24 de junio de 2018

Castillos en la Bretaña

Antonio Herrera Casado |  3 junio 2018

El castillo de Suscinio se alza sobre una colina frente al golfo de Morbihan, en la Bretaña francesa.
Toda Francia es una caja de sorpresas, porque su historia, larga y densa, y el espíritu emprendedor de sus habitantes la han hecho sede de la “grandeur” que se palpa en cada rincón, en cada llanura.
Aunque ellos dicen (los bretones) que “Bretaña es la última colonia de Francia”, no es verdad. Bretaña, en el occidente del continente europeo, forma parte política de Francia desde el siglo XVI. La unión, por matrimonio, de las dinastías francesa y bretona hicieron que esa unión permaneciera firme, en bien de todos.
Los diversos departamentos que hoy constituyen Bretaña son similares en paisaje, que siempre es de suaves ondulaciones, costas luminosas y densos bosques. Y las ciudades (pequeñas siempre, excepto su vieja capital, Nantes, o la actual, Rennes), así como los pueblos, tienen un encanto, una limpieza y una expresión de tradición y actualidad que te cautivan. En Bretaña se confirma ese dicho de que “toda Francia es campo” porque a excepción de Paris, Lyon, Burdeos, Marsella y Lille, el resto son espacios campestres ocupados por pueblos o algunas ciudades referenciales.
Nuestro viaje de primavera en 2018 ha sido a la Bretaña, y de las muchas cosas que hemos podido disfrutar, quiero centrarme en dos lugares con impacto. Dos castillos elevados en el corazón de la Bretaña, que por distintas circunstancias se quedan, tras visitarlos, en el corazón del viajero.

Viajeros y viajeras a las puertas del castillo de Suscinio.

El primero es Suscinio, una espectacular fortaleza en el extremo de la península de Rhuys, al fondo del golfo de Morbihan. Propiedad de los duques de Bretaña desde la remota Edad Media, fue sede militar y al tiempo espacio residencial y lugar de caza. Sobre una leve colina con vistas al mar se alza el castillo, rodeado de un foso y escoltados sus muros por altas torres puntiagudas. Tras muchos años de ruina, el estado francés lo ha reconstruido y en su interior expone un pequeño Museo de Historia bretona.
Uno de los protagonistas del castillo fue, en el siglo VIV, el Condestable de Francia Olivier de Chillon, que aparece retratado en piedra blanca y en relieve sobre una de las paredes de la fortaleza. En ella el viajero se entera de su evolución histórica, y pasea por escaleras empinadas, grandes salones y terrazas ventosas. Especialmente interesante es el espacio dedicado a recordar los recuperados suelos de las estancias nobles, con teselas medievales muy curiosas.

La fortaleza bretona de Josselin sobre el río Oust.

El segundo de nuestros destinos castilleros, ya por el interior de la península bretona, es Josselin, empinado sobre la orilla derecha del río Oust. En este caso, su origen y destino ha estado ligado a familias de la aristocracia bretona. Porque en el siglo XIV, aprovechando una pequeña fortaleza medieval, el Condestable Olivier de Chillon levantó este gran edificio, que ya en el XVI, y en el poder de los Rohan,

La presencia del Condestable Olivier de Chillon es permanente en Bretaña.


fue completado con su fachada septentrional. Muestra así una doble faz: el lado sur, sobre el río con valientes y empinadas torres circulares y picudas, y el lado norte, con una larga fachada de piedra tallada en exquisito estilo renacimiento bretón. El interior, perfectamente conservado, denota el “aire de familia” que todavía lo posee y ofrece a los viajeros. Atravesamos salones, comedores, bibliotecas y vestidores, todo perfectamente decorado, reuniendo retratos de muchas generaciones. Un lugar –rodeado de esplendidos jardines versallescos- exquisito e inolvidable.

26 de mayo de 2018

Viajes imposibles

Antonio Herrera Casado  /  25 Mayo 2018
Desde hace años (50 más o menos) llevo invitando a mis lectores, desde estas páginas, a conocer los lugares más emblemáticos de nuestra provincia de Guadalajara. A describir palacios y templos, a señalar el interés de cuevas y atalayas, a recrearse en fiestas y acontecimientos. Recuerdo ahora seis viajes que he hecho recientemente, y con qué resultados.

El Guildhall de Londres

En la City de Londres no hay distancias. Y a pesar de que mediado el siglo XVII ardió casi al completo, algunas cosas de la vieja ciudad sajona se conservan aún, y otras han sido pulcramente reconstruidas.
Me hablaron, y he visto en las guías londinenses, que existe en pie y en utilización para actos solemnes un local de ensueño, algo diferente a todo: el Guildhall del viejo Londres. Me empeño en ir, aunque me dicen que no se deja visitar a los turistas. Es mentira, no hay nada como insistir. 
Como tengo el hotel en Bloomsbury, tomo el metro en la estación de Russell Square, y con solo un transbordo me planto en Saint Paul, desde donde camino diez minutos por el Cheapside y en la cuarta bocacalle, subo por Gresham y en 100 metros me planto en la plaza del Guildhall.
Después de visitar el Museo Municipal de Arte (allí los cuadros victorianos, los prerrafaelistas, intervenciones modernas contra la guerra y la espectacular recuperación del anfiteatro romano de Londres, en visión subterránea y como emergiendo de la oscuridad de los tiempos).
Ya en la calle, pregunto a unos amables vigilantes a la puerta de las oficinas del Ayuntamiento, que después de identificarme me plantan un cartelito de los que cuelgan de una cinta, al pecho, y me dicen por donde ir a la sala grande, al Guildhall deslumbrante y maravilloso. Es ese lugar, esa sala imponente forrada de madera y cargada de escudos, banderas y mausoleos, el lugar en que desde 1411 se reune el consistorio londinense para las grandes ocasiones. Desde 1502, el lugar de “la pompa y circunstancia” del espíritu ciudadano. Una impresión que guardaré toda la vida, y una recomendación: si vas a Londres, no dejes de visitar el Guildhall. Por suntuoso y fantástico que parezca, te dejan verlo.


El palacio del Infantado de Guadalajara

En todas las guías, libros y recomendaciones aparece: el palacio que a finales del siglo XV construyeron los Mendoza, cabeza del ducado del Infantado, para vivir, gobernar y dar envidia a los reyes. Ha sufrido glorias, abandonos, bombardeos… pero ahí sigue.
Estudiado a fondo, propuesto como Patrimonio de la Humanidad, en fachada luce lo más grandilocuente del estilo gótico isabelino con puntas de arabismos, y en el interior, un patio central (el de los leones, que llaman) donde el ingenio de Juan Guas y de los hermanos Egas se colma con tallas de leones y grifos, de escudos y timbres. Una gloria del arte. Y aún hay más: unas salas inferiores cubiertos sus techos por pinturas manieristas del italiano Cincinato, declarando la filosofía del humanismo y la gloria del apellido.
Todo esto me ha sido imposible verlo (volver a verlo) desde hace tres semanas. Porque se ha cerrado al público, y a las visitas, al parecer porque se encuentran en peligroso estado las vigas que se añadieron tras su restauración, hace 60 años, de los efectos de la guerra. El emblemático edificio de Guadalajara, y reclamo turístico principal de la ciudad, no puede visitarse. Y lo peor es que no hay fecha de reinicio. Todo es quizás, no se sabe, ya veremos…


El Beguinage de Amsterdam

Este invierno he ido por primera vez a Amsterdam, la ciudad nórdica que no se parece a ninguna otra y mantiene, en su almendra central surcada de canales, el espíritu de un viejo burgo mercantil e intelectual del corazón de Europa.
Entre las mil cosas que han de verse allí, no quise pederme un rato en el corazón del Begijnhof, el monasterio femenino de las beguinas, o mujeres solas dedicadas a la caridad. Es difícil de encontrar, pero te sientes feliz al estar en su gran patio central. 
Si conoces Amsterdam, sabes donde está el Centro, la plaza Dam, con su catedral y su palacio real. De allí bajas por el Rokin, y al llegar al canal tuerces a la derecha por Spui, y en su plaza, que está presidida por la vieja universidad, encuentras enseguida un portalito por donde se entra: primero ves la iglesia reformada inglesa, y después el prado del Beguinaje, con la pequeña BegijnhofKapel, donde un par de mujeres venden recuerdos. Paz y silencio, y un viejo lugar tradicional más que te llevas en la memoria (y en las fotos digitales).



El monasterio de Monsalud en Córcoles

En plena Alcarria del Infantado, en un estrecho valle que desde los altos planos cerealistas baja al Guadiela, asienta desde el siglo XII una conjunto de edificios que fue desde sus inicios levantado para albergar una congregación de monjes del Císter, colaboradores con la monarquía de la Reconquista y la Repoblación.
Es el monasterio de Monsalud, centro de peregrinaciones en la Edad Media, y lugar de recepción de las nuevas artes, la cultura y el estudio. De ese monasterio, que ofrece una gran iglesia de estilo gótico, una sala capitular íntima y espectacular, y un claustro renacentista opulento, a más de muchas otras estructuras, se han hecho estudios, se han escrito libros y se ha alcanzado a realizar una más que aceptable restauración, tras estar dos siglos derrumbado. 
Es quizás la más meridional de las antiguas abadías benedictinas de España, y últimamente se podía visitar tras la restauración y acondicionamiento hechos. Desde la pasada semana, esto es imposible. Nadie se encarga ya de abrirlo y enseñarlo. Quien haya planificado una ruta de admiraciones por esta Alcarria de Guadalajara (sí, la de Cela, porque en su “Viaje a la Alcarria” el Nobel gallego pasó ante las ruinas de Monsalud) ya no podrá visitarlo. La Consejería de Cultura del gobierno regional ha decidido cerrarlo, no sabemos con qué perspectivas. Otro espacio de nuestra secular cultura que no puede ser admirado.



Las Cuevas de Valporquero

En el norte de la provincia de León, casi frontera con Asturias, en lugar abrupto, muy verde, húmedo siempre, y a través de carreteras estrechas, empinadas y con mil curvas, puedo uno llegarse hasta Vegacervera, desde donde sale el camino, asfaltado, que lleva a la Cueva de Valporquero.
He hecho este viaje recientemente, con un grupo de amigos y amigas de la Asociación de Amigos de la Biblioteca de Guadalajara. Justo el número de visitantes que aceptan cada día, 30 personas. Un guía nos ha acompañado por el recinto, espectacular. Tras visitar un pequeño centro de interpretación, atravesando un túnel en descenso, penetramos en la Cueva, perfectamente preparada con pasarelas, barandas y luces para su admiración. Hay que ir con cuidado, pero admite todo tipo de visitantes no inválidos: los techos, de los que cuelgan poderosas estalactitas, los ciclópeos muros en los que se siente el latido del planeta, y las formas caprichosas de la roca modelada por las aguas durante millones de años. Una experiencia inolvidable, que recomiendo a mis lectores que repitan.


La Cueva de los Casares en Riba de Saelices

En las guías de Guadalajara (tanto las editadas por Diputación como por la Junta de Comunidades, y por supuesto en libros más completos de otra editorial alcarreña) aparece un reclamo turístico en la “Guadalajara Celtibérica” que no debe dejar de verse: es la Cueva de los Casares, a escasos kilómetros de Riba de Saelices por camino de tierra. Hemos intentado visitarla, pero en el pueblo nos dicen que no puede ser, que lleva varios meses cerrada, y que no saben cuando volverá a abrir. Al parecer, según comentan, no hay guías, o no hay dinero para mantenerla… el caso es confuso, pero el resultado es lastimoso. 
Porque la Cueva de los Casares es junto a las Cuevas de Altamira, El Castillo y un par de ellas más, de lo mejor que España posee en punto al arte paleolítico, cargada de grabados rupestres, con miles de años de antigüedad, representando animales, incluso seres humanos en actividades cotidianas… sin embargo, esta es la única que no admite visitas. Una decepción más…

2 de mayo de 2018

De mi viaje / mis viajes por Italia

Los directivos de la FEPET en Vicenza (Italia)
Antonio Herrera Casado
2 Mayo 2018

Tras una vida de viajes, de vez en cuando conviene pararse a recapitular, y echarle una ojeada al mapa, para tratar de identificar en él los lugares por los que se ha pasado. De Italia, ese corazón artístico y humanista de Europa, tengo tantos recuerdos, la mayoría de ellos buenos, y tan variados, que me siento ahora para recomponer en un solo viaje, todos los que a lo largo de los pasados decenios he hecho por sus caminos, por sus costas y montañas, por sus islas y catedrales.
Entré a Italia por primera vez a través de la frontera con Francia, en Menton, sorprendiéndome la alegría de la Riviera en Ventimiglia. Pero casi sin parar, llegué a pasar la primera noche en Génova, bajo una espesa lluvia. Allí probé la gentileza italiana, comprobando a la mañana siguiente que me había limpiado el coche por completo. Excepto las ruedas, el motor y la carrocería, se lo llevaron todo.
Viajé de allí en directo, bordeando Milán, hasta los lagos, conociendo las orillas del Lago Maggiore y del Lago Como. Entre los pueblos, Stresa. Y desde ella, viaje a la Isla dei Pescatori.
Desde allí, a los Alpes: Bormio, con subida al Stelvio en pleno mes de mayo, todavía con paredes de cuatro metros de nieve, y bajado luego a Trento, para llegar a Verona, después a Mantua, y de allí a Ferrar, Bolonia y finalmente a Florencia, donde veo todos sus museos y obras de arte.
Desde allí, viajes a Lucca, Pisa, Pistoia, San Gimignano, Pienza, para luego volver al Adriático, visitando Venezia y Padua, bajando luego a Rímini, Rávena y San Marino.
Finalmente, llegada a Roma, visitando el Vaticano, los Museo Vaticanos, el Foro y el Coliseo.

En ocasión siguiente, un viaje por el Véneto, incluyendo a Venecia, sí, pero también estancia detallada en Vicenza, admirando la ciudad y sus alrededores con las villas paladianas. Y subiendo a los montes, a ver Bassano di Grapa, y desde allí a Marostica.

En otra ocasión, el viaje fue en directo a Roma, para luego bajar en bus hasta la costa, y cenar y dormir en Gaeta, llegando al día siguiente a Nápoles, durmiendo en Pozzuoli, en Campi Flegrei, y visitando Nápoles, y por supuesto Pompeya. Después siguiendo viaje hasta Monopoli, donde pasamos dos días, y después a Bari, volviendo a Roma y visitando la plaza Navonna y el Vaticano, en cuatro horas.

El viajero en la Piazza Toledo, de Palermo (Sicilia)


Otro viaje fue a Sicilia, en barco desde Túnez, visitando Palermo durante un día, y por supuesto la catedral de Monreale, y las catacumbas de San Francisco, más la calle Toledo. Al día siguiente arribamos a Cerdeña, visitando Cagliari, su castillo y su parque botánico.

Otro viaje a Italia, se centró en Nápoles y su Bahía: llegamos en avión a la capital, y de allí a Pozzuoli, donde tomamos un barco que nos lleva priomero a Procida (la isla de donde era natural Sofía Loren) y allí nos preparan una merienda por todo lo alto. Sigue el barco su rumbo y nos lleva a la isla de Ischia, donde nos alojamos en el Hotel Regina Palace sobre el puerto. Visitamos entera la isla, incluido el Castillo Aragonés, donde una noche cenamos ostras con champán, exclusivamente.çDe allí, viaje en barco a Capri donde pasamos un día, incluida la visita a la “Gruta Azul” y comida en “Da Luigi ai Faraglioni”, visitando de nuevo Pompeya, y Erculano, y al fin un viaje en barco por Sorrento y las costa amalfitana. El último recorrido antes de tomar el avión, la visita al palacio espléndido de Caserta.

El viajero junto a su amigo Alfredo Villaverde,
en la galería rey Humberto I de Nápoles.


Otro viaje, en avión hasta Catania, y alojamiento en el Hotel Timeo de Taormina, visitando la costa de Sicilia, desde Mesina hasta Siracusa, incluyendo una subida en camiones hasta la cumbre del volcán Etna. También visita a la villa romana de Casale, con sus estupendos mosaicos.

Un fin de semana de congreso acelerado en Milán, visitando la ciudad (el Duomo, el palacio señorial, la Galería del Rey Vittorio Emmanuelle y la vieja universidad donde estuvo el Ospedale en el que se desarroló la novela “Los novios” de Manzoni. 

El encanto de Portofino no pasa desapercibido a nadie.

Otro viaje en vuelo desde Barcelona a Pisa, visitando esta ciudad y su catedral y torre inclinada, nos alojamos en Rapallo, en el Hotel Excelsior, visitandom la ciudad, Portofino, y viajando un día desde La Spezia y PortoVenere hacia le Cinque Terre, visitando allí RioMaggiore y otros poblados del entorno, acabando otro día visitando Génova despacio.

Si no calculo mal, me salen ocho viajes diferentes e independientes a Italia, uno de ellos, el primero en coche por carretera, otro en barco, en crucero desde Túnez, y todos los demás en avión aterrizando sucesivamente en Venecia,  Roma, Nápoles, Catania, Milán y Pisa.

29 de abril de 2018

Talamanca y su muralla medieval

El ábside de la capilla de los milagros, o Morabito de Talamanca.
Antonio Herrera Casado |  28 abril 2018

Un paseo por la primaveral Talamanca, junto al Jarama, nos devuelve la capacidad de asombro. Porque Talamanca, aunque ya visitada con anterioridad, es de esos sitios a los que se vuelve. La dimensión humana del pueblo madrileño se acrecienta al pasearla en una mañana de sábado primaveral junto a los amigos y amigas del grupo “Arquivolta”.

La primera visita, es para el puente romano. Bajo cuyo gran arco principal pasaba hace siglos el río Jarama. Ahora se ha desviado el curso del río, y el ojo enorme solo alberga el trayecto de un caz. El parque que rodea al puente ya merece disfrutar un día entero de sus ofertas naturales. En cuanto al puente, admirar sus cinco ojos, sus grandes sillares, la limpieza de su construcciçon, y, sobre todo, pasear su tránsito enjorobado, pisar sus antiguos sillares marcados de las huellas romanas… una joya monumental que no defrauda.

Fachada de la Granja de la Cartuja en Talamanca.


En el pueblo, sorprende de nuevo su gran Cartuja, almacén de granos y ganados que fue, desde el siglo XVII, dependiente del Paular en la cercana Sierra madrileña. Destaca su portada de frontón curvilíneo, y sus rejas firmes, sus aparejos elegantes, su gran “cubo” central de enorme cubierta, y la grandiosidad de su entorno.

Otra joya es “el Morabito”, el resto (solamente queda la cabecera) de la monumental iglesia de los Milagros, que en el siglo XIV (cuando don Pedro Tenorio mandaba en todo desde Toledo/Alcalá) se levantó por manos mudéjares, y hoy luce muy bien restaurada (dicen que por Peridis) en el centro de la plaza mayor. El sol golpea los ladrillos de sus múltiples arcos, y parece que levanta música de ellos. Un fragor de arquitectura, levedad, honradas proporciones.
Cerca está la otra joya de Talamanca, la iglesia de origen románico de San Juan Bautista, que presenta el ábside de orondo y claro origen segoviano. A su planta semicircular añade en los muros la perfección de sus ventanales ornados de arcos sobre capiteles vegetales. Y en la cornisa que recorre todo el ábside, la sorpresa reproducida de ver canecillos con la viveza de todo lo castellano. Allí estan, como temblando, gritando, y riéndose de nosotros, el centauro que flecha a la harpía; el jabalí erizado que sucumbe ante la lanza del cazador valiente; el saltimbanqui que se retuerce sobre su espalda poniendo los pies en la cabeza; el pastor que medita; el león que devora al malo; las sirenas que cantan enlanzando sus colas…. Hay tantas sorpresas, que solo por ver esa cornisa merece Talamanca un viaje.

Subiendo la loma del puente romano de Talamanca.


Pero aún se soprenden los viajeros al contemplar los últimos hallazgos, que la Dirección General del Patrimonio Artístico de la Comunidad de Madrid ha llevado a cabo sobre la muralla de Talamanca. Ha dirigido los trabajos el arquitecto don Juan de Dios de la Hoz, con su pulcro quehacer. No ha sido realmente una sorpresa, porque ya todos sabíamos de la existencia de esa muralla medieval que circuyó al pueblo por entero.

Erigida por los árabes de Al-Andalus en el siglo IX, perfeccionado por los cristianos castellanos en el XII, y aumentada por el arzobispo Tenorio en el XIV, la muralla era la esencia de esta plaza fuerte sobre el Jarama. Ahora lo que se ha descubierto han sido las basamentas de esa muralla, enterradas durante siglos. Con ello, la muralla de la villa de Talamanca gana en grandiosidad, en interés histórico, y nos da la visión clara de un elemento defensivo medieval, que surge del subsuelo tal como se hizo va ya para siete siglos.

Entre los materiales que conforman el muro, se ven sillares romanos, cenefas visigodas, hiladas de mudéjares ladrillos, y la argamasa fuerte de los castellanos recios. Se piensa construir un Paseo Museificado delante de ella. Ahora están (en estos momentos) exacavando todavía, pero el lugar va a ganar en belleza y suntuosidad, no cabe duda.

Detalle ornamental visigodo en la muralla de Talamanca.


Yo me atrevería a pedir, sin embargo, y “a quien correpsonda”, que cuanto antes retiren los fragmentos de cenefas visigodas que han aparecido, y que han dejado colocadas en su lugar original. Que, hoy por hoy, es de tan humana dimensión que están al alcance de la mano (y, por desgracia, del escoplo del ladrón de arte, que los sigue habiendo, y muy habilidosos). Esas piezas  que proceden del friso elegante de alguna vieja basilísica visigoda, con flores de lis, estrellas, racimos de uvas, etc. Se pueden ahora acariciar con las manos…. Es un lujo impagable, sí, pero tal como están los tiempos, pueden durar menos que un pastel a la puerta de un colegio.
Talamanca (y aún volvimos a ver la puerta de la Tostonera, de entrada a la villa; la enorme torre de la puerta de Uceda, con sillares romanos tallados de alquerques; la Bodega del Arrabal…) está esperando tu visita detenida.

19 de enero de 2018

Haciendo la Ruta de las Caras de Buendía

Encontramos al Chaman en la Ruta de las Caras
Antonio Herrera Casado  |  22 junio 2008

El verano es momento ideal para descubrir nuevos caminos. Aunque a veces el verano “se pasa” un poco, y acaba amenazando la integridad de los viajeros con su calor excesivo en esta Alcarria sin sombras y sin agua.
La aventura de los viajeros por la orilla del embalse de Buendía no quedó sin premio, a pesar de la amenaza de deshidratación y agotamiento. No fue el mejor día el elegido, y por eso desde aquí recomiendo que quien se aventure por esta “Ruta de las Caras” que ahora cuento, lo haga en época de calma y bonanza otoñal.
El viaje es cómodo desde la Alcarria guadalajareña, porque saliendo desde Sacedón, en poco más de un cuarto de hora se llega a Buendía y allí, tras reponer fuerzas, y a través de un bien señalado camino que parte desde el frontón y la muralla antigua, a través del paraje de La Cespera, se llega al bosquecillo donde se deja el coche y se inicia, andando a través del pinar, la “Ruta de las Caras” que es algo distinto a todo lo que haya visto hasta ahora…

La visita a Buendía, como la que hicieron los viajeros en junio de 2008, resulta inolvidable: tras visitar el pueblo, la iglesia por dentro, el Ayuntamiento por fuera, las murallas y el Museo del Carro, nos paramos a comer en esa maravilla de restaurante que es “La Casa de las Médicas” donde además de un ambiente acogedor se encuentra uno con las suculencias de la tradicional cocina alcarreña, pero con una presentación de diseño. Ese enclave es también Casa Rural con habitaciones que se abren en el plazal del patio de una antigua casa de labor muy bien restaurada. Será recordada siempre esa comida, y ese lugar, y esa compaña.



La Cruz Templaria en Buendía


La ruta de las Caras

Fuera ya de la villa, los viajeros se deciden a visitar la “Ruta de las Caras”. Hacer esta Ruta supone irse hasta el pinar, de repoblación, en la orilla izquierda del ahora medio seco embalse de Buendía sobre el valle del río Guadiela.
Desde hace unos cuantos años, [desde 1992 concretamente] los madrileños Eulogio Regillo y Jorge Maldonado se dieron a tallar, con monumentales rostros, las rocas oscuras y blandas de este pinar. Los paseos por él eran peligrosos, al estar muy en cuesta y en los bordes del pantano. Pero su pasión artística, y lo bien elegido de los temas y los lugares, dieron paso a un verdadero museo de escultura natural, al aire libre, por lo que enseguida encontraron el apoyo del municipio, y el acondicionamiento del lugar para las visitas. Hoy existen carteles, paneles informativos, postes direccionales, y sendas bien marcadas.


Lo primero que tallaron fue una cara que, sin saber muy bien de qué iba, dieron ellos mismos en llamar “la monja”. Cara mofletuda, sonriente, ceñida arriba y abajo y a los lados por una tela o cenefa que la limitaba. De ahí que, animados, siguieran tallando caras y símbolos, relacionados todos con las religiones que pueblan el mundo. Y así, cuando los viajeros van entre los pinos y las oscuras rocas descubriendo tallas, se encuentran con rostros hieráticos, pero perfectos, de gentes como el Chamán, Krisna, la Cruz de los Templarios, y un tal Chemary que puede ser elevado a los altares (del arte rupestre) en cualquier momento. Además hay, junto a las aguas del pantano, una gran calavera tallada en relieve, y la cabeza de Beethoven entre las ramas de los pinos.
Un primer paseo nos lleva por lo fácil, desde la Moneda de Vida al Chamán. Pero muy bien indicado hay un segundo periplo, más largo, aunque también cómodo, que lleva hasta la Calavera. En total, 30 esculturas de más de tres metros de altura sobre las rocas del pinar de Buendía.  La que más les llevó fue la imagen del Chamán, en la que estuvieron entretenidos los escultores durante 4 años, que se dice pronto. Además están el Duende indio, y el Duende de la Grieta.
Una de las cosas que más impresión causó a los viajeros, fue la vida que irradian estas caras. Son severas, hieráticas, pero parecen tener un latido detrás, como si hubiera sangre dentro, o pensamientos, miradas fijas y sabias… en todo caso, yo aconsejo a mis lectores que se acerquen a Buendía y den un paseo por este entorno, fácil de encontrar y para todas las edades (aunque, repito, nunca en día veraniego de 35º porque se nota sed y se va la cabeza).

La espiral del Brujo, en la ruta de las Caras de Buendía


Si, para terminar, se quiere leer algo sobre Buendía, nada mejor que hacerse con el libro que hace unos años escribió Francisco Bogliolo, francés descendiente del pueblo, y magnífico escritor y viajero por diversos continentes, que retrató en diversos relatos cortos y magistrales la historia, el costumbrismo y el alma de Buendía. Lo editó AACHE en su colección “Letras Mayúsculas” como nº 9 y se titula “Lindes y suertes de Buendía”. Un complemento obligado para este viaje.

13 de enero de 2018

Leiden, una ciudad de Holanda

Antonio Herrera Casado  |  5 diciembre 2017

En las orillas de lo que fue, muy antiguamente, el Rhin, asentó esta ciudad, que terminó estando completamente amurallada, y que es de las pocas de los Paises Bajos que hoy muestra en su centro un “castillo”, una fortificación elevada sobre un montículo artificial, y que en siglos pasados les daba mucha seguridad defensiva a sus habitantes, tanto ante guerras como ante crecidas del río.
Con los años, el Rhin se fue por otros lados, y hoy llega al Mar del Norte por Rotterdam. Pero la ciudad de Leiden, muy antigua, surgió como defendida por este río. Es sin duda uno de los lugares más interesantes de Holanda. En su plano se ve todavía la forma perfecta de su antigua estructura urbana, rodeada al 100% de murallas, y con un castillo elevado en el centro, su gran catedral dedicada a San Pedro, y los ramales y canales del viejo Rhin, hoy domeñado y manso entre paseos y populosas calles.

El viejo Rhin atravesando Leiden


Hemos llegado a Leiden, en viaje fácil y rápido por tren desde Amsterdam. Total, 9 € y 20 minutos de recorrido. Desde la estación se accede a pie inmediatamente y nos dedicamos a recorrer los muelles de sus canales. Aunque es todavía primeros de diciembre (otoño, teóricamente) el frío es intenso, y el cielo, permanentemente gris, no amenaza nada bueno. Reocrremos el Galgewater, rodeado de mansiones clásicas, y avanzamos por la orilla del canal Rapenburg, llegando enseguida a los edificios de la vieja Universidad. Se dice que fue el primer monarca, Guillermo de Orange, quien como como premio a los habitantes de Leiden por su heroica defensa ante el asedio español, mediado el siglo XVI, les ofreció bajarles los impuestos o crear la primera Universidad holandesa en su ciudad. Y ellos  escogieron esta segunda oferta.
Desde entonces, en 1575, Leiden está orgullosa de su Universidad. En ella surgieron famosos médicos (Boerhaave es uno de ellos, a quien allí tienen en recuerdo permanente, en su casa natal, en su casa mortuoria, en el enterramiento catedralicio…) famosos físicos (la “botella de Leiden” es uno de los hallazgos allí hechos, y Kamerlingh inició en su laboratorio la criogenia). Junto con las universidades de Göttingen y Berlin, Leiden es la cuna de la “libertad académica”.

Vidrieras modernas en la iglesia de San Pedro de Leiden


Hoy esta Universidad impregna la vida de la ciudad, eminentemente estudiantil. El aparcamiento de bicicletas delante del edificio de su Biblioteca, es antológico, porque posee varios pisos, todos llenos de bicicletas. El Jardín Botánico es de los mejores del mundo: lo creó Clusius, y en su entorno todo son cartelas, bronces grabados, salas limpias y profesores con pajarita montados en bici.
Luego cruzamos el canal y alcanzamos la Iglesia de San Pedro, desacralizada ya, pero museificada. De aquí salieron los “pilgrims” que en el Mayflower fueron a América, creando sus primeras colonias evangélicas. En la iglesia reposan los restos de Saskia van Uylenburgh, la mujer de Rembrandt que, por cierto, en esta ciudad nació y se educó artísticamente. Hay muchos detalles curiosos, entre ellos unas magníficas vidrieras que nos hablan de la historia y la heráldica de los Paises Bajos.

Canales y diques en la ciudad de Leiden


Seguimos entre callejas y nos sorprende en la Pieterskerk Maarsmantrage el inmenso muro recubierto con un poema de Pablo Neruda, en español. Lógicamente, allí nadie entiende lo que dice el chileno, pero todavía (en los 20 años que lleva puesto) nadie le ha hecho una pintada. Paseamos por el antiguo mercado, llegamos al núcelo de la ciudad y nos hacemos una foto en la puerta de entrada del parque que hoy rodea al castillo. Nos asombra en una calle cercana el gran edificio barroco del Ayuntamiento (dicen que tiene la fachada, de piedra, más larga de toda Holanda) y buscamos el bullicio del centro comercial en la Aphotekersdijk, donde al final comemos y alegremente buscamos el tren (pasa uno cada 10 minutos) que nos lleva de regreso a Amsterdam.


El viajero y sus amigas en la puerta del castillo de Leiden





Después de haber estado allí, me entero que de Leiden proceden los Fluiters, conocida familia de Guadalajara que vinieron de los Paises Bajos a mediados del siglo XVIII para trabajar en las fábricas de tejidos que los Borbones pusieron: primero en la de San Fernando y luego en Guadalajara. La “ciudad de las llaves” que así se llama por las dos que forman su escudo municipal, es uno de esos lugares que nadie debería perderse si viaje a Holanda. Mejor que La Haya, y distinta de Amsterdam, más elegante, más callada, más sublime.



19 de noviembre de 2017

Una tarde de cementerios

Antonio Herrera Casado | 19 Noviembre 2017
Aprovecho la tarde suave y soleada del otoño, cuando la ciudad empieza a sonar amarilla, y el apagado eco de algún paseante, tan escaso, me sugiere estar en algún lugar remoto, que no conzco.

Pero sí, sé donde estoy. En Guadalajara, vivo y paseante, evocador, dispuesto a mover las piernas y oxigenar la sangre, antes de que todo este aparataje se oxide, y al fin se pare.

Me bajo andando hasta el Cementerio, solo, como siempre, para oir mejor las cosas que me prometió la vida, y que, al final, la muy falsa, no me ha dado. Quizás lo único cierto está ahí, en los cipreses –tan elegantes y correctos, vestidos de frac- que me saludan al entrar. Allí están los amigos, la gente que quise, la gente a la que no puedo olvidar, la gente incluso que no llegué a conocer, pero que me saluda sin complejos.




El inicio de este paseo de otoño arde en el ladrillo de una capilla neomudéjar que se dora al sol. Silencio. Amigos retratados en el bronce de sus nombres.





En el entorno central del Cementerio, los cipreses corpulentos abrigan el mármol frío de las despedidas. No hay lágrimas ya. Solo un nombre sobre la lápida (Eloísa, Margarita, Celia...) y unos apellidos de aquí (Sanz quizás, Pajares, Casado pudiera ser…) Y la muerte sin rostro despidiendo a los amigos de esta vida.




Fueron los marqueses de Villamejor, de apellido Torres, al que luego añadieron el Figueroa, uno de los grupos familiares más opulentos, emprendedores y distinguidos de la Guadalajara de la segunda mitad del siglo XIX. Para su eterno descanso encargaron un panteón funerario al arquitecto Manuel Medrano, uno de los más prestigiosos de España en aquellos momentos. Una obra de arte dejó como espacio el que ocuparían sus cuerpos. En la pared de poniente aparecen sus armas. El sol las calienta levemente, a pesar de que todo aquí está frío, y en silencio...





Junto a la tumba de mis padres y abuelos, que ocuparé en un futuro (incierto todavía, pero seguro) está la de don Francisco Layna Serrano, que fue historiador y cronista provincial, (1893-1971) y en la que yace, desde cuarenta años antes que él, su querida esposa Carmen Bueno Paz, muerta en accidente. El dolor se arrastra sobre esa lápida oscura, mohosa, de piedra caliza tan antigua, sobre la que un esclavo tendido entre rotas columnas deja leer la frase que el dolido esposo trazó en 1933: “Laborando por enaltecer la Alcarria halló esta dama la muerte”.

El R.I.P, y algunos datos biográficos de la pareja asoman entre el barro acumulado. Nadie cuida ya de esta tumba. Recuerdo a don Francisco, recuerdo su obra, y dejo caer los brazos, sin poder hacer más que seguir andando entre las tumbas, al sol declinante, escuchando recios los ruidos que salen de mi cerebro, avisando de la noche cercana.

De todo esto, y de las fotografías que con solo el teléfono móvil he ido haciendo según paseaba, he colgado en mi perfil de Facebook (www.facebook.com/herreracasado) estas imágenes, y estas ideas, y algunos amigos se enteran de que todavía ando por aquí, antes de partir a otro viaje que se avecina.