19 de septiembre de 2015

Por fin he visitado Sant Pere de Rodes

Bóvedas del templo románico de San Pedro de Rodas



















Antonio Herrera Casado / 11 Septiembre 2015

Uno de mis anhelos ha sido siempre no morirme sin dejar de visitar el Monasterio de San Pedro de Rodas, el más oriental y norteño de los monasterios españoles. Y por fin lo he conseguido. El 11 de septiembre de 2015, junto a los amigos y amigas del Grupo Cultural “Arquivolta” de Guadalajara, hemos visitado este enclave único y maravilloso.
El viaje lo hicimos desde Bañolas, donde estábamos alojados, en el autobús de Marín conducido por su intrépido Antonio, a quien ninguna dificultad espanta. Subimos desde Figueras el enorme puerto de montaña que nos llevó hasta las cercanías del monasterio, y de allí por camino durante 15 minutos de marcha accedimos al portón de entrada, al que llegamos cinco minutos antes de las 10, recibiendo en ese momento la noticia de que la guía contratada para enseñárnoslo, residente en Figueras, no iba a acudir porque se había dormido…. (también en Cataluña hay gente que no se merece el puesto de trabajo que tiene, con tantos estupendos profesionales que adornan las listas inmensas e incabables del paro en España).
Me entusiasmó la idea de que el resto de compañeros y compañeras del viaje me pidieran que yo hiciera de guía. Me conocía el lugar tan sólo de haber leído sobre él, y alcanzaba una meta soñada. Así es que durante poco más de tres cuartos de hora recorrimos el lugar. Que es impresionante.
Imaginad una montaña de casi 700 metros junto al mar, al que llega entre acantilados, olivares y bosques densos. Abajo, entre el puerto y la playa, está Port de la Selva, un lugar paradisiaco de la Costa Brava. En su término, sobre la empinada ladera del monte, a 570 metros de altitud, se alza San Pedro de Rodas. Un monasterio hoy vacío de monjes, y solo destinado a la visita turística. Pero con el recuerdo de tantos siglos, tantas gentes y tantas maravillas secuencialmente acumuladas.  El lugar de enclave es espectacular: el día era limpio, el cielo despejado y la temperatura mediterránea de un verano decadente.
El lugar fue ocupado por eremitas desde el siglo VI, al menos. En el X llegaron los monjes benedictinos, y en los siglos sucesivos fue creciendo la abadía, bajo el amparo político de los señores feudales del entorno del Ampurdán y la Cerdaña. Adquririó sus enormes proporciones en la Baja Edad Media, y fue decayendo posteriormente, hasta llegar el 1835 en que la Desamortización de Mendizábal impuso el abandono del edificio a los monjes que aún lo habitaban. Todo quedó vacío y comenzó el expolio, el saqueo metódico y permanente, que llegó a mediados del siglo XX a dinamitar las zonas de subsuelo para encontrar tesoros. Todo se lo llevaron las manos avariciosas de gentes que viven del expolio de quienes han trabajado duro. Nada quedó (solo dos fragmentos en el Museo de Arte de Cataluña en Barcelona) de la espléndida fachada románica del atrio. Nada de los capiteles de su claustro, de las tallas de sus altares, de los códices, y demás elementos artísticos que atesoró la casa en sus largos siglos de vida.

El monasterio de San Pedro de Rodas desde Levante, 11 septiembre 2015


Cuando hacia 1967 intenté ir a ver aquel lugar, me enteré que era casi imposible: no había caminos, no quedaban otras señales que las ruinas imponentes de sus dos torres colgando sobre el precipicio. Unas fotografías de Catalá Roca publicadas en el libro “Els monestirs catalans” de Antoni Pladevall que por entonces compré, me llamaban con fuerza: el entorno (blanco y negro) parecía surgir de la niebla y el mar…  afortunadamente, todo se ha restaurado: en julio de 1999, el actual rey de España Felipe VI de Borbón, entonces príncipe, inauguraba solemnemente el gran trabajo de su restauración, hecho con los aportes económicos del gobierno autónomo de Cataluña y del Ministerio español de Cultura. La restauración que se ha hecho en San Pedro de Rodas debe enorgullecernos a todos los españoles y al mundo de la cultura en general.

Hemos visitado asombrados su iglesia, gigantesca, única, con sus naves altísimas y sus columas y pilares adosados rematados en capiteles románicos prodigiosos, que se han salvado debido a la altura en que se encuentra. Fue espectacular contemplar la cripta (aunque hoy vacía) bajo el presbiterio.Y los dos claustros monacales (el bajo, antiguo, pequeño, y el alto, que se hizo casi volando sobre el aire. También es muy llamativa la torre campanario, de la que solo quedan las paredes, pero que se visita en su interior mediante una escalera de caracol levantada en el centro. Un rato (que se me hizo muy corto) intenso y vibrante. Yo recomiendo a quien guste de descubrir España palmo a palmo, en las reliquias arquitectónicas de su esencia histórica, que aproveche ahora para llegarse hasta San Pedro de Rodas. El monasterio benedictino más oriental de España, levantado sobre una espléndida montaña, con vistas inolvidables sobre el golfo de Rosas, España a un lado, al otro Francia. Y deambule por sus salas, su templo, sus patios, sus claustros y su entorno de bosque, de fuentes y clamores.

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