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27 de octubre de 2019

La sorpresa románica de Grado de Pico


El pasado sábado 19 de octubre de 2019, aprovechando el rato de sol que hubo tras la comida, bajamos desde Condemios de Arriba (donde se había celebrado el XII Día de la Provincia) hasta Grado de Pico, un pueblo segoviano, frontero con Guadalajara. A la caída de poniente de la Sierra de Pela, se abriga el pueblo entre roquedos y densas choperas, que empezaban a amarillerar, porque el aire allí es muy fresco y el otoño se anuncia mucho antes que en la capital. Íbamos Fernando Benito y yo, con nuestras respectivas, y aunque (se ve que por lo mayores que vamos siendo) nos confundimos de camino en principio, luego lo enderazamos y arribamos a este pueblo sencillo y calmo, que por senderos está a poco más de media legua desde Villacadima.

Los viajeros en la puerta de la iglesia de Grado de Pico


En Grado de Pico (que está situado bajo la sombra del Pico de Grado, lo cual es lógico) encontramos casas antiguas, perros y gatos, algunos escudos picados y dinteles tallados… pero encontramos sobre todo, en lo alto del pueblo, la iglesian parroquial, dedicada a San Pedro, y hoy cerrada. Aunque lo que se ve al exterior es tan espectacular, que poco importa. Esta iglesia forma entre lo mejor del románico de Castilla, aunque muy pocos escritores se han ocupado de ella. Especialmente digno de reconocer es el trabjo que le dedicó hace ya muchos años el profesor Bango Torviso, uno de los más sabios conocedores del románico español.
Aunque el tema merece un artículo largo y reposado, en este blog de viajes sí que quiero reflejar, tras la sorpresa, lo fantástico del conjunto, su armonía, su buena conservación, su belleza de colores y formas: en definitva, la emoción que supone ver por vez primera un conjunto arquitectónico cuajado de mensajes.
Iglesia del siglo XIII, con su fachada sur decorada, su fachada norte herméticamente cerrada y plana, su muro de poniente con espadaña leve, y su cabecera oriental con un ábside cuadrado en cuyo centro aparece una eminencia de planta semicircular que reproduce el primitivo ábside

Fachada meridional de la galería de la iglesia de San Pedro,
en Grado de Pico (Segovia)


En la fachada sur, a la que esta tarde ilumina un sol en caída, que arranca tonos casi rojizos a la piedra segoviana, destaca su galería porticada, compuesta de dos intercolumnios de tres espacios cada uno, y la portada/acceso central. Los vanos de los intercolumnios están cegadas, desde hace mucho tiempo, para ganar espacio en el interior. Pero sus capiteles permanecen intactos, aunque ocultos en parte por el cierre de los espacios. La puerta, semicircular, tiene una cenefa tallada con veintucuatro cabezas de tipo demoniaco, aunque hay quien opina que son cabezas de lobos (son similares a las de la cercana iglesia de Pecharromán). Ese arco de entrada está sostenido por dos capiteles espectaculares, tallados con minucia, muy bien conservados: en el del lado izquierdo, aparece una Epifanía de tipo “proskynesis” en la que uno de los Reyes Magos besa el pie del Niño Jesús. En el del lado derecho, dos grifos enfrentados, con sus alas desplegadas, sus grandes picos, sus garras… no les falta detalle.

Capitel de la entrada, representando una pareja de grifos enfrentados,
en la iglesia de San Pedro de Grado de Pico.


Los cuatro capiteles (ocho en total) de cada lado de la galería porticada, muestran elementos vegetales, geométricos y antropológicos muy vistosos. Hay elementos ranurados simples, hay conjuntos bellísimos de vides, con uvas y troncos, hay cestos y acantos… y en uno de ellos hay cabezas monstruosas rodeadas de lazos, siendo el más interesante el que muestra a un par de figuras exhibiendo en lo alto de sus manos unos crótalos o triunfos… sería prolijo detenerse en el análisis de sus significados. Pero, en todo caso, conviene dejar constancia de la existencia de este templo, antiguo y hermoso, perfecto de conservación y vibraciones. El de San Pedro en Grado de Pico, en Segovia…. Uno más de esos pequeños y remotos lugares de nuestra Patria en los que se hace fácil emocionarse.

6 de septiembre de 2016

Subida a Escornalbou

Antonio Herrera Casado  /  3 Septiembre 2016

El viajero ante el cerro de Escornalbou en Tarragona
El monasterio y castillo de Escornalbou es de esos sitios que existen en España, conocido de muy pocos, y al que merece la pena ir, al menos, una vez en la vida. Yo he ido hoy, sábado 3 de septiembre de 2016, y en realidad era la segunda vez que iba, porque la primera, que fue en 1977, me dejó muy impresionado, y quería volver alguna vez más.
Para tener una idea aproximada de lo que vamos a encontrar en Escornalbou, hay que pensar en un puntiagudo cerro rocoso, cubierto de bosque, a casi 700 metros de altura sobre el nivel del mar, y que fue en primitivos tiempos un fuerte castro ibérico, rodeado de murallas, y sobre el que han pasado los siglos con mil avatares, construcciones, gentes e historias.
Para llegar a este lugar, hay que avanzar por la carretera autovía A-7 que comunica junto al Mediterráneo Valencia con Tarragona, y a la altura de Cambrils adentrarse en los campos y tras pasar por Montbrió de Camps, ascender hacia Riudecanyes, y de allí, siguiendo los indicadores, bien visibles, subir por una carretera de montaña hasta la altura del monasterio, que fue primero de monjes agustinos y cistercienses, y más tarde de franciscanos recoletos. Favorecidos de los reyes de Aragón y protegidos por los obispos de Tarragona, construyeron en el siglo XII la iglesia, el monasterio y su conjunto de dependencias, entre las que destaca todavía hoy parte del claustro y la sala capitular.

El claustro del monasterio de San Miguel de Escornalbou


En la Desamortización, quedó el conjunto abandonado, comenzando su destrucción paulatina, hasta que a comienzos del siglo XX lo encontró el intelectual de la Renaixença don Eduardo Toda i Güell, quien lo adquirió del Estado y lo reconstruyó por entero, con sabiduría y tino, levantando una magnífica residencia aristocrática en lo que había sido el monasterio, respetando iglesia, claustro, sala capitular, etc. Llegó a visitarlo, en 1930, el rey de España Alfonso XIII con su familia y autoridades provinciales, tras inaugurar el embalse de Riudecans. Y tras la guerra y su nuevo abandono, fue adquirido por la familia Llopis, de Reus, a quien ha pertenecido hasta recientemente, que ha sido adquirido por el Gobierno Regional de Cataluña, adecuándolo a la visita turística, que es guiada durante el verano.

La biblioteca de Edurard Toda i Güell en el monasterio de Escornalbou


Magnífica impresión la que hemos sacado del conjunto, en un día de mucho calor en el que sonaban las chicharras entre los pinos, y el mar, a lo lejos, apenas se adivinaba debido a la calima sahariana. La casa señorial, adornada de colecciones de muebles, litografías, cerámicas, rapta la atención del visitante. Yo especialmente me he quedado fascinado viendo la biblioteca (una mínima parte de la original solamente ha quedado) que montó Toda, con muchos libros en francés e inglés, pues él dominaba siete lenguas, entre ellas el chino. Guardó una calavera entre los libros, y entre ellos se ve hoy su máscara mortuoria.
La iglesia de Escornalbou es un espacio único y solemne, románico de transición, siglo XIII. Bajo el presbiterio aparece una cripta, que daba paso por detrás al cementerio de los monjes. De la aneja sala capitular ha quedado el breve recinto dedicado a capilla de la Mare de Deu. Y ante los edificios, un patio abierto, en el que se han colocado las salvadas columnas y capiteles del viejo claustro, gótico incipiente, que sirve hoy como extraordinario mirador sobre las sierras tarraconenses.

El salón de música y baile de la Casa de Toda en Escornalbou


En la casa de Toda y los Llopis, que se mantiene intacta, se visitan los salones amueblados y los dormitorios entre los que destaca el dedicado al obispo de la diócesis, solemne y barroco. Estupendas colecciones de cerámica y vidrio aún se conservan, más los libros, cuadros, muchas estampas y grabados. La guía que nos lo enseñó, al grupo de una docena de personas que fuimos ese día, cuenta cosas curiosas de la vida en aquella casa, en castellano y en francés.

Como remate, se pueden visitar los jardines exteriores al monasterio, y ascender por una empinada rampa a la ermita de Santa Bárbara que corona el viejo castro. Aunque en esta ocasión el viaje lo hemos hecho en pleno canícula, y en un día de “ola de calor”, la maravilla del lugar compensa de cualquier vicisitud.

19 de septiembre de 2015

Por fin he visitado Sant Pere de Rodes

Bóvedas del templo románico de San Pedro de Rodas



















Antonio Herrera Casado / 11 Septiembre 2015

Uno de mis anhelos ha sido siempre no morirme sin dejar de visitar el Monasterio de San Pedro de Rodas, el más oriental y norteño de los monasterios españoles. Y por fin lo he conseguido. El 11 de septiembre de 2015, junto a los amigos y amigas del Grupo Cultural “Arquivolta” de Guadalajara, hemos visitado este enclave único y maravilloso.
El viaje lo hicimos desde Bañolas, donde estábamos alojados, en el autobús de Marín conducido por su intrépido Antonio, a quien ninguna dificultad espanta. Subimos desde Figueras el enorme puerto de montaña que nos llevó hasta las cercanías del monasterio, y de allí por camino durante 15 minutos de marcha accedimos al portón de entrada, al que llegamos cinco minutos antes de las 10, recibiendo en ese momento la noticia de que la guía contratada para enseñárnoslo, residente en Figueras, no iba a acudir porque se había dormido…. (también en Cataluña hay gente que no se merece el puesto de trabajo que tiene, con tantos estupendos profesionales que adornan las listas inmensas e incabables del paro en España).
Me entusiasmó la idea de que el resto de compañeros y compañeras del viaje me pidieran que yo hiciera de guía. Me conocía el lugar tan sólo de haber leído sobre él, y alcanzaba una meta soñada. Así es que durante poco más de tres cuartos de hora recorrimos el lugar. Que es impresionante.
Imaginad una montaña de casi 700 metros junto al mar, al que llega entre acantilados, olivares y bosques densos. Abajo, entre el puerto y la playa, está Port de la Selva, un lugar paradisiaco de la Costa Brava. En su término, sobre la empinada ladera del monte, a 570 metros de altitud, se alza San Pedro de Rodas. Un monasterio hoy vacío de monjes, y solo destinado a la visita turística. Pero con el recuerdo de tantos siglos, tantas gentes y tantas maravillas secuencialmente acumuladas.  El lugar de enclave es espectacular: el día era limpio, el cielo despejado y la temperatura mediterránea de un verano decadente.
El lugar fue ocupado por eremitas desde el siglo VI, al menos. En el X llegaron los monjes benedictinos, y en los siglos sucesivos fue creciendo la abadía, bajo el amparo político de los señores feudales del entorno del Ampurdán y la Cerdaña. Adquririó sus enormes proporciones en la Baja Edad Media, y fue decayendo posteriormente, hasta llegar el 1835 en que la Desamortización de Mendizábal impuso el abandono del edificio a los monjes que aún lo habitaban. Todo quedó vacío y comenzó el expolio, el saqueo metódico y permanente, que llegó a mediados del siglo XX a dinamitar las zonas de subsuelo para encontrar tesoros. Todo se lo llevaron las manos avariciosas de gentes que viven del expolio de quienes han trabajado duro. Nada quedó (solo dos fragmentos en el Museo de Arte de Cataluña en Barcelona) de la espléndida fachada románica del atrio. Nada de los capiteles de su claustro, de las tallas de sus altares, de los códices, y demás elementos artísticos que atesoró la casa en sus largos siglos de vida.

El monasterio de San Pedro de Rodas desde Levante, 11 septiembre 2015


Cuando hacia 1967 intenté ir a ver aquel lugar, me enteré que era casi imposible: no había caminos, no quedaban otras señales que las ruinas imponentes de sus dos torres colgando sobre el precipicio. Unas fotografías de Catalá Roca publicadas en el libro “Els monestirs catalans” de Antoni Pladevall que por entonces compré, me llamaban con fuerza: el entorno (blanco y negro) parecía surgir de la niebla y el mar…  afortunadamente, todo se ha restaurado: en julio de 1999, el actual rey de España Felipe VI de Borbón, entonces príncipe, inauguraba solemnemente el gran trabajo de su restauración, hecho con los aportes económicos del gobierno autónomo de Cataluña y del Ministerio español de Cultura. La restauración que se ha hecho en San Pedro de Rodas debe enorgullecernos a todos los españoles y al mundo de la cultura en general.

Hemos visitado asombrados su iglesia, gigantesca, única, con sus naves altísimas y sus columas y pilares adosados rematados en capiteles románicos prodigiosos, que se han salvado debido a la altura en que se encuentra. Fue espectacular contemplar la cripta (aunque hoy vacía) bajo el presbiterio.Y los dos claustros monacales (el bajo, antiguo, pequeño, y el alto, que se hizo casi volando sobre el aire. También es muy llamativa la torre campanario, de la que solo quedan las paredes, pero que se visita en su interior mediante una escalera de caracol levantada en el centro. Un rato (que se me hizo muy corto) intenso y vibrante. Yo recomiendo a quien guste de descubrir España palmo a palmo, en las reliquias arquitectónicas de su esencia histórica, que aproveche ahora para llegarse hasta San Pedro de Rodas. El monasterio benedictino más oriental de España, levantado sobre una espléndida montaña, con vistas inolvidables sobre el golfo de Rosas, España a un lado, al otro Francia. Y deambule por sus salas, su templo, sus patios, sus claustros y su entorno de bosque, de fuentes y clamores.

24 de agosto de 2013

Viaje al románico de Sierra Pela

El ábside de la iglesia de la Trinidad,
en Atienza. Al fondo el Ford Explorer.
Antonio Herrera Casado  /  25 Agosto 2001

En una jornada dominguera de verano, los viajeros han completado una gira por los pueblos mínimos y los templos recónditos que la época plena del Medievo dejó alzados por las tierras altas del nordeste de la provincia de Guadalajara, y que hoy constituyen, dando vida a las consideraciones topoadministrativas de la organización turística, la “Ruta del Románico de Sierra Pela”. Muchos templos rurales, pequeñas ermitas, algún que otro monasterio arruinado: sin entrar en los detalles de cada uno, de las consideraciones estilísticas, en comparaciones y adjetivos, o en admiraciones sinceras, aquí el viajero quiere dejar constancia de un periplo que estuvo más lleno de vida que de objetivos patrimoniales.
Con su Ford Explorer, al que no se le ponen trabas cuando se trata de llegar a objetivos complicados, desde Guadalajara por la carretera que va por Hita hacia Jadraque, y tras dejar a su izquierda el hermoso templo de Padilla que se alza sobre un altozano rocoso, los viajeros llegan a la población de Pinilla de Jadraque, en la que admiran el templo, calificado de Monumento Nacional, de su parroquia, en el que pone altura la espadaña de cuadro vanos sobre el muro occidental, mientras que en ese y el meridional se abren los arcos de su galería porticada, en la que deben admirarse uno por uno, y tratar de desentrañar su misterioso sucesivo, los capiteles con escenas bíblicas en las que los vestidos y formas son copias indudables de antiguos manuscritos visigodos iluminados.
Un poco más allá, por difíciles caminos de montaña, los viajeros llegan al monasterio cisterciense de San Salvador de Pinilla, hundido ya, y abandonado de sus dueños, y en él admiran los restos de su templo de una nave y el ábside de planta semicircular, más el perímetro de lo que fue claustro románico, del que solo quedan montones de ruinas cubiertas de hierba, y el apunte de un arco doble con capitel geométrico.
Por la carretera que lleva a Soria, llegan los viajeros a Atienza, donde se entretienen en admirar sus clásicos y mucho más conocidos templos: la Santísima Trinidad y su ábside espléndido; Santa María del Rey en lo alto, con el cementerio de la villa delante, y sus portadas únicas, especialmente la que muestra caracteres arábigos; luego el templo de San Bartolomé, adornado en su frente con el jardín y la galería de fustes abalustrados, para acabar admirando, tras patear los barranquillos que la separan de la villa, el humilde templo de Nuestra Señora del Val, en cuya arquivolta interior aparecen unos saltimbanquis retorciéndose sobre sus espaldas, pisándose la cabeza con los pies: únicos e inolvidables.


El ábside románico de la ermita de Santa Colomba en Albendiego (Guadalajara)

De allí los viajeros, por la carretera que lleva a Aranda, suben la meseta que forma la aplanada Sierra de Pela. En ella, admiran la ermita de Santa Colomba de Albendiego, el lugar que justifica un viaje por sí solo, con su templo perfecto y su ábside adornado de calados rosetones en celosías de piedra. Los que saben dicen que ese es un mensaje claro de templarismo y esoterismo medieval: un libro abierto. Después ascienden a la altura de Campisábalos y allí visitan el templo de San Bartolomé, que nos enseña el viejo guía Santiago, el hombre que parece estar vivo desde siglos atrás, y emerge de la oscuridad de la nave frente al iluminado ábside interior. Pegado al templo está la capilla del caballero San Galindo, en la que ven los capiteles silentes que soportan el gran arco de su presbiterio. Saben que están en uno de los lugares capitales del arte románico español, y los viajeros apenas hablan, mirando este detalle, aquel signo: un viaje iniciático, quizás?
La vuelta hacia valles más amables la hacen recorriendo mínimas aldeas en las que los escasos habitantes que hoy quedan acuden de vez en cuando a orar en esos templos gigantescos y expresivos del románico más perdido: van a Casillas, a Romanillos, a Bochones, a Hijes, a Alcolea de las Peñas, donde antes se han parado a admirar el lugar de habitación de Morenglos, un pueblo medieval construido sobre una roca, a su vez perforada por numerosas cuevas, sobre la que se alza orgulloso el paredón gris de la espadaña de su semiperdido templo.
Ya en torno al Henares, o en los valles de sus afluentes, los viajeros acaban el largo día visitando la iglesia de Pozancos, con su portada perfecta de arquivoltas románicas y capiteles que recuerdan a los de la cercana catedral seguntina. Y al final cruzan delante de la ciudad episcopal, a la que en esta ocasión bordean sin entrar en ella, para dirigirse al enriscado lugar de Pelegrina, sobre el estrecho valle del río Dulce, donde con las últimas luces del día admiran el templo románico al que un obispo renacentista le talló sus armas sobre el tímpano de la portada, y su espadaña campanil, que parece charlar sin cansarse con las ruinas alzadas del castillo que amenaza con hundirse de un momento a otro.

La charla eterna de los viajeros entra en la noche cuando vuelven a Guadalajara. Dejan descansar al inquieto Ford Explorer, que nunca defrauda, y se ponen a ordenar, sin prisas, las fotos que han hecho, las ideas que han levantado, y los recuerdos que han dejado tallados en la memoria, esa página contra la que no pueden las borrascas del tiempo.

13 de abril de 2013

De Museos por Barcelona

La Casa del Doncel de Sigüenza,
reproducida en el Pueblo Español

Antonio Herrera Casado  /  11 Abril 2013

Aparte de ser una ciudad cosmopolita, dinámica, luminosa y mil cosas más, Barcelona es una ciudad cuajada de museos. El municipio, la Iglesia, el gobierno autónomo, y hasta entidades y particulares, han montado docenas de museos por la ciudad, de tal modo que quien tenga tiempo suficiente, ganas y sobre todo amor al saber cosas nuevas, puede estarse largas semanas mirando museos, recorriendo salas y especialmente asombrándose de los objetos y las memorias que estos guardan.
En cuatro días de estancia en Barcelona, los viajeros han podido visitar otros tantos museos en Barcelona. Además de subir y bajar la Rambla, llegarse hasta Pedralbes y no dejar rincón sin ver en la Sagrada Familia. Pero sus visitas al Museo Nacional de Arte de Cataluña, al Pueblo Español, al Museo Marés, y a la Pedrera, pueden marcarse como los hitos principales de sus visitas museísticas, dedicando a cada enclave dos horas como máximo, que es el tiempo que una persona consciente debe dedicar a visitar un Museo, porque alargarlo más tiempo supone cansarse mucho y montar un lío en la cabeza que luego no vale para nada.

El Museo Nacional de Arte de Cataluña

El primero de esos museos es el MNAC. Instalado espléndidamente en el inmenso edificio que sirvió como “Palacio Nacional” para albergar el pabellón de España de la Feria de Muestras de 1929, se alza en la colina de Montjuic como una complicada mole de piedra en estilo ecléctico construida. Tiene varias secciones, todas ellas muy amplias y bien dotadas de piezas, albergando en ellas lo principal del arte mueble catalán. Los viajeros han decidido no perderse el primero de sus espacios, el dedicado al arte románico, porque en él está la colección de pintura románica más amplia del mundo, ya que contiene decenas de frontales de altar, y sobre todo las pinturas murales de varias decenas de iglesias pirenaicas, que corriendo el peligro de perderse o ser robadas, hace muchos años se desmontaron de sus lugares originales y se reconstruyeron íntegras en las salas de este Museo. Así vemos los dos templos de San Climent de Taull y Santa María de Taull, con sus maravillosas pinturas de ábsides, y la decoración completa de sus muros, bóvedas y columnas.
En este Museo visitamos luego las salas de escultura y orfebrería románicas, con restos salvados de viejos templos y abadías, más una larga muestra de vírgenes románicas y Calvarios medievales.
Los viajeros tienen aún tiempo de entrar en la sección del “Gótico” y allí casi corriendo ven pasar ante sus ojos los salones repletos de tallas de vírgenes, santos, apóstoles, y cuadros y retablos espléndidos que reflejan la riqueza del arte medieval catalán. Especialmente maravilloso es el cuadro de “La Virgen del Consellers” que a finales del siglo XV pintó Lluis Dalmau para el salón del Ciento del Ayuntamiento barcelonés, y que ahora luce aquí como una de las piezas principales del museo. Quedan todavía las salas del Renacimiento, del Barroco, del Romanticismo, del mundo actual… queda para próximas visitas, lo prometemos.

El Pueblo Español

Como un Museo al aire libre puede calificarse el “Pueblo Español” de Barcelona. Se construyó a instancias del arquitecto Puig i Cadafalch, estudioso del arte, españolista a tope, sabedor de todos los entresijos de la cultura hispánica: aquí se trató de mostrar, al gran público que acudiría a la Exposición de 1929, la esencia de la arquitectura española. Sigue siendo un lugar de peregrinación de turistas, cualquier día de la semana (abre a diario) está pleno de visitantes que admirar entretenidos sobre una superficie de 40.000 m2 el centenar largo de edificios singulares, fieles reproducciones de lo que pueblan las villas y ciudades de España, distribuidos sobre calles y plazas, forman un verdadero pueblo que podría ser habitado de gentes, aunque hoy sus locales están ocupados en su totalidad por artesanos, comercios de temas culturales, restaurantes y exposiciones. Hasta un monasterio medieval tiene en su extremo norte, mientras que todo el ámbito se centra sobre una gran Plaza Mayor en la que, con su quiosco de la música y todo, parece presidir el ayuntamiento de Valderrobles, mientras sobre el conjunto asoma la imponente torre mudéjar de Utebo. Lo que más sorprende es que este conjunto, maravilloso y absolutamente recomendable, se construyó en tan solo dos años, entre 1927 y 1929.

El Museo Marés

La tercera visita es para el Museo Frederic Marés. Un viejo palacio del barrio gótico barcelonés, situado entre la catedral y el viejo palacio real, con su portada abierta a la recoleta plaza de Sant Iu, alberga la colección de arte y curiosidades que a lo largo de su vida (98 años en total) coleccionó el escultor catalán Frederic Marés, y que en 1944 donó a la ciudad de Barcelona, cuyo Ayuntamiento mantiene hoy la institución, muy poco visitada para lo que de interés reúne.
Es de destacar que la entrada, barata, sirve para venir siempre que se quiera, en un periodo de 6 meses tras su adquisición. Así podrá el visitante entretenerse cada día en una de sus salas, pues en los cuatro pisos que muestra aparecen más ¡¡¡100.000 piezas!!! a cual más sorprendente…
Tras pasar un rato en el patio de la entrada, que es de visita libre y hasta mantiene una terraza al aire libre donde se puede descansar del bullicio de la ciudad mientras se saborea un buen café, la planta baja ofrece colecciones de escultura y pintura. Maré era fundamentalmente admirador del Medievo, y es por eso que buscara las tallas de Vírgenes y Cristos que por Cataluña a principios de siglo aún existían a cientos. Aquí hay, de esos temas, tres veces más material que en el Museo Nacional. Además adquirió el escultor muchas piezas de otras regiones españolas, encontrándonos así como portadas románicas completas de Burgos y Palencia, sarcófagos romanos, figuras celtibéricas, más otra enorme muestra de tallas renacentistas y barrocas. Hay, por supuesto, cosas de Berruguete, Juni, Giralte y otros primeras figuras.
La segunda planta está dedicada a la pintura, y las plantas tercera y cuarta, a las que llaman “Galería del Coleccionista” es donde se almacenan miles de piezas de lo más diverso que Marés buscó por el país entero: abanicos, pipas, fotografías, soldaditos de plomo, muñecas, cajas de cerillas, floreros, piezas de forja.. un no acabar, que el viajero debe poner límite tasando el tiempo de visita. Merece varias.

Detalle de un remate de la cubierta de La Pedrera


La Pedrera

Y un último paseo museístico es el que han dedicado los viajeros a visitar la Casa Milá, llamada “La Pedrera” en pleno Paseo de Gracia. El edificio de viviendas más emblemático de Gaudí, que recibe a diario miles de visitantes. Es recomendable acceder a él en los primeros minutos del día (abre a las 9), porque luego las colas que se forman para entrar dan algunas veces la vuelta al edificio.
Se construyó entre 1906 y 1912 (acaba de cumplir el primer siglo de vida) y por su recia contextura parece que va durar siempre, mucho más que los más poderosos castillos. Espléndido en su chaflán del Ensanche, sorprende su fachada de líneas curvas, sus balcones cuajados de rejerías oníricas, y los enormes respiraderos y chimeneas que se alzan sobre la cubierta de la terraza. La visita se empieza por arriba, y comprende tres espacios fantásticos: la terraza, en la que el visitante puede estarse largo rato mirando las chimeneas de variados aspectos, simulando guerreros, o llamas, ni se sabe qué, de tan imaginativo que es. Se baja luego a lo que fueron los desvanes de la casa y que se constituye en un “Espai Gaudí” donde se muestra la obra del arquitecto catalán, mientras se va discurriendo por salas en las que las bóvedas que sostienen sus 270 arcos catenarios darían lugar hoy incluso a uno de los espacios arquitectónicos más modernos que se pueda imaginar. Gaudí fue un genio único, especial, al que sin duda admiran todos (y mucho más después de visitar la Pedrera).
Finalmente, se visita más abajo uno de los pisos que se muestran museificados, admirando la forma en que Gaudí daba luz a sus pasillos interiores, a todas la habitaciones, y viendo cómo se ocupaban estas de baños, salones, despachos, cuartos de dormir y de servicio, etc. Una breve sala de exposiciones en la planta baja, y la tienda enorme, que parecen los “grandes almacenes gaudianos”, despiden a los viajeros que se van de este lugar, y de Barcelona, queriendo mirar más, saborear más, esta ciudad única y explosiva, colorista y mágica.

18 de febrero de 2012

Parada en Frómista


La iglesia románica de San Martín de Frómista

Antonio Herrera Casado / 5 de Junio de 1999
Alcanzan los viajeros el Camino de Santiago en la localidad palentina de Frómista. La carretera que de Palencia sube a la Montaña, se cruza aquí con el camino francés que va de Somport a Compostela. Aquí paramos para iniciar nuestro –breve siempre- camino común por los paisajes de la Castilla medieval.
En este pequeño pueblo palentino nos dirigimos enseguida, y en exclusiva, a visitar su iglesia parroquial, San Martín, una de las cumbres del arte románico español. No nos defrauda: al contrario, nos llena de entusiasmo, nos transporta. Nos sentimos felices porque la mirada se extiende sobre la superficie compleja de muros, ábsides, torres y ventanas que cobijan un espacio mejor aún, el templo que reproduce el cielo, la gloria, el más allá al que confían llegar los buenos. Todo en Frómista es equilibrio, medida justa, tamaño adecuado para los ojos humanos, para las entendederas de cualquier caminante.
El exterior, tamizado por la luz suave de la mañana, nos ofrece la imagen de su nave, con portadas sobre el muro meridional y el de poniente, que se escolta por sendas torrecillas de planta circular. La cabecera es lo más fuerte, pues a su crucero muy definido y culminado por octogonal cimborrio que aporta luz al interior, se añaden los tres ábsides que rematan su cabecera. Mucha gente admira el templo, en la mañana luminosa de la primavera.

3 de febrero de 2012

A Baides se vuelve siempre


La espadaña románica de la iglesia de Baides
y las escaleras que a ella ascienden

Antonio Herrera Casado / 17 Enero 1988


La mañana de enero está fría, ventosa, gris y blanca en los altos calveros del monte. Todo se empapa de la llovizna puntiaguda y cristalina. Las escaleras que ascienden hasta la vieja iglesia de Baides están cubiertas de una espesa capa de hierba que parece cantar su verde estrofa limpia y brillante. El viajero, que no las sube solo, siente entonces una emoción nueva.

Se acurruca el pueblo, entre encinares y carrascos, ahogada la estrecha calle pendiente, entre los roquedos rojizos que escoltan al Henares. Hemos saludado al regidor de los asuntos municipales, Antonio Antón, que es alcalde y apasionado de su pueblo, y él nos acompaña, fresco y sonriente, hasta el altozano batido de los vientos. Una silueta pétrea, el muro de poniente rematado por la espadaña esbelta y maciza, con sus arcos ocupados de campanas, y el tejaroz tapizado de hierbas y musgos espléndidos.

23 de enero de 2012

San Bartolomé perdido en el monte


La ermita de San Bartolomé, en término de Villaverde del Ducado

Antonio Herrera Casado / 14 febrero 2002
Cada vez que nos echamos a la calle, a la carretera, al camino perdido entre los árboles, surge la emoción del viaje. Que radica, exclusivamente, en la posibilidad de encontrar cosas nuevas. Que lo sean para uno, para el viajero, y a ser posible (aunque en este mundo trotado es ya casi imposible) para los demás. Esto es: el hallazgo de una pieza artística desconocida, que remueva el cristal del alma y nos proponga una emoción nueva, o nos cambie el punto de vista de las cosas. Esa emoción la han sentido los viajeros una tarde de invierno, nublada y con fuerte viento norteño, en los páramos inclinados de la sierra del Ducado, entre Luzaga y Villaverde del Ducado. Se han encontrado (raunque ya tenían barruntos de que allí estaba) con uno de los ejemplares más puros, simples y emotivos del románico guadalajareño, comentado solamente en los libros que sobre el tema escribieron en su día Nieto, Embid y Alegre, y yo mismo en mi “Románico de Guadalajara”. Por eso, y después de re-descubrirlo en hora buena, ahora ofrezco la forma de llegar hasta allí, la descripción somera del monumento, la emoción que puede sentir quien con sensibilidad se acerque hasta el edificio. Que añade a su belleza, a su antigüedad, a su valor intrínseco, una perfecta conservación (restaurada por los propios vecinos de Villaverde) y un hálito de misterio evocativo en su soledad montaraz.