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26 de mayo de 2018

Viajes imposibles

Antonio Herrera Casado  /  25 Mayo 2018
Desde hace años (50 más o menos) llevo invitando a mis lectores, desde estas páginas, a conocer los lugares más emblemáticos de nuestra provincia de Guadalajara. A describir palacios y templos, a señalar el interés de cuevas y atalayas, a recrearse en fiestas y acontecimientos. Recuerdo ahora seis viajes que he hecho recientemente, y con qué resultados.

El Guildhall de Londres

En la City de Londres no hay distancias. Y a pesar de que mediado el siglo XVII ardió casi al completo, algunas cosas de la vieja ciudad sajona se conservan aún, y otras han sido pulcramente reconstruidas.
Me hablaron, y he visto en las guías londinenses, que existe en pie y en utilización para actos solemnes un local de ensueño, algo diferente a todo: el Guildhall del viejo Londres. Me empeño en ir, aunque me dicen que no se deja visitar a los turistas. Es mentira, no hay nada como insistir. 
Como tengo el hotel en Bloomsbury, tomo el metro en la estación de Russell Square, y con solo un transbordo me planto en Saint Paul, desde donde camino diez minutos por el Cheapside y en la cuarta bocacalle, subo por Gresham y en 100 metros me planto en la plaza del Guildhall.
Después de visitar el Museo Municipal de Arte (allí los cuadros victorianos, los prerrafaelistas, intervenciones modernas contra la guerra y la espectacular recuperación del anfiteatro romano de Londres, en visión subterránea y como emergiendo de la oscuridad de los tiempos).
Ya en la calle, pregunto a unos amables vigilantes a la puerta de las oficinas del Ayuntamiento, que después de identificarme me plantan un cartelito de los que cuelgan de una cinta, al pecho, y me dicen por donde ir a la sala grande, al Guildhall deslumbrante y maravilloso. Es ese lugar, esa sala imponente forrada de madera y cargada de escudos, banderas y mausoleos, el lugar en que desde 1411 se reune el consistorio londinense para las grandes ocasiones. Desde 1502, el lugar de “la pompa y circunstancia” del espíritu ciudadano. Una impresión que guardaré toda la vida, y una recomendación: si vas a Londres, no dejes de visitar el Guildhall. Por suntuoso y fantástico que parezca, te dejan verlo.


El palacio del Infantado de Guadalajara

En todas las guías, libros y recomendaciones aparece: el palacio que a finales del siglo XV construyeron los Mendoza, cabeza del ducado del Infantado, para vivir, gobernar y dar envidia a los reyes. Ha sufrido glorias, abandonos, bombardeos… pero ahí sigue.
Estudiado a fondo, propuesto como Patrimonio de la Humanidad, en fachada luce lo más grandilocuente del estilo gótico isabelino con puntas de arabismos, y en el interior, un patio central (el de los leones, que llaman) donde el ingenio de Juan Guas y de los hermanos Egas se colma con tallas de leones y grifos, de escudos y timbres. Una gloria del arte. Y aún hay más: unas salas inferiores cubiertos sus techos por pinturas manieristas del italiano Cincinato, declarando la filosofía del humanismo y la gloria del apellido.
Todo esto me ha sido imposible verlo (volver a verlo) desde hace tres semanas. Porque se ha cerrado al público, y a las visitas, al parecer porque se encuentran en peligroso estado las vigas que se añadieron tras su restauración, hace 60 años, de los efectos de la guerra. El emblemático edificio de Guadalajara, y reclamo turístico principal de la ciudad, no puede visitarse. Y lo peor es que no hay fecha de reinicio. Todo es quizás, no se sabe, ya veremos…


El Beguinage de Amsterdam

Este invierno he ido por primera vez a Amsterdam, la ciudad nórdica que no se parece a ninguna otra y mantiene, en su almendra central surcada de canales, el espíritu de un viejo burgo mercantil e intelectual del corazón de Europa.
Entre las mil cosas que han de verse allí, no quise pederme un rato en el corazón del Begijnhof, el monasterio femenino de las beguinas, o mujeres solas dedicadas a la caridad. Es difícil de encontrar, pero te sientes feliz al estar en su gran patio central. 
Si conoces Amsterdam, sabes donde está el Centro, la plaza Dam, con su catedral y su palacio real. De allí bajas por el Rokin, y al llegar al canal tuerces a la derecha por Spui, y en su plaza, que está presidida por la vieja universidad, encuentras enseguida un portalito por donde se entra: primero ves la iglesia reformada inglesa, y después el prado del Beguinaje, con la pequeña BegijnhofKapel, donde un par de mujeres venden recuerdos. Paz y silencio, y un viejo lugar tradicional más que te llevas en la memoria (y en las fotos digitales).



El monasterio de Monsalud en Córcoles

En plena Alcarria del Infantado, en un estrecho valle que desde los altos planos cerealistas baja al Guadiela, asienta desde el siglo XII una conjunto de edificios que fue desde sus inicios levantado para albergar una congregación de monjes del Císter, colaboradores con la monarquía de la Reconquista y la Repoblación.
Es el monasterio de Monsalud, centro de peregrinaciones en la Edad Media, y lugar de recepción de las nuevas artes, la cultura y el estudio. De ese monasterio, que ofrece una gran iglesia de estilo gótico, una sala capitular íntima y espectacular, y un claustro renacentista opulento, a más de muchas otras estructuras, se han hecho estudios, se han escrito libros y se ha alcanzado a realizar una más que aceptable restauración, tras estar dos siglos derrumbado. 
Es quizás la más meridional de las antiguas abadías benedictinas de España, y últimamente se podía visitar tras la restauración y acondicionamiento hechos. Desde la pasada semana, esto es imposible. Nadie se encarga ya de abrirlo y enseñarlo. Quien haya planificado una ruta de admiraciones por esta Alcarria de Guadalajara (sí, la de Cela, porque en su “Viaje a la Alcarria” el Nobel gallego pasó ante las ruinas de Monsalud) ya no podrá visitarlo. La Consejería de Cultura del gobierno regional ha decidido cerrarlo, no sabemos con qué perspectivas. Otro espacio de nuestra secular cultura que no puede ser admirado.



Las Cuevas de Valporquero

En el norte de la provincia de León, casi frontera con Asturias, en lugar abrupto, muy verde, húmedo siempre, y a través de carreteras estrechas, empinadas y con mil curvas, puedo uno llegarse hasta Vegacervera, desde donde sale el camino, asfaltado, que lleva a la Cueva de Valporquero.
He hecho este viaje recientemente, con un grupo de amigos y amigas de la Asociación de Amigos de la Biblioteca de Guadalajara. Justo el número de visitantes que aceptan cada día, 30 personas. Un guía nos ha acompañado por el recinto, espectacular. Tras visitar un pequeño centro de interpretación, atravesando un túnel en descenso, penetramos en la Cueva, perfectamente preparada con pasarelas, barandas y luces para su admiración. Hay que ir con cuidado, pero admite todo tipo de visitantes no inválidos: los techos, de los que cuelgan poderosas estalactitas, los ciclópeos muros en los que se siente el latido del planeta, y las formas caprichosas de la roca modelada por las aguas durante millones de años. Una experiencia inolvidable, que recomiendo a mis lectores que repitan.


La Cueva de los Casares en Riba de Saelices

En las guías de Guadalajara (tanto las editadas por Diputación como por la Junta de Comunidades, y por supuesto en libros más completos de otra editorial alcarreña) aparece un reclamo turístico en la “Guadalajara Celtibérica” que no debe dejar de verse: es la Cueva de los Casares, a escasos kilómetros de Riba de Saelices por camino de tierra. Hemos intentado visitarla, pero en el pueblo nos dicen que no puede ser, que lleva varios meses cerrada, y que no saben cuando volverá a abrir. Al parecer, según comentan, no hay guías, o no hay dinero para mantenerla… el caso es confuso, pero el resultado es lastimoso. 
Porque la Cueva de los Casares es junto a las Cuevas de Altamira, El Castillo y un par de ellas más, de lo mejor que España posee en punto al arte paleolítico, cargada de grabados rupestres, con miles de años de antigüedad, representando animales, incluso seres humanos en actividades cotidianas… sin embargo, esta es la única que no admite visitas. Una decepción más…

19 de noviembre de 2017

Una tarde de cementerios

Antonio Herrera Casado | 19 Noviembre 2017
Aprovecho la tarde suave y soleada del otoño, cuando la ciudad empieza a sonar amarilla, y el apagado eco de algún paseante, tan escaso, me sugiere estar en algún lugar remoto, que no conzco.

Pero sí, sé donde estoy. En Guadalajara, vivo y paseante, evocador, dispuesto a mover las piernas y oxigenar la sangre, antes de que todo este aparataje se oxide, y al fin se pare.

Me bajo andando hasta el Cementerio, solo, como siempre, para oir mejor las cosas que me prometió la vida, y que, al final, la muy falsa, no me ha dado. Quizás lo único cierto está ahí, en los cipreses –tan elegantes y correctos, vestidos de frac- que me saludan al entrar. Allí están los amigos, la gente que quise, la gente a la que no puedo olvidar, la gente incluso que no llegué a conocer, pero que me saluda sin complejos.




El inicio de este paseo de otoño arde en el ladrillo de una capilla neomudéjar que se dora al sol. Silencio. Amigos retratados en el bronce de sus nombres.





En el entorno central del Cementerio, los cipreses corpulentos abrigan el mármol frío de las despedidas. No hay lágrimas ya. Solo un nombre sobre la lápida (Eloísa, Margarita, Celia...) y unos apellidos de aquí (Sanz quizás, Pajares, Casado pudiera ser…) Y la muerte sin rostro despidiendo a los amigos de esta vida.




Fueron los marqueses de Villamejor, de apellido Torres, al que luego añadieron el Figueroa, uno de los grupos familiares más opulentos, emprendedores y distinguidos de la Guadalajara de la segunda mitad del siglo XIX. Para su eterno descanso encargaron un panteón funerario al arquitecto Manuel Medrano, uno de los más prestigiosos de España en aquellos momentos. Una obra de arte dejó como espacio el que ocuparían sus cuerpos. En la pared de poniente aparecen sus armas. El sol las calienta levemente, a pesar de que todo aquí está frío, y en silencio...





Junto a la tumba de mis padres y abuelos, que ocuparé en un futuro (incierto todavía, pero seguro) está la de don Francisco Layna Serrano, que fue historiador y cronista provincial, (1893-1971) y en la que yace, desde cuarenta años antes que él, su querida esposa Carmen Bueno Paz, muerta en accidente. El dolor se arrastra sobre esa lápida oscura, mohosa, de piedra caliza tan antigua, sobre la que un esclavo tendido entre rotas columnas deja leer la frase que el dolido esposo trazó en 1933: “Laborando por enaltecer la Alcarria halló esta dama la muerte”.

El R.I.P, y algunos datos biográficos de la pareja asoman entre el barro acumulado. Nadie cuida ya de esta tumba. Recuerdo a don Francisco, recuerdo su obra, y dejo caer los brazos, sin poder hacer más que seguir andando entre las tumbas, al sol declinante, escuchando recios los ruidos que salen de mi cerebro, avisando de la noche cercana.

De todo esto, y de las fotografías que con solo el teléfono móvil he ido haciendo según paseaba, he colgado en mi perfil de Facebook (www.facebook.com/herreracasado) estas imágenes, y estas ideas, y algunos amigos se enteran de que todavía ando por aquí, antes de partir a otro viaje que se avecina.

12 de junio de 2016

Un viaje en el tiempo

Antonio Herrera Casado  /  11 junio 2016

Vengo del palacio del Infantado de Guadalajara. Vengo de su calle mayor, de los jardines del palacio, de La Concordia, del Jardinillo, vengo de saludar gente y más gente. Vengo de disfrutar una tarde veraniega que ha salido redonda. Al fin Guadalajara, hoy 11 de junio de 2016, ha sido una ciudad viva y palpitante, una ciudad con ganas.
Organizado por el Ayuntamiento de la ciudad, y al objeto de empezar a darle vida al palacio de los duques del Infantado, con el objetivo de que sea declarado (cuando corresponda, porque sabemos que esto va para largo) edificio Patrimonio de la Humanidad, se ha montado hoy una gran performance que ha resultado gratísima. Se han revivido las bodas del rey Felipe II de España, con doña Isabel de Valois, princesa de Francia. Cosa que ocurrió realmente en febrero de 1560.

Para ello, y con el esfuerzo y dedicación profesionales de un amplio grupo de actores, de voluntarios, de aficionados y de entusiastas, bajo la batuta de Abigail Tomey, se ha reconstituido lo que pudo haber sido aquel día invernal de hace ya cuatro siglos y medio:
1º llegada de la princesa a la concordia, hoy un bosque verdadero, pero entonces un erial al que se le pusieron ramas para que pareciera un bosque.
2º subida desde palacio hasta la plaza del Mercado (hoy Santo Domingo) de una delegación real, lo más granado de la Corte, y la familia Mendoza al pleno, para recibir a la princesa.
3º Bajada de la comitiva por la Calle Mayor, desde la puerta del Mercado a la plaza ante palacio. El núcleo del cortejo lo forman los varones del linaje Mendoza, a quienes acompañan entre otros el gran duque de Alba, y por supuesto el duque del Infantado y sus familiares. En la plaza mayor, el Concejo se suma y agasaja. Hay danzas populares y contento general.
4º Llegada al palacio y, arriba, en el salón de linajes, boda de Felipe e Isabel, oficiando la ceremonia religiosa don Francisco de Mendoza, a la sazón obispo de Burgos.
5º Banquete de los principales, y asombro de todos. Después, alegría del pueblo en la calle. Al día siguiente, una corrida de DIEZ toros DIEZ, y durante 3 días, comida y bebida para todos, ante el palacio, en la calle mayor, en la plaza del Concejo…

Todo esto se ha reproducido en Guadalajara este 11 de junio de 2016. Con mucha voluntad, con dedicación plena, con un resultado magnífico de colorido y tempus, medido y justo, sin pasarse en nada, sin que nada falte.
Creo que este tipo de fiestas, que son “revivals” de tiempos pasados, sirven para muchas cosas, además de entretener gratis con un espectáculo al pueblo llano. Sirven para indagar mejor en los documentos históricos y conseguir la mayor fidelidad a los hechos. Sirven para interesar a más gente en los anales pretéritos, e interesarse por su historia, sus personajes, sus edificios. ¡Sirve, incluso, para aumentar el interés por los libros y la lectura!

Entre los protagonistas, buenos amigos, como José Luis Matienzo, revestido de caballero cortesano, y José Luis Gómez Recio, impagable en su papel de obispo burgalés. Muchos jóvenes, como cuadra. Gentes de Guadalajara, el grupo teatral que da vida al “Tenorio Mendocino” y Gentes de Pastrana, con su perfecta organización y sus elegantes trajes de época ¡Hasta la Princesa de Éboli” rondaba ayer por el palacio del Infantado.

Este viaje al pasado, tan concreto en el espacio y en el tiempo, tiene un largo recorrido. El impulso que necesita el Palacio ducal de Guadalajara para sder declarado Patrimonio de la Humanidad, pasa obligadamente por actos como este. No hay que olvidar su mantenimiento día a día, pero en eso está el Ayuntamiento comprometido, y ha empezado a hacerlo muy bien. Por de pronto, este verano habrá conciertos, músicas, teatros y performancers casi a diario, en su patio, salones y jardines. Volverá a la vida. Y, por otra parte, este tipo de actos coloristas, de envergadura, que ocupan la ciudad, que congregan a miles de personas, deben mantenerse, acrecentarse, organizarse y darse a conocer. Guadalajara tiene (siempre lo hemos dicho) tanta historia, tantos méritos y tantas posibilidades, que de una vez por todas parece que va a arrancar. Un aplauso muy fuerte, y adelante con los pendones.


A.H.C.

30 de mayo de 2015

Un paseo por la Concordia


Antonio Herrera Casado – 26 Mayo 2015

Quizás los viajes más interesantes que uno hace, de vez en cuando, son los que se mueven por el interior de uno mismo. Viajes al interior, o viajes por la memoria. Rutas del ayer al mañana, peregrinación de sueños. Mil formas para describir la introspección y  un asomo de petición de indulgencia hacia uno mismo.
Otros viajes son largos y fructíferos, llenos de sorpresas, encontrando estatuas, saltos de agua y animales raros. Con fotografías llenas de color y sonidos que emergen de las grandes ciudades, de los mercados, de los cruceros a punto de partir.
El mejor está, sin duda, en torno a la vida que hemos tenido. Por eso uno de los viajes más agradables que he podido hacer (y que puedo repetir, de vez en cuando) es el viaje al Paseo de la Concordia de Guadalajara, la ciudad en que nací, y en la que vivo. Ese pulmón verde, hoy encerrado entre las calles y los edificios de la ciudad que crece. Un lugar con la medida justa de sonidos y olores para que quien por él viaje se recree y se desintoxique. En la infancia, era un lugar enorme, en el que a lo lejos se veían otros niños, y se podían echar carreras muy, muy largas. Un lugar en el que vendían barquillos y había un guarda temible vestido de pana oscura. Una dimensión de tierras y piedrecitas en cuyo costado se alzaba un templete romántico que nos parecía, a los chicos, un templo griego que guardaba sus misterios especialmente en lo hondo, tras las rejas de sus ventanas bajas, que daban a la oscuridad ignota.

El corazón verde de la ciudad

Ahora se puede dar un paseo por la Concordia con mayor tranquilidad que antes, y también con mayor conocimiento. Porque para acompañarnos por su salón grande y sus rotondas amables acaba de aparecer un libro que nos explica sus orígenes, nos dice quien y cuando lo creó, cómo creció, y de qué manera se le fueron añadiendo límites, contenidos y cobrando sentido con sus ocupaciones.



Pedro J. Pradillo, el historiador de la ciudad de Guadalajara, ha pasado una larga temporada allegando documentos y noticias, recogiendo recuerdos de las gentes y sumando a su colección un buen racimo de fotografías y planos, con los que ha compuesto el libro que nos entrega el ser y el querer de este Paseo de la Concordia.
Para ir sabiendo algo más según se cruza su paseo en diagonal, se bordea su fuente grande, y se extasía uno ante el kiosko de la música, conviene recordar unos, pocos, datos de este libro sobre “El Paseo de la Concordia”.
Por ejemplo, traer a la memoria a don José María Jáudenes, el gobernador provincial que decidió crear este parque, en 1854, donde estaban las eras de la ciudad. O al alcalde de la misma, don Francisco Corrido, quien aprobó el presupuesto para iniciar sus trabajos. O al general don Ángel Rodríguez de Quijano y Arroquía, que fue el destinado para hacer sobre el papel el proyecto y personalmente dirigir las obras que lo llevaron a cabo.
Después, ir viendo las formas que fueron tomando sus parterres, las estatuas que le nacieron, o las fuentes que alegraron sus extremos. Recordar cómo en 190X se le puso pétreo límite por la frontera con la Carrera de San Francisco, levantando unas elegantes escaleras para accerde de la calle al parque. O como en 1915 se decidió encargarle al arquitecto municipal Sr. Checa los planos y el proyecto para levantar el kiosko de la música, que se inauguraría en 1916.



Paseando por la Concordia ni nos preocupamos por lo que en su carril central ocurrió, pero siempre es bueno tener en la memoria los desfiles militares, juras de bandera, manifestaciones obreras, presencias del rey Alfonso XIII, -que era un rey al que le gustaba Guadalajara- y Congresos Marianos, sin olvidar las Ferias que se montaban en su recinto para finales de septiembre o primeros de octubre, cuajando el suelo de tiosvivos, coches de choque y olas voraces.

En su perfil amable se recostaron paseos juveniles, lecturas a la sombra de las acacias, partidas de ajedrez y “kedadas”. La estatua de la Mariblanca, que es de mármol silente y se trajo desde los jardines de la antigua Academia, es como un testigo manso de las tardes en la terraza del ángulo sureste del Parque. Muy pocos de quienes pasean la Concordia se preocupan de identificar a los sujetos que fueron memorados en forma de estatua, o a valorar los cientos de especies vegetales que con paciencia los jardineros municipales han ido plantando y protegiendo. Todo eso es como un ropaje, como un envoltorio obligado, pero elegante, que nos sirve para llevarnos al corazón el mejor regalo, este Paseo de la Concordia que es al mismo tiempo un lugar y un recuerdo.

11 de diciembre de 2014

Volver a Villaflores

Antonio Herrera Casado  /  8 Diciembre 2014

Uno vuelve siempre a los espacios de su infancia. He vuelto ahora, muchos años después, al Monte, a la Galiana, al poblado de Villaflores. Tenía un recuerdo de primaveras tibias, de sombra bajo las hojas densas, de admiración por unos edificios de ladrillo y piedra, solemnes y enormes, en los que habitaban gentes trabajadoras y sencillas. Había gallinas, algún tractor, y niños. Según me dijo alguien (y luego lo corroboré leyendo libros) aquello lo había mandado construir una señora muy importante, medio francesa, dueña de todo aquello. Era doña María Diega Desmaissières. Y lo había construido, hacía muchos años, un arquitecto de Madrid, muy renombrado. Debía ser verdad todo aquello, pero a mí lo que más me gustaba era ver los trigos a lo lejos, y admirar el contraste de la piedra caliza, tan bien puesta, con el ladrillo rojo, y oir el zureo de las palomas que, a miles, entraban y salían de aquel palomar que me recordaba a un observatorio astronómico americano que además también se llamaba Monte Palomar. Qué tiempos. Volví hace poco, porque uno vuelve a la infancia siempre, como el refugio último en el que se salva seguro, y vi algo que me dejó trastornado.

El poblado agrícola de Villaflores, en término municipal de Guadalajara, ha sido abandonado, y ha sido violentado, saqueado, destruido a conciencia, pintados sus muros con letras enormes, carteles sin sentido, humeantes los techos que, vencidas las vigas, han llegado al suelo, mezclados con sacos viejos, arrugados botes de bebidas, cables sin principio ni fin, y ahora en el otoño un manto –me pareció bondadoso- de hojas amarillentas y medio podridas por las lluvias. ¿Cómo es posible que acaben así las cosas que fueron bellas y que tuvieron vida? ¿Cómo es posible que sus propietarios no hagan nada por evitar su ruina, por impedir que otros lo lastimen tanto? Luego me entero que hace pocos meses, los mandatarios de Toledo, desde donde nos rigen, han decidido proteger aquello mediante una declaración de Bien de Interés Cultural. Y yo me pregunto: ¿Qué van a proteger, si está ya todo destruido?  Todo por el suelo, partido, desbaratado, sin sangre ya. Estoy como si me hubieran arrancado una parte de mi vida, de mis recuerdos, de mi infancia. Y cuando te quitan eso, muy poco queda para seguir .