21 de enero de 2012

Rostock, una ciudad hanseática


La Plaza de la Universidad de Rostock

Antonio Herrera Casado / 15 Mayo 2011
Los viajeros han llegado a Rostock a bordo del barco que les está conduciendo por el mar Báltico a sus capitales más emblemáticas. Este barco se llama “Empress” y es un enorme transatlántico que se dedica a transportar a la gente, de dos mil en dos mil, por las aguas del mar Báltico desde mayo a septiembre de cada año. El turismo de cruceros es cada vez más denso porque es cada vez más barato. Y porque es una forma muy cómoda de conocer, en pocos días, muchos países con sus añadidos atractivos de paisajes, ciudades y memorias.
El viaje de Copenhague a Varnemünde lo ha hecho el Empress en unas 14 horas, yendo realmente despacio, sin fatigarse. La llegada al puerto del Mar del Norte alemán se hace suavemente. Los viajeros no son de los que se apuntan a las excursiones programadas, prefieren montárselo por su cuenta: hoy con los medios de comunicación por redes y pecés, uno puede programarse una visita a una ciudad con horarios y milímetros previstos. Así hacemos en esta fría mañana de primavera: al bajar del barco tomamos el tren local que desde el puerto nos lleva al extrarradio de Rostock, a su Hauptbanhof, desde la que sin problema alguno nos trasladamos andando al centro.
Al ser domingo, la ciudad está desierta, todos los comercios cerrados, y en las calles solo algún peatón con prisa va de una casa a otra, a visitar familiares, a no se sabe qué. La verdad es que Rostock es una ciudad maravillosa a la que merece la pena dedicarle un día de caminatas y admiraciones.
Fue una de las bases comerciales de la Liga Hamseática, comandada durante la Edad Media por Hamburgo. Se encuentra al borde del río Warnow, en su orilla izquierda, cuando entre meandros se dirige a desaguar en el Mar del Norte oriental (que es como llaman los alemanes al Bático que baña sus costas). Estuvo rodeada de fuerte muralla, con un castillo en lo más alto, y diversas puertas de acceso, de las que quedan algunas muy interesantes y bien restauradas. La ciudad sufrió, en 1945, el consiguiente bombardeo aliado, quedando laminada, como todo el país. Tras la división del Estado alemán, Rostock quedó en el lado de la República Democrática, controlada bajo un régimen comunista por Moscú. Durante más de cuarenta años, apenas creció y sus habitantes se dedicaron a la industria de los astilleros. Tras la unión de ambas alemanias, muchos de sus habitantes se fueron a la parte occidental, en busca de nuevos horizontes, con lo que la ciudad ha quedado aún más reducida en habitantes. Hoy no pasa de los 60.000.
Es hermoso el centro, al que se accede por amplias avenidas que dejan a un lado las viejas puertas del burgo medieval. Son estas  la Steintor, la “puerta de piedra”, que es la primera que vemos al llegar, esbelta y repintada cubierta de escudos y frases latinas. En la gran plaza admiramos el Ayuntamiento y una serie de edificios al viejo estilo hamseático, con fachadas elevadas y cubiertas muy inclinadas. Visitamos, en ella, la gran iglesia evangélica de Santa María, la Marienkirche, en la que pasamos un largo rato admirando algunas de sus maravillas, perfectamente rehabilitadas. Entre ellas, nadie debería dejar de ver el púlpito, obra de Rudolf Stockmann en 1574; el gran órgano barroco, una genialidad de Paul Schmidt a finales del siglo XVIII, y sobre todo el gran reloj astronómico de 1472, en el trascoro, que ofrece los complicados cálculos que los sesudos teutones echaban para medir el paso del tiempo, tan solemne y sencillo a un tiempo. Sobre su frente se ven talladas figuras del Zodiaco, personajes de la ciudad, frases, mitos y animales: una preciosidad en la que nos pasamos largo rato, mirando…
La Puerta Kropeliner en Rostock
Por la calle principal, la Kropeliner Strasse, en la que solo hay abiertos unos pocos bares, una sex-shop, y una oficina de turismo, corre el viento del mar con furia y alfileres. Nos refugiamos, en la plaza de la Universidad, en el bar de la Breite Strasse, donde a lo tonto a lo tonto, entre los ocho nos metemos al cuerpo varias jarras de cerveza acompañadas de patatas fritas y ketchup. ¿La razón? Era lo único que entendíamos de la complicada carta que nos ofrecían. Por esa calle mayor llegamos a la puerta del norte, la Kropeliner Tor, en la que han montado un centro de arte. Bajamos hasta la orilla del río, vemos a lo lejos la aguja increíble de la iglesia de San Peter, y acabamos calentando el cuerpo con un café en la Markplatz antes de volvernos al barco, previo paseo por los bosques circundantes en el tren lanzadera.
En Warnemünde, el puerto nórdico junto al que se abren algunas playas blancas que no invitan, para nada, a bañarse (por el aire que corre, llegando desde Suecia, no por otra cosa), los viajeros se entretienen en un mercadillo que han montado para los cruceristas. Baratijas de todo tipo, postales, bufandas y gorros nórdicos. Tacitas para el te, y peluches con forma de oso, o de reno. Todo carísimo y un tanto triste, porque estos alemanes y alemanas del norte (qué diferencia, con la alegría de los bávaros) tienen pinta de no reirse ni aunque les cuente Gila una de sus batallitas telefónicas. Nos vamos con viento fresco, nunca mejor dicho, hacia el norte…

No hay comentarios:

Publicar un comentario