2 de mayo de 2018

De mi viaje / mis viajes por Italia

Los directivos de la FEPET en Vicenza (Italia)
Antonio Herrera Casado
2 Mayo 2018

Tras una vida de viajes, de vez en cuando conviene pararse a recapitular, y echarle una ojeada al mapa, para tratar de identificar en él los lugares por los que se ha pasado. De Italia, ese corazón artístico y humanista de Europa, tengo tantos recuerdos, la mayoría de ellos buenos, y tan variados, que me siento ahora para recomponer en un solo viaje, todos los que a lo largo de los pasados decenios he hecho por sus caminos, por sus costas y montañas, por sus islas y catedrales.
Entré a Italia por primera vez a través de la frontera con Francia, en Menton, sorprendiéndome la alegría de la Riviera en Ventimiglia. Pero casi sin parar, llegué a pasar la primera noche en Génova, bajo una espesa lluvia. Allí probé la gentileza italiana, comprobando a la mañana siguiente que me había limpiado el coche por completo. Excepto las ruedas, el motor y la carrocería, se lo llevaron todo.
Viajé de allí en directo, bordeando Milán, hasta los lagos, conociendo las orillas del Lago Maggiore y del Lago Como. Entre los pueblos, Stresa. Y desde ella, viaje a la Isla dei Pescatori.
Desde allí, a los Alpes: Bormio, con subida al Stelvio en pleno mes de mayo, todavía con paredes de cuatro metros de nieve, y bajado luego a Trento, para llegar a Verona, después a Mantua, y de allí a Ferrar, Bolonia y finalmente a Florencia, donde veo todos sus museos y obras de arte.
Desde allí, viajes a Lucca, Pisa, Pistoia, San Gimignano, Pienza, para luego volver al Adriático, visitando Venezia y Padua, bajando luego a Rímini, Rávena y San Marino.
Finalmente, llegada a Roma, visitando el Vaticano, los Museo Vaticanos, el Foro y el Coliseo.

En ocasión siguiente, un viaje por el Véneto, incluyendo a Venecia, sí, pero también estancia detallada en Vicenza, admirando la ciudad y sus alrededores con las villas paladianas. Y subiendo a los montes, a ver Bassano di Grapa, y desde allí a Marostica.

En otra ocasión, el viaje fue en directo a Roma, para luego bajar en bus hasta la costa, y cenar y dormir en Gaeta, llegando al día siguiente a Nápoles, durmiendo en Pozzuoli, en Campi Flegrei, y visitando Nápoles, y por supuesto Pompeya. Después siguiendo viaje hasta Monopoli, donde pasamos dos días, y después a Bari, volviendo a Roma y visitando la plaza Navonna y el Vaticano, en cuatro horas.

El viajero en la Piazza Toledo, de Palermo (Sicilia)


Otro viaje fue a Sicilia, en barco desde Túnez, visitando Palermo durante un día, y por supuesto la catedral de Monreale, y las catacumbas de San Francisco, más la calle Toledo. Al día siguiente arribamos a Cerdeña, visitando Cagliari, su castillo y su parque botánico.

Otro viaje a Italia, se centró en Nápoles y su Bahía: llegamos en avión a la capital, y de allí a Pozzuoli, donde tomamos un barco que nos lleva priomero a Procida (la isla de donde era natural Sofía Loren) y allí nos preparan una merienda por todo lo alto. Sigue el barco su rumbo y nos lleva a la isla de Ischia, donde nos alojamos en el Hotel Regina Palace sobre el puerto. Visitamos entera la isla, incluido el Castillo Aragonés, donde una noche cenamos ostras con champán, exclusivamente.çDe allí, viaje en barco a Capri donde pasamos un día, incluida la visita a la “Gruta Azul” y comida en “Da Luigi ai Faraglioni”, visitando de nuevo Pompeya, y Erculano, y al fin un viaje en barco por Sorrento y las costa amalfitana. El último recorrido antes de tomar el avión, la visita al palacio espléndido de Caserta.

El viajero junto a su amigo Alfredo Villaverde,
en la galería rey Humberto I de Nápoles.


Otro viaje, en avión hasta Catania, y alojamiento en el Hotel Timeo de Taormina, visitando la costa de Sicilia, desde Mesina hasta Siracusa, incluyendo una subida en camiones hasta la cumbre del volcán Etna. También visita a la villa romana de Casale, con sus estupendos mosaicos.

Un fin de semana de congreso acelerado en Milán, visitando la ciudad (el Duomo, el palacio señorial, la Galería del Rey Vittorio Emmanuelle y la vieja universidad donde estuvo el Ospedale en el que se desarroló la novela “Los novios” de Manzoni. 

El encanto de Portofino no pasa desapercibido a nadie.

Otro viaje en vuelo desde Barcelona a Pisa, visitando esta ciudad y su catedral y torre inclinada, nos alojamos en Rapallo, en el Hotel Excelsior, visitandom la ciudad, Portofino, y viajando un día desde La Spezia y PortoVenere hacia le Cinque Terre, visitando allí RioMaggiore y otros poblados del entorno, acabando otro día visitando Génova despacio.

Si no calculo mal, me salen ocho viajes diferentes e independientes a Italia, uno de ellos, el primero en coche por carretera, otro en barco, en crucero desde Túnez, y todos los demás en avión aterrizando sucesivamente en Venecia,  Roma, Nápoles, Catania, Milán y Pisa.

29 de abril de 2018

Talamanca y su muralla medieval

El ábside de la capilla de los milagros, o Morabito de Talamanca.
Antonio Herrera Casado |  28 abril 2018

Un paseo por la primaveral Talamanca, junto al Jarama, nos devuelve la capacidad de asombro. Porque Talamanca, aunque ya visitada con anterioridad, es de esos sitios a los que se vuelve. La dimensión humana del pueblo madrileño se acrecienta al pasearla en una mañana de sábado primaveral junto a los amigos y amigas del grupo “Arquivolta”.

La primera visita, es para el puente romano. Bajo cuyo gran arco principal pasaba hace siglos el río Jarama. Ahora se ha desviado el curso del río, y el ojo enorme solo alberga el trayecto de un caz. El parque que rodea al puente ya merece disfrutar un día entero de sus ofertas naturales. En cuanto al puente, admirar sus cinco ojos, sus grandes sillares, la limpieza de su construcciçon, y, sobre todo, pasear su tránsito enjorobado, pisar sus antiguos sillares marcados de las huellas romanas… una joya monumental que no defrauda.

Fachada de la Granja de la Cartuja en Talamanca.


En el pueblo, sorprende de nuevo su gran Cartuja, almacén de granos y ganados que fue, desde el siglo XVII, dependiente del Paular en la cercana Sierra madrileña. Destaca su portada de frontón curvilíneo, y sus rejas firmes, sus aparejos elegantes, su gran “cubo” central de enorme cubierta, y la grandiosidad de su entorno.

Otra joya es “el Morabito”, el resto (solamente queda la cabecera) de la monumental iglesia de los Milagros, que en el siglo XIV (cuando don Pedro Tenorio mandaba en todo desde Toledo/Alcalá) se levantó por manos mudéjares, y hoy luce muy bien restaurada (dicen que por Peridis) en el centro de la plaza mayor. El sol golpea los ladrillos de sus múltiples arcos, y parece que levanta música de ellos. Un fragor de arquitectura, levedad, honradas proporciones.
Cerca está la otra joya de Talamanca, la iglesia de origen románico de San Juan Bautista, que presenta el ábside de orondo y claro origen segoviano. A su planta semicircular añade en los muros la perfección de sus ventanales ornados de arcos sobre capiteles vegetales. Y en la cornisa que recorre todo el ábside, la sorpresa reproducida de ver canecillos con la viveza de todo lo castellano. Allí estan, como temblando, gritando, y riéndose de nosotros, el centauro que flecha a la harpía; el jabalí erizado que sucumbe ante la lanza del cazador valiente; el saltimbanqui que se retuerce sobre su espalda poniendo los pies en la cabeza; el pastor que medita; el león que devora al malo; las sirenas que cantan enlanzando sus colas…. Hay tantas sorpresas, que solo por ver esa cornisa merece Talamanca un viaje.

Subiendo la loma del puente romano de Talamanca.


Pero aún se soprenden los viajeros al contemplar los últimos hallazgos, que la Dirección General del Patrimonio Artístico de la Comunidad de Madrid ha llevado a cabo sobre la muralla de Talamanca. Ha dirigido los trabajos el arquitecto don Juan de Dios de la Hoz, con su pulcro quehacer. No ha sido realmente una sorpresa, porque ya todos sabíamos de la existencia de esa muralla medieval que circuyó al pueblo por entero.

Erigida por los árabes de Al-Andalus en el siglo IX, perfeccionado por los cristianos castellanos en el XII, y aumentada por el arzobispo Tenorio en el XIV, la muralla era la esencia de esta plaza fuerte sobre el Jarama. Ahora lo que se ha descubierto han sido las basamentas de esa muralla, enterradas durante siglos. Con ello, la muralla de la villa de Talamanca gana en grandiosidad, en interés histórico, y nos da la visión clara de un elemento defensivo medieval, que surge del subsuelo tal como se hizo va ya para siete siglos.

Entre los materiales que conforman el muro, se ven sillares romanos, cenefas visigodas, hiladas de mudéjares ladrillos, y la argamasa fuerte de los castellanos recios. Se piensa construir un Paseo Museificado delante de ella. Ahora están (en estos momentos) exacavando todavía, pero el lugar va a ganar en belleza y suntuosidad, no cabe duda.

Detalle ornamental visigodo en la muralla de Talamanca.


Yo me atrevería a pedir, sin embargo, y “a quien correpsonda”, que cuanto antes retiren los fragmentos de cenefas visigodas que han aparecido, y que han dejado colocadas en su lugar original. Que, hoy por hoy, es de tan humana dimensión que están al alcance de la mano (y, por desgracia, del escoplo del ladrón de arte, que los sigue habiendo, y muy habilidosos). Esas piezas  que proceden del friso elegante de alguna vieja basilísica visigoda, con flores de lis, estrellas, racimos de uvas, etc. Se pueden ahora acariciar con las manos…. Es un lujo impagable, sí, pero tal como están los tiempos, pueden durar menos que un pastel a la puerta de un colegio.
Talamanca (y aún volvimos a ver la puerta de la Tostonera, de entrada a la villa; la enorme torre de la puerta de Uceda, con sillares romanos tallados de alquerques; la Bodega del Arrabal…) está esperando tu visita detenida.

19 de enero de 2018

Haciendo la Ruta de las Caras de Buendía

Encontramos al Chaman en la Ruta de las Caras
Antonio Herrera Casado  |  22 junio 2008

El verano es momento ideal para descubrir nuevos caminos. Aunque a veces el verano “se pasa” un poco, y acaba amenazando la integridad de los viajeros con su calor excesivo en esta Alcarria sin sombras y sin agua.
La aventura de los viajeros por la orilla del embalse de Buendía no quedó sin premio, a pesar de la amenaza de deshidratación y agotamiento. No fue el mejor día el elegido, y por eso desde aquí recomiendo que quien se aventure por esta “Ruta de las Caras” que ahora cuento, lo haga en época de calma y bonanza otoñal.
El viaje es cómodo desde la Alcarria guadalajareña, porque saliendo desde Sacedón, en poco más de un cuarto de hora se llega a Buendía y allí, tras reponer fuerzas, y a través de un bien señalado camino que parte desde el frontón y la muralla antigua, a través del paraje de La Cespera, se llega al bosquecillo donde se deja el coche y se inicia, andando a través del pinar, la “Ruta de las Caras” que es algo distinto a todo lo que haya visto hasta ahora…

La visita a Buendía, como la que hicieron los viajeros en junio de 2008, resulta inolvidable: tras visitar el pueblo, la iglesia por dentro, el Ayuntamiento por fuera, las murallas y el Museo del Carro, nos paramos a comer en esa maravilla de restaurante que es “La Casa de las Médicas” donde además de un ambiente acogedor se encuentra uno con las suculencias de la tradicional cocina alcarreña, pero con una presentación de diseño. Ese enclave es también Casa Rural con habitaciones que se abren en el plazal del patio de una antigua casa de labor muy bien restaurada. Será recordada siempre esa comida, y ese lugar, y esa compaña.



La Cruz Templaria en Buendía


La ruta de las Caras

Fuera ya de la villa, los viajeros se deciden a visitar la “Ruta de las Caras”. Hacer esta Ruta supone irse hasta el pinar, de repoblación, en la orilla izquierda del ahora medio seco embalse de Buendía sobre el valle del río Guadiela.
Desde hace unos cuantos años, [desde 1992 concretamente] los madrileños Eulogio Regillo y Jorge Maldonado se dieron a tallar, con monumentales rostros, las rocas oscuras y blandas de este pinar. Los paseos por él eran peligrosos, al estar muy en cuesta y en los bordes del pantano. Pero su pasión artística, y lo bien elegido de los temas y los lugares, dieron paso a un verdadero museo de escultura natural, al aire libre, por lo que enseguida encontraron el apoyo del municipio, y el acondicionamiento del lugar para las visitas. Hoy existen carteles, paneles informativos, postes direccionales, y sendas bien marcadas.


Lo primero que tallaron fue una cara que, sin saber muy bien de qué iba, dieron ellos mismos en llamar “la monja”. Cara mofletuda, sonriente, ceñida arriba y abajo y a los lados por una tela o cenefa que la limitaba. De ahí que, animados, siguieran tallando caras y símbolos, relacionados todos con las religiones que pueblan el mundo. Y así, cuando los viajeros van entre los pinos y las oscuras rocas descubriendo tallas, se encuentran con rostros hieráticos, pero perfectos, de gentes como el Chamán, Krisna, la Cruz de los Templarios, y un tal Chemary que puede ser elevado a los altares (del arte rupestre) en cualquier momento. Además hay, junto a las aguas del pantano, una gran calavera tallada en relieve, y la cabeza de Beethoven entre las ramas de los pinos.
Un primer paseo nos lleva por lo fácil, desde la Moneda de Vida al Chamán. Pero muy bien indicado hay un segundo periplo, más largo, aunque también cómodo, que lleva hasta la Calavera. En total, 30 esculturas de más de tres metros de altura sobre las rocas del pinar de Buendía.  La que más les llevó fue la imagen del Chamán, en la que estuvieron entretenidos los escultores durante 4 años, que se dice pronto. Además están el Duende indio, y el Duende de la Grieta.
Una de las cosas que más impresión causó a los viajeros, fue la vida que irradian estas caras. Son severas, hieráticas, pero parecen tener un latido detrás, como si hubiera sangre dentro, o pensamientos, miradas fijas y sabias… en todo caso, yo aconsejo a mis lectores que se acerquen a Buendía y den un paseo por este entorno, fácil de encontrar y para todas las edades (aunque, repito, nunca en día veraniego de 35º porque se nota sed y se va la cabeza).

La espiral del Brujo, en la ruta de las Caras de Buendía


Si, para terminar, se quiere leer algo sobre Buendía, nada mejor que hacerse con el libro que hace unos años escribió Francisco Bogliolo, francés descendiente del pueblo, y magnífico escritor y viajero por diversos continentes, que retrató en diversos relatos cortos y magistrales la historia, el costumbrismo y el alma de Buendía. Lo editó AACHE en su colección “Letras Mayúsculas” como nº 9 y se titula “Lindes y suertes de Buendía”. Un complemento obligado para este viaje.

13 de enero de 2018

Leiden, una ciudad de Holanda

Antonio Herrera Casado  |  5 diciembre 2017

En las orillas de lo que fue, muy antiguamente, el Rhin, asentó esta ciudad, que terminó estando completamente amurallada, y que es de las pocas de los Paises Bajos que hoy muestra en su centro un “castillo”, una fortificación elevada sobre un montículo artificial, y que en siglos pasados les daba mucha seguridad defensiva a sus habitantes, tanto ante guerras como ante crecidas del río.
Con los años, el Rhin se fue por otros lados, y hoy llega al Mar del Norte por Rotterdam. Pero la ciudad de Leiden, muy antigua, surgió como defendida por este río. Es sin duda uno de los lugares más interesantes de Holanda. En su plano se ve todavía la forma perfecta de su antigua estructura urbana, rodeada al 100% de murallas, y con un castillo elevado en el centro, su gran catedral dedicada a San Pedro, y los ramales y canales del viejo Rhin, hoy domeñado y manso entre paseos y populosas calles.

El viejo Rhin atravesando Leiden


Hemos llegado a Leiden, en viaje fácil y rápido por tren desde Amsterdam. Total, 9 € y 20 minutos de recorrido. Desde la estación se accede a pie inmediatamente y nos dedicamos a recorrer los muelles de sus canales. Aunque es todavía primeros de diciembre (otoño, teóricamente) el frío es intenso, y el cielo, permanentemente gris, no amenaza nada bueno. Reocrremos el Galgewater, rodeado de mansiones clásicas, y avanzamos por la orilla del canal Rapenburg, llegando enseguida a los edificios de la vieja Universidad. Se dice que fue el primer monarca, Guillermo de Orange, quien como como premio a los habitantes de Leiden por su heroica defensa ante el asedio español, mediado el siglo XVI, les ofreció bajarles los impuestos o crear la primera Universidad holandesa en su ciudad. Y ellos  escogieron esta segunda oferta.
Desde entonces, en 1575, Leiden está orgullosa de su Universidad. En ella surgieron famosos médicos (Boerhaave es uno de ellos, a quien allí tienen en recuerdo permanente, en su casa natal, en su casa mortuoria, en el enterramiento catedralicio…) famosos físicos (la “botella de Leiden” es uno de los hallazgos allí hechos, y Kamerlingh inició en su laboratorio la criogenia). Junto con las universidades de Göttingen y Berlin, Leiden es la cuna de la “libertad académica”.

Vidrieras modernas en la iglesia de San Pedro de Leiden


Hoy esta Universidad impregna la vida de la ciudad, eminentemente estudiantil. El aparcamiento de bicicletas delante del edificio de su Biblioteca, es antológico, porque posee varios pisos, todos llenos de bicicletas. El Jardín Botánico es de los mejores del mundo: lo creó Clusius, y en su entorno todo son cartelas, bronces grabados, salas limpias y profesores con pajarita montados en bici.
Luego cruzamos el canal y alcanzamos la Iglesia de San Pedro, desacralizada ya, pero museificada. De aquí salieron los “pilgrims” que en el Mayflower fueron a América, creando sus primeras colonias evangélicas. En la iglesia reposan los restos de Saskia van Uylenburgh, la mujer de Rembrandt que, por cierto, en esta ciudad nació y se educó artísticamente. Hay muchos detalles curiosos, entre ellos unas magníficas vidrieras que nos hablan de la historia y la heráldica de los Paises Bajos.

Canales y diques en la ciudad de Leiden


Seguimos entre callejas y nos sorprende en la Pieterskerk Maarsmantrage el inmenso muro recubierto con un poema de Pablo Neruda, en español. Lógicamente, allí nadie entiende lo que dice el chileno, pero todavía (en los 20 años que lleva puesto) nadie le ha hecho una pintada. Paseamos por el antiguo mercado, llegamos al núcelo de la ciudad y nos hacemos una foto en la puerta de entrada del parque que hoy rodea al castillo. Nos asombra en una calle cercana el gran edificio barroco del Ayuntamiento (dicen que tiene la fachada, de piedra, más larga de toda Holanda) y buscamos el bullicio del centro comercial en la Aphotekersdijk, donde al final comemos y alegremente buscamos el tren (pasa uno cada 10 minutos) que nos lleva de regreso a Amsterdam.


El viajero y sus amigas en la puerta del castillo de Leiden





Después de haber estado allí, me entero que de Leiden proceden los Fluiters, conocida familia de Guadalajara que vinieron de los Paises Bajos a mediados del siglo XVIII para trabajar en las fábricas de tejidos que los Borbones pusieron: primero en la de San Fernando y luego en Guadalajara. La “ciudad de las llaves” que así se llama por las dos que forman su escudo municipal, es uno de esos lugares que nadie debería perderse si viaje a Holanda. Mejor que La Haya, y distinta de Amsterdam, más elegante, más callada, más sublime.



19 de noviembre de 2017

Una tarde de cementerios

Antonio Herrera Casado | 19 Noviembre 2017
Aprovecho la tarde suave y soleada del otoño, cuando la ciudad empieza a sonar amarilla, y el apagado eco de algún paseante, tan escaso, me sugiere estar en algún lugar remoto, que no conzco.

Pero sí, sé donde estoy. En Guadalajara, vivo y paseante, evocador, dispuesto a mover las piernas y oxigenar la sangre, antes de que todo este aparataje se oxide, y al fin se pare.

Me bajo andando hasta el Cementerio, solo, como siempre, para oir mejor las cosas que me prometió la vida, y que, al final, la muy falsa, no me ha dado. Quizás lo único cierto está ahí, en los cipreses –tan elegantes y correctos, vestidos de frac- que me saludan al entrar. Allí están los amigos, la gente que quise, la gente a la que no puedo olvidar, la gente incluso que no llegué a conocer, pero que me saluda sin complejos.




El inicio de este paseo de otoño arde en el ladrillo de una capilla neomudéjar que se dora al sol. Silencio. Amigos retratados en el bronce de sus nombres.





En el entorno central del Cementerio, los cipreses corpulentos abrigan el mármol frío de las despedidas. No hay lágrimas ya. Solo un nombre sobre la lápida (Eloísa, Margarita, Celia...) y unos apellidos de aquí (Sanz quizás, Pajares, Casado pudiera ser…) Y la muerte sin rostro despidiendo a los amigos de esta vida.




Fueron los marqueses de Villamejor, de apellido Torres, al que luego añadieron el Figueroa, uno de los grupos familiares más opulentos, emprendedores y distinguidos de la Guadalajara de la segunda mitad del siglo XIX. Para su eterno descanso encargaron un panteón funerario al arquitecto Manuel Medrano, uno de los más prestigiosos de España en aquellos momentos. Una obra de arte dejó como espacio el que ocuparían sus cuerpos. En la pared de poniente aparecen sus armas. El sol las calienta levemente, a pesar de que todo aquí está frío, y en silencio...





Junto a la tumba de mis padres y abuelos, que ocuparé en un futuro (incierto todavía, pero seguro) está la de don Francisco Layna Serrano, que fue historiador y cronista provincial, (1893-1971) y en la que yace, desde cuarenta años antes que él, su querida esposa Carmen Bueno Paz, muerta en accidente. El dolor se arrastra sobre esa lápida oscura, mohosa, de piedra caliza tan antigua, sobre la que un esclavo tendido entre rotas columnas deja leer la frase que el dolido esposo trazó en 1933: “Laborando por enaltecer la Alcarria halló esta dama la muerte”.

El R.I.P, y algunos datos biográficos de la pareja asoman entre el barro acumulado. Nadie cuida ya de esta tumba. Recuerdo a don Francisco, recuerdo su obra, y dejo caer los brazos, sin poder hacer más que seguir andando entre las tumbas, al sol declinante, escuchando recios los ruidos que salen de mi cerebro, avisando de la noche cercana.

De todo esto, y de las fotografías que con solo el teléfono móvil he ido haciendo según paseaba, he colgado en mi perfil de Facebook (www.facebook.com/herreracasado) estas imágenes, y estas ideas, y algunos amigos se enteran de que todavía ando por aquí, antes de partir a otro viaje que se avecina.

30 de octubre de 2017

De paseo por Lizarra

Monasterio de Iratxe, junto a Estella
Antonio Herrera Casado  |  28 Mayo 2000



Sigue lloviendo, no para de llover, desde que salimos de San Millán, bajamos al valle y atravesamos el Ebro en Logroño, no lo deja… y empezamos a subir las tierras de Navarra, y enseguida llegamos al monasterio de Iratxe. Y allí sigue lloviendo… era de esperar, que este viaje (otro pequeño tramo del Camino de Santiago por tierras navarricas) se pusiera húmedo, pero los viajeros tienen mucha cuerda y mucho ánimo, y a ello van.

En Iratxe encuentra (es domingo) una multitud entrando y saliendo del templo. A la puerta vemos el aviso de que hay una fuente saludable, que es la Fuente del Vino, de Irache, porque tiene dos caños: de uno sale agua, y del otro vino. Para dar ánimo a los peregrinos…

Esto fue Iratxe en viejos tiempo, desde que en época románica lo construyeran los monjes benedictinos: hospital de peregrinos, universidad, hospital de guerra y colegio de religiosos. Debajo del Montejurra, que entre la niebla vigila el paso de las gentes. Estas son las distintas funciones que el monasterio de Iratxe ha ido albergando a lo largo de la historia y que le han convertido en uno de los conjuntos monumentales más importantes de Navarra. El inicio fue casa de monjes desde el siglo VIII, pero en el XI se reconstruyó tal como hoy lo vemos. En la nave central, oscura y solemne, se escuchan los cánticos de la gente. Navarra es muy piadosa, y aquí se viene de romería, caiga lo que caiga. Se visita la iglesia, plenamente, puramente románica, el claustro plateresco, y se observa de lejos la torre de estilo herreriano, espléndida.

Siguen los viajeros, contorneando el pueblo, hasta el monasterio de Irantzu, pero llueve tanto… que solo lo vemos por fuera. El recuerdo se queda como envuelto en la niebla que rodeaba al cenobio, gris y oscuro. Algunas fotos bajo los paraguas… poco más.

De vuelta a Estella (que en vasco dicen Izarra) visitamos a pie sus monumentos. Primeramente la iglesia del Santo Sepulcro, con una estupenda fachada y portada de transición al gótico, en la que aparece un tímpano con Cristo en mandorla, muchos ángeles en las claves de los desnudos arcos, y dos aparatosos bloques de apóstoles cobijados por arcos, escoltando a Cristo. Una fachada enorme, solemne, que se complementa con un ábside primitivo románico, aunque nos parece un poco abandonado todo, aislado del pueblo, quizás por estar en alto, y estar nublado, y lloviznando.

El claustro silencioso y húmedo de San Pedro de la Rúa




Luego vamos al núcleo urbano, y –siempre en las orillas húmedas del río Ega, visitamos el templo de San Pedro de la Rúa, al que se sube por unas empinadas escaleras. Tiene un claustro gigantesco, románico de transición, que nos encanta con su silencio y la humedad del ambiente.

Enfrente está el palacio de los Reyes de Navarra, con sus galerías de arcadas románicas, y el famoso capitel de la lucha de dos caballeros: Roldán caballero contra Ferragut gigante. Entonces estaba cerrado, recién restaurado, y ahora parece ser que le han colocado un Museo Gustavo de Maeztu, en su interior.

A lo lejos vemos también el monasterio de Santo Domingo, en alto también, al que hay que subir por escaleras. Con severa arquitectura gótica. En definitva, que el viejo Estella se nos aparece como un pueblo que en tiempos medievales tuvo que ser muy importante, eje y cruce de caminos. Núcleo de comerciantes, arrieros y mensajerías.

El palacio de los Reyes de Navarra,
desde la portada de San Pedro de la Rúa




Cruzamos después al corazón de la villa, y desde lejos vemos el Puente de la Cárcel, airoso, medieval, de un solo arco, aunque cruzamos el Ega a pie por el puente que conduce hacia la calle mayor, llegando enseguida (porque Estella hoy es de dimensiones muy humanas) a la Plaza de los Fueros, cobihada en sus laterales por anchos soportales, y presidida por la iglesia de San Juan, que tiene una antigua portada románica, con capiteles decorados con formas vegetales, y en el interior un gran retablo de imaginería policromada, de la escuela navarra.

En la plaza de los Fueros, este día encontramos refugiadas en los soportales a un montón de mujeres de la zona, que están celebrando su certamen de bolillos. El ambiente es alegre y de camaradería, aunque ellas competen por conseguir demostrar que saben hacer estas antiguas artesanías del hilo con la maestría que dan los siglos acumulados.

Los viajeros se afanan luego por buscar un lugar donde comer. En esta Navarra baja hay muchos y buenos. Al final lo encuentran en Izaskun, en la calle Navarrería, después de deambular por la plaza de los Fueros, por la calle de la Estrella y la Calle Mayor, Comercio y Carpintería. Allí se comen, entre otras cosas, un memorable guiso de judías pochas con añadidos cárnicos, que se quedan para siempre, como todas las palabras y las miradas de ese día, en el recuerdo permanente.

Con paso lento y atento acecho, seguimos después, en la tarde que despeja poco a poco, hacia Eunate, que no está lejos. Seguimos poniendo los pies, como queda claro, sobre las trochas antiguas del Camino de Santiago.