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27 de abril de 2026

Un paseo por el valle del Ambroz

Por Antonio Herrera Casado  |   25 / 26 Abril 2026

 Los días 25 y 26 de abril, arropados por los verdes tonos del mundo en Extremadura, la Asociación de Amigos de la Biblioteca ha realizado un estupendo viaje [cultural y amistoso] por las tierras del alto valle del Ambroz y nos hemos llegado hasta Plasencia. Han sido muchas las cosas vistas, y hemos atesorado anécdotas y buenos recuerdos. El viaje, gestionado por Mazarío (Transportes y Agencia de Viajes) nos ha servido  para conocer a Santos, el conductor, todo un profesional y caballero.


Amigos de la Biblioteca,
el grupo posa en las escalinatas
de la iglesia de Santiago en Béjar


La salida fue muy temprano, aún de noche, desde Guadalajara, el viernes 25 de abril. La llegada a Béjar, donde recogemos a nuestro guía Isidro, que nos acompañaría la jornada, sirvió para reemprender subida, zigzagueando por los vericuetos del estrecho valle del río Cuerpo de Hombre, hasta Candelario, donde subiendo y bajando cuestas pudimos admirar este enclave de la Sierra de Gredos, que aún tenía la nieve pegada a las laderas de su espalda. Admiramos su arquitectura serrana de granito, sus bien distribuidas casonas “chacineras” y el sabor de sus calles y rincones tradicionales.


Un aspecto urbano de la parte alta de Candelario.


Después volvimos a Béjar, donde con tranquilidad y muchos pasos, discurrimos su tradicional y elegante Calle Mayor, expresión de los mejores tiempos industriales de esta ciudad con solera. Las iglesias de Santiago y Santa María visitamos, así como el Teatro Cervantes y su homenaje en estatua a don Quijote, que junto a Sancho llenan la plaza mostrando la dedicatoria que Cervantes hizo de su gran libro al Duque de Béjar. En esta ciudad, de cuestas sin fin, de tradiciones ancladas, pudimos disfrutar paseando su parque de la Corredera, y desde fuera admirar el palacio ducal, hoy Instituto de Enseñanza Media.



Paseamos por la calle mayor de Béjar



Desde la altura, ya todo es bajar entre bosques de castaños, frondas y arroyos cargados de agua, llegando pronto a Baños de Montemayor, donde en uno de los hoteles del Viejo Balneario recuperamos fuerzas comiendo, y admirando entre lluvia y sol la belleza verde y húmeda del entorno de ese alto valle del Ambroz, que trae sus aguas directamente de la nieve de las cumbres.

Enseguida llegamos a Hervás, que pasa por ser uno de los pueblos con pasado judío más señalados de España. El recorrido tranquilo, bien explicado, admirando plazas, cuestas y el parquecillo de la orilla del río se nos hace corto, hasta llegar finalmente a la plazuela del convento de los trinitarios de San Agustín, donde la iglesia se mantiene con el vigor de los oros radiantes de su colección de grandes retablos barrocos, y el convento convertido en Parador hostelero de elegancia y pulcritud incontestables. En Hervás disfrutamos, aunque ya cansados, de un pueblo que es esencia de la España eterna: palacios y casas simples, plazuelas con fuentes sonoras y la calle más estrecha de España. Una sorpresa que siempre quedará en nuestras retinas.


En Hervás nos sorprende la lluvia de primavera
paseando entre sus viejos edificios.




Pasamos la noche en un hotel de Plasencia [el “ciudad de Plasencia”] que acoge al grupo con hospitalidad cierta. Y alumbramos el día saliendo a visitar este enclave que es señero, puesto en alto sobre el cauce del río Jerte, que también se viene desde las nevadas alturas de Gredos, buscando el Tajo.

En Plasencia, el caminar por sus viejas calles nos lleva ante la Catedral, que aquí es doble, porque se trata de que el edificio catedralicio actual acoge dos antiguas catedrales: la vieja, de origen románico, y la nueva, de estructura y ornamentación renacentista. Toda ella supone un complejo edificio admirable. Tuve el honor de acompañar a buena parte del grupo, y hacer con ellos de guía en esta visita de la catedral, en la que primero admiramos la severa prestancia de sus naves occidentales, con bóvedas góticas, racimos de columnas y collarines cuajados de ornamentación medieval, pasando al claustro, que mantiene intacto el aire románico-gótico de sus arcadas y capiteles, quedando un buen rato en la estancia que sirvió de Sala Capitular y hoy es uno de los espacios más espectaculares de la arquitectura medieval en España. Se cubre con una bóveda circular y apuntada que al exterior muestra la torre “del melón”, cubierta de escamas de piedra y sobre calados arcos semicirculares: esta es la más meridional de los cuatro ejemplos de Cúpulas Gallonadas que muestra la España de la Vía de la Plata (Zamora, Toro, Salamanca y Plasencia). Por una simple puerta, entramos a la catedral nueva, donde nuestra admiración se centra en la amplias y elevadas naves, restauradas con los tintes primitivos, cargadas de estatuas, de retablos, destacando la bóveda estrellada del presbiterio, la puerta de la sacristía, de estructura italiana, el altar de San Agustín, y el coro, cerrado por una reja soberbia de Juan Bautista Celma, una de las más espectaculares de nuestro país, y admirando en él las tallas sobre madera que el maestro Rodrigo Alemán dejó a finales del siglo XV: allí los pasamanos, las paciencias, las cresterías caladas y los respaldares de taracea, que convierten ese espacio en un mundo que nunca se descubrirá del todo: el mundo de las leyendas viejas y las protestas firmes.


La cúpula de la torre del Melón,
o Sala Capitular de la catedral de Plasencia.



Pero antes, desde primera mañana, hemos recorrido la ciudad con un guía oficial, de los que saben mucho, y explican “a su aire” la historia de España y aspectos generales del vivir, más que el detalle de lo que tenemos delante. En Plasencia lo que nos deja asombrados es su Plaza Mayor, un espacio perfecto de acogida urbana. Grande y animada siempre, en su extremo norte se alza la Casa Consistorial, con escudos imperiales y galería porticada, rematando la torre con el reloj que es golpeado por el Abuelo Mayorga, el personaje de latón pintado que da vida y sonido al lugar.

Pasamos luego a ir admirando la catedral por fuera, con las espectaculares portadas platerescas donde los “grandes” de la arquitectura y la simbología renacentista dejaron su huella prolija: Juan de Álava, Francisco de Colonia, Alonso de Covarrubias, Rodrigo Gil de Hontañón, Gil de Siloé… la plana mayor del Renacimiento hispano colaboró en elevar este monumento, que iba a mucho más, pero que se quedó a medias, albergando en su conjunto dos catedrales: la vieja, románica y medieval, que fue sustituida progresivamente por la nueva, renacentista y plateresca, y que hoy nos asombra con su variedad de perfiles.


La plaza de la catedral de Plasencia
permanece detenida en el tiempo de los viejos siglos.



De allí pasamos a admirar los palacios y torres de la ciudad vieja: las casonas de los Monroy, donde se retiró a morir Fernando el Católico; la de los Mirabel, viejo palacio y torre de los Zúñiga, señores del territorio, el palacio episcopal, el caserón bifronte de los Marqueses de Santa Cruz de Paniagua, o “Casa del Deán”; el convento de Santo Domingo, que hoy alberga iglesia poderosa y Parador Nacional de Turismo. Compras luego por la Calle del Sol, por la Zapatería Vieja, y finalmente la comida en “La Fragata” que pone punto y final a este viaje por tierras extremeñas y salmantinas, recorriendo con asombro parte de esta “Vía de la Plata” por donde ha transcurrido, desde los tiempos de los romanos, una buena parte de la Historia de España”.

21 de abril de 2024

Un viaje a la Vera [en primavera]

 Por Antonio Herrera Casado

 

Un par de días han bastado para darnos cuenta de lo que es la Vera [de Cáceres]: ese paraíso que tenemos tan cerca y que apenas conocemos. Un viaje casi relámpago por esa zona nos ha dejado emocionados de ver y leer estas nuevas páginas de España.

 

Jueves 18 

 

Todo empezó (con media hora de retraso) en la Caraca de los romanos, el jueves 18 de abril del 24. El viaje sin problemas, en autobús, y 24 personas, hasta Villanueva de la Vera. Este es el primero de los pueblos que nos encontramos en esta comarca, que toda ella se levanta al pie de la cara meridional de la Sierra de Gredos. Las altura, por el norte, rondan los 2.000 metros, y en la raya superior se ve la mancha de la nieve. El Almanzor, con sus 2.600 mts. por supuesto está completamente nevado.

Antes de entrar en Villanueva visitamos el Salto de la Garganta de Guantalminos, un chorretón enérgico de agua que baja de las cumbres. Se rodea de un parque muy bien habilitado y señalizado, para caminar, y al final se llega a un mirador. Algunos valientes bajan por estrecha escalerilla de piedra hasta el borde mismo de la cascada, y hacen una toma de video sonoro y espectauclar.





Después, en el autobús, llegamos a Villanueva de la Vera, y andando arribamos a la plaza mayor, donde hacemos aperitivo. El pueblo es de una arquitectura vieja y popular. Todo en el llamado “estilo verato”, con casas de adobe, entramados de madera, grandes aleros, y piedras adinteladas talladas con nombres y fechas sobre las puertas. Así son todos.

La comida en un rincón de la plaza, en el Restaurante Ringurrango, donde nos atiende, él solito, un camarero argentino que es de Saavedra, un barrio popular de Buenos Aires. La comida mejor que bien, y después al bus, donde Fernando (un aplauso para este conductor/guía/tutor que hemos tenido proporcionado por la empresa Marín) nos lleva al siguiente pueblo, Valverde de la Vera, todo en cuesta (un arrito subiendo, otro bajando) donde hacemos músculo y vemos sus estructuras urbanas, entre las que destaca la Torre Mayor de un viejo castillo en ruinas. 





Pero también disfrutamos de su Picota, en una plaza, y de grandes construcciones populares en la plaza grande. Después, callejuelas, escaleras, entramados, y una iglesia tallada en granito, con portada de viejo y sencillo gótico isabelino.

De allí, bordeando la Sierra verana, llegamos a Jarandilla, donde nos alojamos el Hotel Parador Nacional, una joya: es el antiguo castillo de los Álvarez de Toledo, y está perfectamente acondicionado. La joya del viaje. Cada uno por su cuenta visita Jarandilla, y nosotros llegamos hasta la plaza mayor, con su fuente, el Museo de “Los Escobazos” (fiesta típica de fuego el 7 de diciembre de cada año) y la iglesia, con una Virgen que lleva en la mano un sonajero popular. La cena, a nuestro aire cada cual, en el patio del Parador, hasta que refresca.





 

Viernes 19

 

La mañana nos ve ya viajando hacia un rincón maravilloso de esta comarca: a Yuste. Primero visitamos un pequeño “Cementerio Alemán” donde reposan en medio centenar de tumbas, otros tantos militares alemanes que murieron en operaciones militares sobre suelo español, en muy variadas circunstancias, en la primera y segunda guerra mundial. Un sitio –como todos los cementerios– para pensar, en la fugacidad de la vida, y en la estúpida costumbre de morir joven con las armas en la mano.





Después visitamos el Monasterio de “San Jerónimo” de Yuste, que fue de monjes jerónimos, y su anejo Palacio Imperial, donde “nuestro señor don Carlos”, el emperador y Rey de España, pasó los tres últimos años de su vida, en medio de una naturaleza vibrante, húmeda, soleada y silenciosa. El lugar nos emociona, en su conjunto, y en los detalles que una severa guía nos muestra: los dos claustros del monasterio, su refectorio, y luego las estancias austeras donde el rey dormía, comía, oía misa desde la cama, leía, y paseaba. Hay un pequeño museo con la silla y la talanquina en que le trajeron aquí desde Laredo. Y están las acequias, las balsas, las fuentes, las arboledas, esos lugares que rodean al monasterio, todo fantástico en un día de luz y calores.

De allí nos trasladamos a Garganta la Olla, donde un guía nos explica el pueblo y algunos detalles del mismo (la iglesia, el Ayuntamiento, la picota…) y vemos la “Casa de las Muñecas” que nos abre su propietario, que luego vende productos de la tierra en el local contiguo. Esta Casa de las Muñecas es un enorme y curioso edificio que sirvió de “Casa de Citas” a los soldados del emperador… todo conservado como era en el siglo XVI. Después del largo paseo, tras hacer hambre, comemos en un restaurante a la entrada del pueblo, donde degustamos productos de la tierra (o una dorada del Cantábrico, como en mi caso, porque las carnes de estas sierras son demasiado contundentes)





De allí en el bus bajamos a Cuacos de la Vera, que también recorremos, sin apenas ver habitantes, que deben estar durmiendo la siesta. Otro pueblo perfectamente conservado en su arquitectura y urbanismo. Aquí admiramos la casa de Jeromín, el hijo natural del emperador Carlos, que aquí vivió cuidado de unos nobles que al final de sus días se lo mostraron al Emperador. Junto a ella, una gran roca en medio del pueblo deja nacer la Fuente de la Higuera. La bordeamos y bajamos a la Plaza, donde hay otra gran fuente. La verdad es que en esta comarca no falta nunca el agua, y en abundancia. Es una de las zonas más “llovidas” de España. Y por eso está tan verde y rozagante.






Desde la plaza mayor de Cuacos, tras subir cuestas y escaleronas, legamos al bus, que conducido por Fernando, nos devuelve a Guadalajara tras cuatro horas de cómodo viaje. En resumen, una visita perfecta, e inolvidable, a la Vera de Extremadura.