caso son espectaculares.
El primero es, sin duda, el Museo Picasso de Málaga. Que no es subsede del de Barcelona, sino un Museo propio hecho con la obra que los descendientes donaron a la ciudad, cuando esta rehabilitó la casa de Pablo Ruiz en la plaza de la Merced, y se puso su estatua en bronce, allí sentado. Ocupa el viejo palacio de Buenavista, construcción del siglo XVI, y muestra casi 300 piezas del arte picassiano, especialmente de su última época. Ahora no, pero hay épocas en que hay colas para entrar.

El segundo es el Museo “Carmen Thyssen” que la baronesa, mecenas y coleccionista, ha puesto en marcha en otro viejo palacio de la calle Compañía, el de Villalón. En sus tres plantas, el visitante se asombra de ver tanta obra estupenda, de autores andaluces, o de temas relacionados con Andalucía. Es todo primera fila, y hasta aparece un óleo de Jenaro Pérez-Villamil clasificado como “Corrida de toros en un pueblo” y que sin embargo es perfectamente identificable como la plaza de Bejanque de Guadalajara, con el convento de San Francisco al fondo.

El tercero es la subsede del “Centre Pompidou” de Paris, que se ha construido exnovo el inicio del Muelle 1 del puerto, camino de “la Farola” malagueña. Obra espectacular de arquitectura (con un cubo vacío pero forrado de paneles acristalados de colores que iluminan el subsuelo, donde se ubica el museo) con un contenido selecto del arte contmeporáneo, viendo allí picassos, tapíes, giacomettis, bacons, etc, etc….. me gustó muchísimo porque es el primer museo de arte contemporáneo (tan difícil en cualquier caso, y para cualquier persona, de entender) que junto a los datos de la obra redacta una explicación de la misma. Una exposición temporal de arquitectura moderna en París remata esta suculenta visita.

Y el cuarto es, (algo impensable y excepcional) el Museo de Arte Ruso, subsede del Museo Estatal de San Petersburgo, instalado en un conjunto de edificios que constituían, desde el siglo XIX, la Fábrica de Tabacos de Málaga, y que había quedado sin utilidad. Rehabilitado con delicadeza, sirve para albergar algunos fondos de los miles y miles que el Estatal de Rusia tiene sin saber dónde poner. Qué lujo de cuadros, de esculturas, que infinitud de emociones, “Las cuatro Eataciones”, el arte de la Revolución, Marc Chagall, Cervantes y El Quijote en el Arte Ruso… se pasan las horas in pensar, y sin cansarse, en su interior.
Todos los museos malagueños tienen (esta es la guinda de los buenos museos) una tienda estupenda llena de ofertas, de libros, de recuerdos de todo tipo. La amabilidad de las personas, -chicos y chicas- que atienden mostradores, que ayudan en todo, que sugieren y explican, es espectacular. Genial es la palabra.

Y un coda de pintura


Después hubo un hueco para llegarnos, detrás de la Catedral, en la calle de Afligidos, a la casa natal de Pedro de Mena, donde hace diez años se instaló un Museo que no se puede dejar de ver: el "Museo Revello de Toro", con lo más significativo de la obra de este retratista malagueño, que con tanta facilidad manejó los pinceles y dejó plasmados los rostros de mil españoles y españolas. Una gozada.
No teníamos tiempo para más. Nos faltó ver el Museo del Vino, el del Arte Taurino, o el Automovilístico. Los de las cofradías, los del Mar….. y, por supuesto, el gran “Museo de Málaga” que se inaugura en el gran edificio de la Aduana el lunes 12 de diciembre sobre una superficie de más de 18.000 metros cuadrados. Así nos seguramos, y comprometemos, a visitar de nuevo la capital de la “Costa del Sol” para seguir admirando sus museos. Por lo pronto, ha quedado claro que su denominación de “Ciudad de los Museos” la tiene Málaga bien ganada.